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Courtois llora y Bélgica cae ante España

Thibaut Courtois dejó una de esas imágenes que pesan más que un marcador. Minuto 71 en el SoFi Stadium, cuartos de final de un Mundial, el estadio en silencio extraño para una Copa del Mundo, y el guardameta de 34 años se va del campo con lágrimas en los ojos, la mano en el muslo, sabiendo que algo importante se ha roto. Quizá más que un cuádriceps.

La jugada que lo cambia todo llega en una acción que parecía rutinaria. Mikel Oyarzabal arma el disparo, Courtois se lanza, bloquea, aguanta. Poco después, durante la pausa de hidratación de la segunda parte, se sienta en el césped. No es un gesto de descanso, es una señal de alarma. Habla con el banquillo, mueve la cabeza, prueba sensaciones. Cuando el juego se reanuda, la decisión ya está tomada: entra Senne Lammens, se va el hombre que ha sido el gran escudo de Bélgica durante más de una década.

Antes de abandonar el campo, Courtois había sostenido a la selección. Cuatro paradas en cinco disparos a puerta, presencia dominante, liderazgo. España golpeó primero con Fabián Ruiz, pero Charles De Ketelaere respondió para el 1-1 y, mientras el portero seguía bajo palos, los Red Devils se mantenían vivos, agarrados al partido más por su guardián que por su juego.

El propio Courtois explicó después lo que sintió: un saque de puerta, un latigazo en el cuádriceps, dolor en cada golpeo largo. Avisó al cuerpo técnico de que no podía seguir forzando en los despejes, aunque se veía capaz de continuar bajo el arco. El seleccionador decidió no arriesgar. El portero lo aceptó con la misma jerarquía con la que ha mandado en el área durante 115 partidos con su país: el equipo por encima de todo.

El problema para Bélgica es que, esta vez, el equipo sin él fue otro equipo.

La fractura se vio 17 minutos después de su salida. Disparo de Pau Cubarsí desde la frontal, balón potente pero no imposible. Lammens, en apenas su tercera aparición internacional, no logra blocar. La pelota queda suelta en el área pequeña. Mikel Merino, más rápido que nadie, se lanza sobre el rechace y empuja el 2-1. Un detalle técnico, un rebote mal gestionado, y el Mundial se inclina definitivamente hacia el lado de España.

El contraste era brutal. Hasta entonces, cada llegada española se había topado con el muro habitual. Tras la lesión, cualquier balón dividido dentro del área belga parecía un riesgo mayúsculo. No era solo una cuestión de manos; era la sensación de seguridad que se evaporaba con Courtois camino del banquillo.

Bélgica ya había empezado la noche tocada. Youri Tielemans se cayó del once en el calentamiento por un golpe de última hora y Rudi Garcia se vio obligado a recomponer el centro del campo con Hans Vanaken. Un contratiempo serio en la sala de máquinas antes del pitido inicial, otro aún mayor en la portería en pleno fragor del partido. Demasiadas grietas para aguantar a una España que no perdona.

La imagen final de Courtois, avanzando lentamente hacia el banquillo, aplaudido, con el rostro desencajado, tiene peso de despedida. Puede que haya sido su último partido con la camiseta de Bélgica. Si lo fue, su adiós no llegó con una última parada imposible, sino con un músculo roto y una derrota cruel. La pregunta ahora no es solo cuánto tardará en recuperarse, sino quién se atreverá a ocupar un vacío así cuando el Mundial ya ha dictado sentencia.