Fermín: del peor verano a la ilusión del Gamper y la Champions
El verano de Fermín no tuvo sol. Tuvo quirófano, soledad y un Mundial visto —al principio— desde la oscuridad. O ni eso.
“El peor verano de mi vida”. Así lo define el centrocampista de Barcelona, todavía en plena pretemporada con el equipo de Hansi Flick en Inglaterra. Estaba en su mejor momento, con todo de cara, y la lesión lo detuvo en seco. De golpe. Sin anestesia emocional.
La herida no fue solo física. Le dolió tanto quedarse fuera del Mundial con España que, al principio, se negó incluso a encender la televisión. No soportaba ver a la selección sin él. No podía. Quería estar allí, en el torneo más grande, en el escenario que todo futbolista sueña.
Con el paso de los días, la distancia se hizo más llevadera. El éxito del grupo también ayudó. Fermín dejó claro que la alegría por el título mundial de sus compañeros fue real, sincera. Hacia el final del campeonato, cuando el nudo en el estómago empezó a aflojar, dio un paso que lo explica todo: voló a Nueva York para ver la final en directo. No como protagonista, pero sí como testigo de algo que, en otro contexto, podría haber sido suyo.
Mientras tanto, su Mundial particular se jugaba en el gimnasio y en la sala de fisioterapia. Meses de rehabilitación dura, de rutinas repetidas hasta el agotamiento, de dudas silenciosas. De pedir ayuda. Fermín no esconde que la necesitó. Familia, pareja, amigos. Y el entrenador. Subraya el papel del técnico en ese tramo oscuro, en cómo lo sostuvo cuando la cabeza amenazaba con caerse más que la pierna.
Hoy, el paisaje ha cambiado. En la concentración en el Reino Unido, ya entrena con el grupo, se prueba, acelera, frena, escucha al cuerpo. Y, sobre todo, mira hacia una fecha: el Trofeo Joan Gamper.
Se ve ahí. Aunque sea unos minutos. Es su pequeño gran objetivo a corto plazo. No siente molestias, algo clave después de todo lo vivido, y habla de su estado con una seguridad que contrasta con el sufrimiento reciente. Quiere que su regreso no sea solo una vuelta, sino un salto. Salir de la lesión con más hambre que antes. Más afilado. Más decidido.
Recuerda que ya ha demostrado que puede ayudar al Barça y se exige repetirlo, mejorarlo, sostenerlo en el tiempo. No suena a tópico. En su boca, después de este verano, suena a promesa personal.
Y luego está el gran sueño compartido del vestuario: la Champions League. Fermín lo dice sin rodeos. El grupo siente que ha cerrado un ciclo de dos años y que este puede ser el bueno. Tres temporadas juntos, muchas experiencias acumuladas, golpes y aprendizajes. La sensación interna es que ya están preparados para pelear de verdad por el título que se le resiste al club desde hace demasiado.
No se queda ahí. Habla también de la liga, de lo que supondría un tercer título consecutivo. Un reto enorme, desgastante, casi brutal en la exigencia. Pero no lo presenta como una quimera. Lo condiciona a algo muy concreto: concentración en el propio juego y unidad. Si el equipo se mantiene pegado a esas dos ideas, cree que puede volver a coronarse.
De un verano roto a un curso que se anuncia como una oportunidad mayúscula. Fermín ha pasado de apagar la televisión a querer encender el Camp Nou en el Gamper. Ahora falta ver si su cuerpo, y este Barça de Flick, están listos para acompañar la ambición que ya no se esconde.






