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The Friedkin Group y su posible salida de Everton

El breve mandato de The Friedkin Group en Everton ya mira a la puerta de salida.

The Friedkin Group apenas ha tenido tiempo de acomodarse en el despacho de mando de Everton y ya estudia marcharse. Menos de un año después de completar la compra total del club, el grupo liderado por el multimillonario estadounidense Dan Friedkin considera seriamente la venta. Oficialmente, “el momento es el adecuado para el siguiente capítulo”.

No es un giro menor para un club que lleva años viviendo al borde del abismo financiero. Cuando The Friedkin Group tomó el control en diciembre de 2024, puso fin a la larga y turbulenta era de Farhad Moshiri, marcada por un gasto desmedido, decisiones deportivas erráticas y sanciones por incumplimiento de las normas económicas. El nuevo propietario aterrizó con un mensaje claro: estabilidad primero, reconstrucción después.

En un comunicado difundido este viernes, Everton recordó el punto de partida: “Cuando TFG se convirtió en custodio de Everton, el club afrontaba una importante incertidumbre financiera y desafíos tanto dentro como fuera del campo”. La prioridad, explican, fue asegurar el futuro inmediato, sostener la inversión necesaria y, sobre todo, empujar hasta el final el eterno proyecto del nuevo estadio, largamente prometido a una afición que ha tenido que armarse de paciencia durante años.

El estadio, la gran obra que redefine el horizonte del club, es precisamente una de las claves del relato de TFG. “Con esos cimientos ya firmemente asentados, el momento es el adecuado para considerar el próximo capítulo para Everton”, añade la nota. El mensaje llega con una condición que busca tranquilizar a la grada: solo escucharán ofertas de grupos que, a su juicio, sean “los administradores adecuados para llevar el club hacia adelante y construir sobre el impulso generado”.

Es una frase con peso. Porque detrás de esa formulación corporativa late una realidad incómoda: devolver a Everton a la élite del fútbol inglés exige una inversión gigantesca. Y The Friedkin Group no parece dispuesto a recorrer todo ese camino.

Alan Myers, periodista de Sky Sports News y voz muy conectada al entorno del club, lo resumió sin rodeos: “No ha sido una gran sorpresa escuchar esta noticia”. Recordó que, cuando TFG anunció hace unos meses que buscaba inversores, dentro y fuera de Goodison Park muchos interpretaron aquello como lo que realmente era: una puerta abierta a la venta total, más que a la entrada de socios minoritarios.

Myers fue más allá al apuntar al núcleo del problema: el coste de competir en la cima. “Una de las razones de fondo es que TFG probablemente ha llegado al punto en el que ha visto lo que va a costar devolver a Everton a la mesa principal del fútbol inglés, que es donde el club quiere estar y donde estuvo hace muchos años”, explicó. Esa cifra, ese compromiso financiero a largo plazo, se antoja demasiado alto para el grupo estadounidense. Y no quieren asumirlo.

El runrún estaba ahí desde el primer día. Rumores, comentarios de pasillo, la sensación de que TFG no había llegado para quedarse décadas, sino para estabilizar, ordenar las cuentas y dejar el activo listo para un traspaso. “Desde el primer día hubo rumores y murmuraciones de que TFG no iba a estar mucho tiempo en Everton. Lo que han intentado hacer recientemente es colocar al club en una buena situación financiera, con una venta en mente”, apuntó Myers.

La estrategia encaja con los movimientos de los últimos meses: contención, reestructuración, foco en el estadio y en limpiar el balance. Un proyecto más de saneamiento que de expansión deportiva a gran escala. El comunicado del club insiste en que, mientras se desarrolla este proceso, la prioridad no cambiará: “Apoyaremos al club en todo lo necesario para lograr el éxito en el campo y continuaremos los esfuerzos para tener un impacto positivo en las comunidades a las que sirve”.

También marcan una línea roja comunicativa: ni TFG ni Everton harán más comentarios mientras se trabaja en esta posible venta. Silencio hacia fuera, negociación hacia dentro.

Queda en el aire la gran incógnita: ¿quién se atreverá a asumir el reto? Porque el próximo propietario no solo heredará un nuevo estadio y unas cuentas más ordenadas, también un club con una afición exigente, cicatrices recientes por las sanciones deportivas y la presión histórica de devolver el escudo de Everton al lugar que reclama en la Premier League. La pregunta ya no es si el club está en venta. La pregunta es quién se ve capaz de pagar el precio —económico y deportivo— de resucitarlo.