Billy Gilmour: De la decepción mundialista a un nuevo rol en Escocia
Billy Gilmour se sienta en Lesser Hampden con una sonrisa que lo ocupa todo. No es la mueca forzada de quien aún mastica la decepción. Es la de alguien que ya ha decidido no dejar que una lesión, por cruel que fuera, marque el tono del resto de su carrera.
El tema, inevitable, es el Mundial perdido. El primero que disputaba la selección masculina de Escocia desde antes de que él naciera. El torneo que debía consagrarlo ante el planeta. Y del que se quedó fuera a última hora por una rodilla traicionera en el amistoso de despedida ante Curazao.
Podía haber sido un verano de lamentos. Acabó siendo otra cosa.
De la rodilla al montículo
Mientras sus compañeros volaban a Estados Unidos, Gilmour cambiaba el sueño mundialista por un viaje distinto: Boston, Miami, familia, y el papel inesperado de aficionado de lujo. En Florida, el mediocampista de Napoli terminó sobre un escenario que jamás había imaginado.
Un partido de los Miami Marlins ante los Texas Rangers. Un estadio de béisbol lleno. Y él, cojeando hasta el montículo para lanzar el primer lanzamiento ceremonial.
Estaba nervioso. Lo admite sin rodeos. La rodilla aún dolía, pero el miedo real era otro: hacer el ridículo delante de miles de personas. Que la bola botara antes de llegar. Que se le escapara de la mano. No ocurrió. El lanzamiento salió limpio. Y el recuerdo se le quedó grabado como un pequeño triunfo en medio del gran golpe.
El contraste es brutal. Días antes, en Hampden, el cuerpo le había dado la peor noticia posible. En una jugada en la que los compañeros caen encima de él, nota algo de inmediato. Instinto de futbolista: intentar correrlo, probar, convencer al cuerpo de que todo va bien. No lo estaba.
Llegó el diagnóstico. Llegó el vacío. Y llegó también la necesidad de desaparecer un par de días para digerirlo. Lo hizo. Se apartó. Se permitió la rabia y el silencio. Después, tocaba otra cosa: gestionar.
De protagonista a hincha
Gilmour decidió no quedarse atrapado en la queja. Viajó, se movió, se dejó arropar por los suyos. Asumió un rol extraño para un jugador de élite en plena edad dorada: el de seguidor.
Se dejó ver con la selección algunas noches, pero no forzó. El mensaje desde dentro del vestuario fue claro. Andy Robertson, el capitán, y Steve Clarke, el seleccionador de entonces, le dieron permiso para priorizarse. Si era demasiado duro acudir a las concentraciones, que no fuera. Que viviera el Mundial con su familia, con la gente, en la grada.
Ese gesto marcó. Gilmour habla de Clarke con una gratitud que no necesita adornos. El técnico que le dio el debut con Escocia le había tendido la mano también en uno de los momentos más duros de su carrera.
Y mientras él seguía en Miami, llegó otra sacudida: la dimisión de Clarke como seleccionador. Cambio de era para Escocia. Cambio de referentes en el banquillo. Y un jugador que, a sus 25 años, se encuentra de pronto en el centro del nuevo proyecto de Sebastien Pocognoli.
Nuevo rol, misma personalidad
En el 0-0 ante Eslovenia del sábado, el nombre de Gilmour volvió a destacar. No solo por lo que ya se le conoce: ese mediocentro sereno, de toque limpio y cabeza fría. Esta vez, su fútbol mostró otro matiz.
Sin su compañero de club Scott McTominay, en plena recuperación tras un procedimiento cardíaco, el escocés asumió un papel más adelantado. Menos ancla, más participación cerca de la frontal. Más riesgo. Más presencia entre líneas.
No es un territorio desconocido. De hecho, recuerda que, de niño, disfrutaba jugando más arriba, “entre todo el lío”, cerca del área, donde pasan las cosas que deciden partidos. La frase que mejor lo define, sin embargo, es otra: mientras esté en el campo, es feliz. La posición, casi un detalle.
El martes, en Hampden, le espera Suiza. Partido grande, escenario que conoce, responsabilidad que ya no le pesa igual. A los 25, Gilmour sigue teniendo tiempo de sobra para escribir capítulos nuevos con Escocia. Pero el vestuario ha cambiado. La media de edad baja, las caras nuevas se multiplican, y aquel chico tímido de Ayrshire empieza a mirar alrededor y verse distinto: ya es uno de los “mayores”.
No le asusta. Al contrario, le atrae. Asume ese papel de referencia silenciosa, de ejemplo más que de voz tronante. Cuando se le menciona la posibilidad de llevar el brazalete algún día, responde con calma. Sabe lo que significa. Sabe que para muchos es el sueño máximo. Para él también lo sería. Pero no pisa el terreno de nadie.
El presente es de Robbo, el futuro está abierto
Andy Robertson sigue siendo su capitán. Y no un capitán cualquiera. Gilmour subraya lo que ha hecho por Escocia, el liderazgo, la constancia, la cercanía con el récord de Kenny Dalglish. Está convencido de que lo batirá.
Mientras tanto, él construye lo suyo. Desde Napoli, desde Hampden, desde esa mezcla de talento y madurez que desmiente su edad. Ha aprendido que una rodilla puede dejarte sin Mundial a dos días de subir al avión. Que una noche en un estadio de béisbol puede convertirse en un ancla de memoria feliz en medio de la tormenta. Que a veces toca ser hincha para volver más fuerte como jugador.
Ahora, con un nuevo seleccionador, un rol más influyente y un país que vuelve a creer, la pregunta ya no es qué perdió Billy Gilmour aquel verano, sino hasta dónde puede llevar a Escocia en los que vienen.






