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Alexander Zverev: el número uno que llegó tarde y enfrentó controversias

Durante años, el rótulo le persiguió como una sombra incómoda: el mejor tenista del circuito que nunca había ganado un Grand Slam. Alexander Zverev convivió con esa etiqueta más tiempo del que cualquier talento de su calibre habría tolerado. En 2026, la arrancó de raíz.

Cierra el año como doble campeón de major —Roland Garros y US Open— y número uno del mundo. A los 29 años, se convierte en el hombre de más edad en más de medio siglo que alcanza la cima del ranking por primera vez. Un líder tardío, sí, pero indiscutible en la pista. Y profundamente controvertido fuera de ella.

Un campeón forjado a base de golpes… y recaídas

Zverev creció con un diagnóstico que habría frenado a muchos. A los cuatro años le detectaron diabetes tipo 1. No fue una condena; terminó siendo parte de su relato de resistencia. Su irrupción en la élite fue precoz: campeón olímpico, dos títulos en las ATP Finals, ex número dos del mundo, tres finales de Grand Slam. Pero el gran trofeo se le negaba.

La herida más profunda se abrió en Nueva York, en 2020. Final del US Open ante Dominic Thiem, dos sets de ventaja, el partido encarrilado… y el desplome. Acabó cayendo en el ‘tie-break’ del quinto, con dos dobles faltas que aún resuenan en la memoria. A partir de ahí, una constante: en los grandes escenarios, el tenis agresivo y suelto que mostraba en el circuito se encogía.

Este año decidió romper el patrón. No con palabras, sino con una apuesta táctica y mental. Golpear más fuerte. Asumir más riesgo. Variar más los intercambios. Jugar, en definitiva, como el jugador que siempre insinuó ser.

Diez días en Mallorca que cambiaron un destino

El giro tuvo un punto de inflexión muy claro: Mallorca, julio de 2025. Diez días con Rafael Nadal y Toni Nadal. No fue un simple ‘stage’ de pretemporada. Fue una revisión profunda de su tenis y de su cabeza.

Zverev quería escuchar otra mirada. Saber cómo veían su juego dos hombres que le habían sufrido durante una década desde el otro lado de la red. Nadal, convertido ya en observador privilegiado, le ofreció una radiografía sin anestesia: fortalezas, debilidades, patrones que le volvían previsible.

De ese laboratorio balear salió un jugador diferente. No perfecto, pero decidido. El cambio no borró los nervios: en la final de Roland Garros de 2026, ante Flavio Cobolli, el alemán volvió a sentir el cuerpo al límite. Calambres, tensión, fantasmas. Esta vez, sin embargo, no se derrumbó. Cerró el quinto set con un contundente 6-1 y levantó, por fin, su primer grande.

Ese triunfo fue más que un título. Fue la ruptura definitiva con el recuerdo de 2020.

Familia, distancia y un vínculo peculiar

El éxito de Zverev tiene firma familiar. Su padre, Alex Sr, ha sido una figura casi fija en el box de entrenadores. A él se sumó su hermano mayor, Mischa, una vez retirado. El círculo se cerró de forma curiosa: el niño que miraba desde la banda cómo Mischa entrenaba con Andy Murray acabó ocupando el centro del escenario.

La relación con su padre es tan cercana en la pista como distante fuera de ella. El propio Zverev ha contado que pasan “cero tiempo juntos” lejos del tenis. Sus padres, extenistas, nunca le empujaron a la raqueta. Al contrario: le animaban a probar otros deportes, especialmente el hockey hierba, que le apasionaba. No funcionó. El talento y la competitividad le devolvieron siempre a la pista.

París, Londres, Nueva York: el año que lo cambió todo

El palmarés de 2026 no se reduce a dos coronas. A los títulos en Roland Garros y US Open se suma una final en Wimbledon, donde probablemente desplegó su mejor tenis del curso. En la hierba del All England Club, Zverev se mostró agresivo, valiente, dispuesto a vivir o morir con su derecha. Cayó en cuatro sets ante Jannik Sinner, pero dejó una sensación clara: ese era el camino.

Necesita mantener esa versión. Sobre todo contra el propio Sinner y contra Carlos Alcaraz. Los números son contundentes: arrastra diez derrotas consecutivas ante el italiano. Si ambos, junto al español, llegan sanos al arranque de 2027, el reto está servido: convertir la pelea por los grandes títulos en una rivalidad a tres bandas.

Zverev, por fin número uno, ya no puede esconderse en la etiqueta de promesa eterna. Ahora es el hombre al que todos quieren destronar.

Un número uno bajo investigación

La figura del alemán, sin embargo, no se explica solo desde la línea de fondo. Su ascenso deportivo convive con un expediente extradeportivo pesado, incómodo, imposible de ignorar.

En octubre de 2020, su ex pareja Olga Sharypova le acusó de violencia física y comportamiento controlador. Zverev negó desde el primer momento todas las acusaciones y las calificó de infundadas. No hubo proceso penal, pero el circuito ATP abrió una investigación independiente, encargada a terceros.

Tras meses de trabajo, el informe concluyó que existía “insuficiente evidencia para sustentar las acusaciones publicadas de abuso”. Según la ATP, la falta de pruebas fiables, la ausencia de testigos directos y las declaraciones contradictorias entre Sharypova, Zverev y otros entrevistados impedían dar por probados los hechos. El caso se cerró sin sanción.

La polémica, sin embargo, dejó huella. El circuito creó la figura de un director de salvaguarda y lanzó un nuevo programa global para prevenir y abordar casos de abuso, acoso, ‘bullying’, violencia doméstica y otras formas de mala conducta. El tenis masculino, empujado por el caso Zverev, se vio obligado a mirarse al espejo.

Multa, juicio y un acuerdo sin veredicto

El nombre del alemán volvió a los tribunales en octubre de 2023. Un juzgado alemán le impuso una orden penal y una multa de 450.000 euros por un delito de lesiones contra otra ex pareja, Brenda Patea. Zverev rechazó los hechos y recurrió la decisión, lo que llevó a un juicio público en Berlín en mayo de 2024.

El proceso apenas duró una semana. El tribunal lo dio por terminado antes de dictar sentencia, tras un acuerdo entre las partes. No hubo veredicto. La propia corte subrayó que la decisión no implicaba declaración de culpabilidad ni de inocencia, y señaló como factor clave el deseo de la testigo —Patea— de poner fin al juicio.

La coincidencia temporal fue llamativa: el mismo día en que se anunció el acuerdo, Zverev se clasificó para la final de Roland Garros. En París, donde había presentado el juicio como una oportunidad para probar su inocencia, se le preguntó si lamentaba haber aceptado el cierre del caso antes de una resolución judicial. Respondió con firmeza: para él, el archivo equivalía a inocencia y no quería volver a escuchar preguntas sobre el asunto. Patea no ha hecho comentarios públicos sobre el acuerdo.

El ruido no se quedó en los despachos. En 2025, aficionados le abuchearon en el Australian Open y en el torneo de Múnich por las acusaciones que arrastra desde hace años. Cada aparición en pista grande se convirtió en algo más que un partido.

El temperamento y Acapulco como aviso

La relación de Zverev con los límites del comportamiento profesional tampoco es nueva. En 2022, la ATP le impuso una sanción condicional de ocho semanas de suspensión por un “delito grave” de conducta antideportiva. La escena se produjo en Acapulco, en el Mexican Open, tras perder un partido de dobles junto a Marcelo Melo.

Furioso por una decisión de línea en el ‘tie-break’ definitivo, Zverev descargó su rabia contra la silla del juez de silla Alessandro Germani. Golpeó la estructura cuatro veces con la raqueta, una de ellas muy cerca del pie del árbitro, y le dedicó insultos acusándole de “destrozar el partido”. Fue descalificado del torneo y, posteriormente, se disculpó, asegurando que le costaba encontrar palabras para expresar su arrepentimiento.

La suspensión quedó en suspenso y nunca llegó a ejecutarse: durante los doce meses siguientes, el alemán evitó nuevas infracciones por conducta irrespetuosa o agresiva, condición necesaria para que la ATP no activara el castigo.

Un líder con sombras

Hoy, Alexander Zverev es el número uno del mundo, doble campeón de Grand Slam y pieza central del nuevo tablero que comparte con Jannik Sinner y Carlos Alcaraz. En la pista, su narrativa es la del talento que por fin aprendió a vivir con la presión y a dominar los momentos que antes le paralizaban.

Fuera de ella, arrastra un archivo de acusaciones, investigaciones y decisiones judiciales sin veredicto que dividen a aficionados y observadores. El tenis masculino ha encontrado en él a su nuevo estandarte deportivo, pero también un recordatorio incómodo de hasta qué punto la figura del campeón ya no se mide solo por lo que hace con la raqueta.

En 2027, Zverev intentará consolidar su trono ante la embestida de Sinner y Alcaraz. La pregunta es otra: ¿podrá alguna vez su tenis eclipsar por completo todo lo que le rodea lejos de la línea de fondo?