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Análisis del partido: Borussia Dortmund y su caída ante Werder Bremen

Durante 80 minutos, el plan de Niko Kovac funcionó como un reloj. Borussia Dortmund mandó con autoridad, acampó en campo rival y redujo a Werder Bremen a un equipo que apenas asomaba la cabeza. Pero el fútbol no perdona desconexiones: en diez minutos, todo ese control se convirtió en un empate que sabe a derrota.

Kobel, casi espectador… hasta el derrumbe

Gregor Kobel (5) vivió una noche engañosa. Apenas cuatro tiros a puerta en contra, dos de ellos terminaron dentro. Durante gran parte del encuentro fue un espectador privilegiado del dominio de su equipo, pero cuando Bremen se atrevió a morder, el portero no logró sostener el resultado. No fue el principal culpable, aunque tampoco el salvador que este tipo de partidos suele exigir.

Una zaga firme… hasta que el reloj marcó el 80

Joane Gadou (6) firmó una actuación sobria durante muchos minutos. Fuerte en los duelos, atento para cortar las escasas transiciones de Bremen, dio la impresión de tener la situación bajo control. Sin embargo, el vértigo del tramo final le pasó factura: perdió la marca en la acción que desembocó en el empate de Niclas Füllkrug y simbolizó el colapso defensivo.

Waldemar Anton (6) sostuvo bien la línea alta, leyó con inteligencia los movimientos a su espalda y ayudó a que Dortmund viviera instalado en campo contrario. Participó con criterio en la circulación, pero formó parte de una retaguardia que, cuando el partido se rompió, se quedó sin respuestas. Dos ocasiones claras para Bremen en los últimos minutos bastaron para tirar por la borda todo el trabajo previo.

Nico Schlotterbeck (7) creyó haber cerrado la noche con su gol en el minuto 85. Estadísticamente, dominó: liderazgo, duelos ganados, salida limpia. Sin embargo, un capitán se mide también en los momentos de caos, y ahí la línea defensiva se desordenó por completo. De un 2-0 que parecía definitivo a ver cómo la ventaja se evaporaba en apenas cuatro minutos. Su actuación fue notable, pero la responsabilidad colectiva de la zaga le alcanza de lleno.

Un medio que mandó con el balón, pero no con el ritmo final

Marcel Sabitzer (6) trabajó entre líneas, se ofreció, intentó acelerar cuando el juego se espesaba, pero le faltó ese pase que rompe partidos. Correcto en el esfuerzo, discreto en la inspiración. Kovac lo retiró en el 72’, con el marcador aún a cero, buscando una chispa diferente.

Felix Nmecha (6) dio estructura al equipo desde el pivote. Firme físicamente, alto volumen de pases, buen metrónomo mientras Dortmund marcaba el ritmo. Con él en el campo, el equipo controló el balón y el territorio, aunque no siempre transformó esa superioridad en ocasiones limpias.

Jobe Bellingham (6), más adelantado en el 3-4-2-1, dejó destellos de su conducción poderosa y de su llegada. Sin embargo, el último pase nunca terminó de aparecer. Se movió bien entre líneas, pero no encontró la jugada que abriera definitivamente el bloque bajo de Bremen. También salió en el 72’, víctima de un partido que pedía más colmillo en los metros finales.

David Svensson (8) fue el faro. Energía, criterio y presencia constante. Cuando Dortmund se atascaba, él ofrecía una línea de pase, giraba, cambiaba el ritmo. Su gol en el minuto 80 parecía la recompensa lógica a su actuación: llegada desde segunda línea, definición y sensación de haber firmado el tanto del triunfo. Durante unos minutos, lo fue. Luego llegó el vendaval.

Ethan Nwaneri (6) aseguró cada control, cada pase corto, cada apoyo en banda. Técnicamente limpio, pero con poco filo cerca del área. Bremen se cerró atrás y le negó los espacios que suele explotar. Kovac lo sustituyó pasado el minuto 60 por Fabio Silva para añadir presencia en el área.

Del esfuerzo estéril de Guirassy al impacto fugaz de Silva

Serhou Guirassy (5) vivió aislado. Dortmund remató 22 veces, pero el delantero nunca encontró la situación clara que suele convertir en gol. Sujetó balones de espaldas, descargó para la segunda línea, pero no fue la amenaza intimidante que esperan los aficionados. Una noche frustrante para un ariete acostumbrado a cifras muy superiores.

Maximilian Beier (5) tampoco logró escapar de la telaraña defensiva de Bremen. Mucho movimiento, poca influencia real. Cada vez que parecía encontrar un resquicio, se veía rodeado por defensores. Le faltó precisión en las pocas medias ocasiones que tuvo y terminó diluido en el dominio territorial sin premio.

Desde el banquillo, Fabio Silva (6) cambió el guion al entrar en el 63’. Se movió bien entre centrales, atacó espacios y, sobre todo, firmó la asistencia para el gol de Svensson. Un impacto inmediato que pareció decisivo. Tras el 1-0, sin embargo, se fue apagando al mismo ritmo que el equipo se echaba atrás.

Joey Veerman (5) protagonizó una entrada al partido tan productiva como desordenada. Asistió a Schlotterbeck en el 2-0, una acción que parecía sentenciar el duelo. Pero cuando Bremen se lanzó arriba, el centro del campo de Dortmund se partió y Veerman quedó retratado en varias transiciones. Su incapacidad para cerrar líneas de pase contribuyó al descontrol final.

Konstantinos Karetsas (5), también desde el 72’, no logró aportar ni el abrigo defensivo ni la salida limpia que pedía el contexto. El choque se convirtió en un ida y vuelta y él nunca terminó de encontrar su sitio. Ni ayudó a enfriar el partido ni sumó peso ofensivo.

Kovac, del control absoluto al castigo por no cerrar el partido

Niko Kovac (4) firmó 80 minutos de superioridad táctica. Su equipo presionó alto, manejó la posesión, empujó a Bremen hacia su área y generó un volumen de remates que, en condiciones normales, habría bastado para ganar. Pero el fútbol se decide en los detalles finales.

Cuando Ole Werner ajustó piezas y Bremen se estiró, Dortmund se encogió. Las sustituciones de Kovac no serenaron al equipo, lo descompensaron. El centro del campo perdió control, la defensa se desordenó y el banquillo no encontró soluciones. El 2-0 se convirtió en 2-2 en un suspiro, y el técnico quedó señalado por una gestión del tramo final que tiró por la borda un plan de partido casi perfecto.

Dortmund demostró que puede dominar. Ahora le toca aprender a matar partidos antes de que el reloj y el rival dicten sentencia.