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Celtic y la turbulencia tras el informe de O’Neill

El respaldo a Martin O’Neill apareció escondido en el tercer párrafo de un documento de 1.000 palabras. No en un titular, no en una frase rotunda, sino camuflado entre cifras en rojo y advertencias financieras. El día en que Celtic presentó unos resultados que helaron la sangre en el este de Glasgow, el club también intentó vender un mensaje de unidad. Pero entre líneas, el informe de Brian Wilson y Michael Nicholson dejó algo mucho más revelador: una directiva a la defensiva, justificándose, señalando culpables y, sobre todo, repitiendo errores que ya le han costado decenas de millones.

Fichajes de parche y un enero que delata la estrategia

Brian Wilson no se escondió con los números. “Los costes comprometidos en adquisiciones de jugadores, incluidas todas las comisiones a agentes, ascendieron a 17,5 millones de libras en el año, además de los 42,6 millones gastados el año anterior”. Hasta ahí, una frase de balance. La clave llegó después: la reducción del gasto respondió, en parte, a una decisión estratégica en el mercado de enero de 2026 de apostar por cesiones con opción de compra para “combinar flexibilidad con el refuerzo inmediato de la plantilla”.

Traducido: Celtic optó por los parches.

Con el equipo descolgado de Hearts en la lucha por el título tras un verano desastroso, la respuesta del club fue llenar el vestuario de cedidos de última hora. Cinco préstamos, más la llegada de Alex Oxlade-Chamberlain fuera de plazo, como intento desesperado de recomponer un mercado estival que había dejado al técnico vendido.

Martin O’Neill creyó tener cerca a extremos como Fares Ghedjemis y Damir Redzic en operaciones permanentes. Acabó con Joel Mvuka, Tomas Cvanara y Junior Adamu para apuntalar el ataque. Entre los tres, apenas tres goles. Nada que ver con el impacto que se esperaba. O’Neill sobrevivió apoyándose en Daizen Maeda y en un Kelechi Iheanacho a medio gas, que tiraron del carro casi a pulmón.

Todo, un año después de que Peter Lawwell ya hubiera admitido públicamente un invierno igual de pobre. Entonces el presidente saliente reconoció que “la junta comparte la frustración de los aficionados” por la escasa actividad. Doce meses más tarde, el patrón se repite: grandes palabras, poca planificación.

Rodgers, Nancy y una sucesión que se convirtió en caos

Wilson también puso nombres y apellidos al terremoto deportivo del último año. “Los acontecimientos de los últimos 12 meses han sido dramáticos, a veces alegres y en otros momentos profundamente frustrantes. La marcha de Brendan Rodgers fue un hecho no previsto que inició un período de inestabilidad”.

La línea siguiente fue aún más significativa: en “otras circunstancias” el nombramiento de Wilfried Nancy “podría haber funcionado”, pero su llegada a mitad de temporada y los cambios que introdujo “claramente no lo hicieron”. El francés duró 33 días. Seis derrotas en ocho partidos y salida fulminante. “Tomar caminos separados con Wilfried fue enormemente decepcionante, pero había que actuar con decisión”, remató el presidente interino.

La lectura es clara: la directiva coloca a Rodgers en el centro del problema. No es la primera vez. Dermot Desmond ya había cargado contra el técnico norirlandés, acusándolo de priorizar su “autopreservación” por encima del club. Rodgers, por su parte, nunca ocultó su malestar con el mercado de verano: no se cubrieron los huecos dejados por Nicolas Kühn y Kyogo antes de la previa de Champions, y Adam Idah fue vendido en el último día sin recambio preparado.

La relación se rompió. Rodgers se marchó tras un desencuentro feroz con Desmond. Y el plan de sucesión que debía dar continuidad a un ciclo ganador se convirtió en un bochorno. Nancy, procedente de Columbus Crew, no encontró ni tiempo ni contexto. Wilson, aun así, insiste en que podría haber triunfado “en otro momento de la temporada”.

La ironía es brutal: mientras el club apunta a entrenadores y circunstancias, el hilo conductor sigue siendo el mismo modelo de planificación deportiva que ya ha fallado demasiadas veces.

Un club sin presidente fijo y un palco en transición eterna

“Este proceso de renovación del Consejo continuará, incluida la identificación de un sucesor para mí mismo”, escribió Wilson. Nueve meses después de la salida de Peter Lawwell, Celtic sigue sin presidente permanente. Wilson, de 77 años y exdiputado laborista, asumió el cargo de forma interina en enero. Desde entonces, el mensaje es que la búsqueda continúa.

Entre tanto, Mark Keane y Raymond Buchanan se han incorporado a la sala de juntas como parte de esa renovación. Pero el sillón principal sigue ocupado por un interino que ya acumula 266 días en el puesto. Un interino que, a este ritmo, corre el riesgo de convertirse en figura estable sin que nadie lo admita abiertamente.

En un momento en el que la entidad necesita liderazgo claro, la indefinición en el palco solo alimenta la sensación de improvisación.

Nicholson, la Champions y un bucle de errores

Michael Nicholson, bajo presión desde hace meses, tampoco evitó la autocrítica. Recordó que el club cerró la temporada 2025/26 “en lo más alto”, con un título de Premiership asegurado en la última jornada y un doblete de Scottish Cup y Women’s Scottish Cup. Pero reconoció que el curso fue “desafiante” dentro y fuera del campo, que Celtic vivió un periodo de “turbulencia” tras años de estabilidad.

Prometió “aprender de los desafíos y de los errores cometidos”. La realidad le golpeó en la cara casi al mismo tiempo que estampaba su firma en el informe: un año después de caer en la previa de Champions ante Kairat Almaty, Celtic volvió a tropezar en el mismo punto, esta vez frente a LASK.

El verano había empezado bien. Llegaron el fichaje récord Kasper Høgh, Camilo Duran y Mika Baur. Luego, el freno. La directiva congeló prácticamente toda operación hasta saber si el equipo entraba o no en la fase de grupos de Champions. Otro “all in” de 40 millones que salió cruz. De nuevo. Sin Champions, sin el gran cheque y con la puerta de la Europa League como consuelo por segundo año seguido.

La apuesta coyuntural por la “calidad antes que cantidad” se evaporó en cuestión de días. El club volvió a tirar de cesiones, agentes libres y proyectos de futuro en los últimos compases del mercado. El agujero en el centro del campo que dejó Arne Engels sigue ahí. O’Neill lo ha admitido públicamente. El coste deportivo es evidente; el económico, también. Cada eliminación europea se traduce en millones que vuelan.

La pregunta que muchos aficionados se hacen es tan sencilla como incómoda: ¿de verdad están aprendiendo algo?

O’Neill, la figura que sostiene el relato

En medio de tanta turbulencia, el informe eleva a Martin O’Neill a la categoría de salvador. Nicholson habla de “deuda de gratitud” hacia él y su cuerpo técnico por haber dado un paso al frente “dos veces” y haber guiado al equipo al éxito. El club se declara “encantado” de que haya aceptado liderar de nuevo el proyecto esta temporada.

El mensaje es claro: O’Neill como escudo, como figura de consenso, como rostro amable frente a una masa social cada vez más irritada. El propio CEO admite la decepción por la eliminación en el play-off de la UEFA Champions League y subraya que alcanzar la fase de liga es “un objetivo compartido por todos”.

Pero los números son tozudos. Celtic ha fallado en ocho de sus últimos diez intentos de clasificarse para la máxima competición europea, incluidas las seis últimas campañas de previa. En el ámbito doméstico, el dominio ha sido casi total durante década y media. Fuera de Escocia, el panorama es devastador: el club no gana una eliminatoria europea desde la primera etapa de O’Neill, en 2004.

Por eso, otra disculpa formal ya no basta para una afición que ha visto cómo el club se estanca en Europa mientras otros, con menos recursos, avanzan.

Lisboa, la nostalgia y un presente incómodo

Nicholson intentó apelar a algo más profundo: identidad, memoria, orgullo. Recordó que este año se celebra el 60º aniversario del mayor logro de la historia del club, el de los Lisbon Lions. Habló de legado, de inspiración, del papel de la afición en aquel viaje y en el presente. Agradeció el trabajo de sus compañeros y, sobre todo, el apoyo de los hinchas. “Todos queremos lo mejor para Celtic”, remató.

El contraste con la realidad actual es brutal. En la temporada en la que el club celebra su cumbre histórica, ya no es un habitual de la Champions. Tras una derrota apática ante Ferencvaros, solo la última de una lista creciente de tropiezos ante equipos con presupuestos muy inferiores, la duda ya no es si Celtic puede competir en la élite. La duda es si siquiera está en condiciones de imponerse con autoridad en la Europa League.

Las protestas contra la directiva, que ya se han dejado ver, apuntan a intensificarse. No se trata solo de otra eliminación dolorosa. Para un sector creciente de la hinchada, el problema es estructural: sospechan que quienes toman las decisiones no están explotando el verdadero potencial del club.

Mientras el consejo pide unidad y paciencia, la calle responde con desconfianza. Y en un Celtic que mira constantemente hacia Lisboa para recordar quién fue, la cuestión que late en cada grada es otra: ¿cuánto tiempo más puede vivir un gigante de sus recuerdos sin demostrar, por fin, que está preparado para escribir algo a la altura de su propia historia?