Cómo el Manchester City Usa Datos para Ganar
Dentro del cerebro de datos del Manchester City hay una pregunta que lo gobierna todo: “¿Qué hace falta para ganar?”. No es un eslogan para la pared del vestuario. Es la columna vertebral de un sistema que decide quién llega, quién se va y cuándo es el momento de romper con las leyendas.
La frase se descompone en tres obsesiones: identificar jugadores, evaluarlos y medir cómo puede el club mejorarlos para aumentar la probabilidad estadística de ganar la Premier League. Nada más. Nada menos.
La temporada pasada, los modelos internos del City ya avisaron: ellos estarían en la pelea, pero los favoritos al título eran el Arsenal. Acertaron. Hoy, con cinco victorias en cinco jornadas, los algoritmos siguen trabajando en la sombra mientras aficionados y analistas señalan de nuevo al equipo sky blue como el perseguidor más serio de los de Mikel Arteta. Dentro del club, las proyecciones son confidenciales. La metodología, no tanto.
Un mercado visto desde el laboratorio
En el Etihad, el objetivo principal del departamento de datos es simple y brutal: reducir el riesgo en cada operación, sea compra o venta. Cada futbolista recibe una nota en varios bloques:
- Capacidad futbolística.
- Rasgos generales.
- Sistema en el que juega.
- Rol que le exige su entrenador.
Solo entonces el City intenta responder a la pregunta clave: no solo cuán bueno es el jugador, sino cuán bueno podría llegar a ser… allí, con esa camiseta.
Desde el Triplete de 2023, la plantilla ha vivido una reconstrucción profunda guiada por este método. De aquel equipo histórico apenas quedan cuatro jugadores. Un detalle que ilustra la frialdad con la que el club ha abordado el relevo generacional.
Pese a todo, la última palabra no la tienen los números. El club insiste en que la mirada clásica sigue mandando.
“El dato tiene un papel en nuestra toma de decisiones, pero es solo una parte del cuadro completo”, explica el director deportivo Hugo Viana. “Sabemos que el dato no puede contarlo todo. No mide el carácter, la mentalidad o el comportamiento. Por eso estudiamos las métricas, pero nos apoyamos en la experiencia de los ojeadores y otros especialistas”.
La diferencia con el pasado es que ahora los datos están en todas partes. Son el filtro inicial, la alerta temprana, la señal de alarma antes de vender a una estrella o de apostar 100 millones por un nuevo centrocampista.
De 650.000 nombres a seis candidatos
El punto de partida es casi inabarcable: una base de datos con 650.000 futbolistas de todo el mundo. A partir de ahí llega el encargo deportivo: qué tipo de jugador se busca.
Ni siquiera eso es tan simple. Un lateral, por ejemplo, no es solo un lateral. En el City los clasifican en tres perfiles: defensivo, interiorizador o muy alto y abierto. Cada rol exige parámetros distintos. Cada parámetro, un tipo de filtro.
Con el encargo definido, los analistas aplican capas de métricas para reducir el universo a una lista de entre 20 y 50 nombres. Juventus, por ejemplo, colocó a Andrea Cambiaso en el radar del City gracias a su capacidad para meterse por dentro y ayudar en la construcción en zonas interiores. Su manejo de ambas piernas también salió muy bien parado en los informes.
El proceso, sin embargo, no terminó en oferta. Los datos y los informes de scouting no dieron el empujón definitivo y el club decidió no avanzar en la última ventana. No significa que lo hayan descartado. Significa que seguirá monitorizado, en espera de que el contexto cambie o de que sus métricas den un salto.
Esa primera lista se cruza con la de los ojeadores. Suele haber un solapamiento importante entre lo que ve el algoritmo y lo que detecta el ojo humano. Desde ahí, el embudo se estrecha: se afinan los modelos, se reordenan prioridades, se descartan perfiles.
Los scouts vuelven al terreno de juego, completan más informes y reducen el grupo a un máximo de seis jugadores. A partir de ese punto, el trabajo se vuelve quirúrgico: historial de lesiones, rendimiento físico, hábitos de comportamiento. Todo acaba volcado en un documento clave: el “acquisition pack”.
En ese informe aparece de todo: gráficos de radar con métricas específicas, un “utilisation chart” con el uso del jugador en los últimos tres años, la nota de scouting tradicional, una puntuación de “impacto actual” y otra de “impacto potencial”. Y un dato que en el club consideran especialmente revelador: el “action value score”, un índice que coloca al futbolista en una especie de liga interna junto a jugadores del City y de otros clubes que ocupan posiciones similares.
Cuando todo eso está sobre la mesa, la lista se recorta a dos o tres nombres. Entra entonces la valoración económica, otro terreno donde el dato pesa mucho. El club nunca trabaja con una cifra única, sino con rangos de precio que consideran razonables. Todos los objetivos se trabajan en paralelo, por si uno se cae de la mesa de negociación de un día para otro.
La aparición fulgurante de Yan Diomande la pasada temporada obligó al City a acelerar sus análisis antes de que el jugador terminara en el Real Madrid procedente del RB Leipzig. También vigilaron de cerca los números de Eduardo Camavinga por si el club blanco decidía abrir la puerta de salida a un centrocampista. El mensaje es claro: el mercado cambia de dirección en cuestión de semanas; los modelos tienen que ser lo bastante flexibles como para reaccionar.
El caso Elliot Anderson: cuando el dato engaña… si no se interpreta
En ese contexto aparece uno de los fichajes más sonados del verano: Elliot Anderson, 116 millones de libras, procedente del Nottingham Forest. Inglés, internacional, pieza clave en su antiguo equipo, deseado por otros grandes, incluido el Manchester United. Sobre el papel, un fichaje de manual para un grande de la Premier.
Pero los números no gritaban “fichaje obligatorio” desde el primer día.
El City sabía desde el inicio de la pasada temporada que el centro del campo iba a necesitar cirugía mayor. Bernardo Silva se marchaba, el futuro de Rodri y Nico González generaba dudas y en el club asumían que reemplazar a ambos con clones futbolísticos era imposible. Tocaba buscar un centrocampista capaz de construir tanto desde zonas bajas como desde posiciones más adelantadas.
Con el curso en marcha, también se abrió un interrogante sobre el futuro de Tijjani Reijnders, con Enzo Fernández señalado como su posible relevo natural. En ese mapa apareció Anderson. Entró en la primera criba de 650.000 jugadores a la lista larga, pero no en los puestos de privilegio. Sus métricas no reflejaban un dominador del juego ni un generador constante de goles y asistencias.
La explicación estaba en el contexto. El Forest no es un equipo de posesión dominante. Anderson jugaba más cerca de su propia portería que de la rival, obligado a defender metros y a asumir riesgos en transiciones largas. Sus números, en bruto, no podían compararse con los de un interior del City.
Ahí cambió el enfoque. Los analistas empezaron a modelar qué pasaría con ese mismo jugador en un equipo que vive instalado en campo contrario, que monopoliza la pelota y rodea al centrocampista de talento de élite. Su radar se llenó de categorías muy específicas: recuperaciones defensivas, éxito en duelos, pases rompe líneas, éxito en duelos aéreos, errores defensivos.
Incluso esos errores necesitaban contexto. En un equipo tan transicional como el Forest, un robo cerca del área propia podía terminar en pérdida si el jugador se veía obligado a lanzar un pase largo y arriesgado hacia delante. En el City, en esa misma jugada, tendría opciones de pase corto, apoyos cercanos y una tasa de acierto mucho mayor.
“Que un jugador no tenga la oportunidad de realizar una acción de forma habitual por el equipo en el que juega no significa que no pueda hacerla”, explican desde el entorno del club. Esa frase resume la batalla diaria entre el dato frío y la interpretación futbolística.
Con el paso de los meses, las métricas de Anderson mejoraron de forma notable. Eso disparó las alertas internas. Los scouts empezaron a verlo cada semana. En las comparativas internas salió muy bien parado frente a los centrocampistas ya presentes en la plantilla y frente a otros objetivos de mercado para esa posición.
El precio, finalmente, superó lo que el modelo consideraba su “valor real”. Aun así, el City decidió pagar. El riesgo, según sus cálculos, era bajo.
“Elliot Anderson es un gran ejemplo de cómo funciona el proceso”, resume Viana. “Los datos eran positivos y nos daban confianza en su perfil, pero fue el conocimiento de nuestros ojeadores y del equipo de rendimiento lo que nos ayudó a entender al jugador y sus atributos. Eso confirmó nuestra convicción de que era el encaje adecuado para el club”.
Doku, Álvarez, Khusanov: tres caminos hacia el mismo objetivo
El fichaje de Jeremy Doku en 2023 ilustra otra cara del sistema. Pep Guardiola pidió un extremo directo, un perfil más cercano a Leroy Sané que a Jack Grealish o Riyad Mahrez, jugadores más pausados, amantes del balón al pie y del recorte hacia dentro.
El encargo se tradujo en criterios muy concretos: entradas al área con conducción, recuperaciones tras presión, porcentaje de éxito en el uno contra el uno, presión en campo rival. Doku cumplía en casi todo, salvo en un aspecto: su frecuencia de llegadas al área no era tan alta como otras métricas. Desde su llegada al City, esa puntuación ha subido de forma clara. El club lo vende como un ejemplo de cómo el dato no solo detecta talento, también ayuda a pulirlo.
El caso de Julián Álvarez sigue otro guion. El primer aviso llegó desde los ojeadores, no desde el algoritmo. El delantero no figuraba en la lista de objetivos priorizados por los modelos, en parte porque la liga argentina no se considera entre las más fuertes del mundo y los jugadores allí tienden a toparse con un techo estadístico frente a los de las cinco grandes ligas europeas.
La respuesta fue profundizar. El City analizó su impacto en el juego y en el marcador de River Plate. Los números eran contundentes: era, con diferencia, el mejor futbolista del campeonato argentino. El modelo interno concluyó que Álvarez tenía nivel para convertirse en titular de un club de la zona alta en una de las grandes ligas europeas en un plazo máximo de dos años y medio.
La valoración estadística lo situaba entre 26 y 40 millones de libras. El City lo firmó por 14. El modelo proyectaba que, tras tres años, su valor se situaría alrededor de los 70 millones. En 2024 lo vendieron al Atlético de Madrid por 81. Para un club que no suele presumir de plusvalías, el caso Álvarez es la validación perfecta de su sistema.
Abdukodir Khusanov, central fichado desde el Lens, representa el ejemplo contrario. No entró en la primera lista de 50 candidatos. Pero un análisis más fino descubrió algo llamativo: sus métricas con balón eran discretas, sí, pero sus datos físicos, especialmente en coberturas a la espalda, eran descomunales. El City apostó por él en enero de 2025. Desde entonces, aseguran, sus cifras con el balón han crecido de manera significativa.
De Guardiola a Maresca: la idea por encima del banquillo
La salida de Pep Guardiola y la llegada de Enzo Maresca no han alterado el mapa de datos del club. No de forma estructural. El italiano comparte casi todos los indicadores clave que valoraba el técnico catalán, con una matización importante: prefiere laterales más directos, menos interiorizadores.
La razón es sencilla. El City no ficha entrenadores para que cambien la filosofía, sino para que la ejecuten con matices propios. El modelo de juego está definido desde antes de la llegada de Guardiola: equipo dominante en la posesión, presión alta, recuperación en campo rival, generación constante de ocasiones claras y un punto de espectáculo.
Guardiola llevó esa idea a su máxima expresión. Maresca hereda un sistema de trabajo en el que la sala de datos no cambia de rumbo cada vez que se mueve el banquillo. Él se apoyará en ese engranaje para construir su propia versión del City, pero la base ya está levantada.
Saber cuándo vender a una leyenda
El Triplete fue un final de ciclo disfrazado de cima. Los indicadores internos avisaron al club: la plantilla había tocado techo y había que empezar a desmontarla antes de que el rendimiento cayera en picado.
Vender a Kevin de Bruyne, Kyle Walker, Riyad Mahrez o Ilkay Gündogan no fue una decisión emocionalmente sencilla. Seguían rindiendo a un nivel altísimo. El dato, sin embargo, había detectado tendencias de declive dos o tres años antes de que fueran evidentes para el gran público o, en muchos casos, para los clubes compradores.
Esas curvas descendentes marcan el momento de salida. Permiten al City decidir si el relevo se cocina en la academia o si hay que salir al mercado. El fichaje de Ayyoub Bouaddi desde el Lille encaja en esa lógica. Con 18 años, nadie en el club espera que cambie la temporada de inmediato. El plan es otro: que en un plazo de dos años se convierta en un activo importante en la rotación.
Tras el Triplete, la consigna fue clara: bajar la edad media de la plantilla sin dejar de pelear por todos los títulos. Una ecuación endiablada. Los modelos del City habían identificado en su día a jugadores como Moisés Caicedo, Marc Cucurella o Carlos Baleba, alabados después como éxitos del análisis de datos. Pero en el Etihad consideraron que su desarrollo hasta alcanzar el nivel requerido para liderar un equipo campeón sería demasiado lento.
La solución ha sido una mezcla: rejuvenecer y, al mismo tiempo, fichar futbolistas ya contrastados. Gianluigi Donnarumma, Marc Guéhi, Enzo Fernández y el propio Anderson representan esa idea. Pueden crecer con la nueva generación, pero ya tienen una mochila llena de partidos de máximo nivel.
Hoy, el City presume de tener la tercera plantilla más joven de la Premier League, solo por detrás de Newcastle y Chelsea. Sus modelos internos indican que el grupo no alcanzará su pico de rendimiento hasta dentro de dos o tres años. Y, aun así, proyectan que este mismo curso volverán a estar en la carrera por el título.
La pregunta, como siempre en el Etihad, no es si el City tiene buenos jugadores. Es si su máquina de datos ha calculado bien el futuro. La respuesta llegará en mayo, en la única estadística que allí importa de verdad: la clasificación.






