Henrik Larsson: el día que cambió la historia de Celtic
El 25 de julio de 1997, un sueco de trenzas finas y mirada tímida pisó el césped de Celtic Park con la camiseta a rayas verdes y blancas y unos vaqueros cualquiera. Nada de pompa. Nada de estridencias. Solo un nuevo fichaje presentado ante una afición que aún no sabía que estaba viendo nacer a su próximo rey.
Se llamaba Henrik Larsson. Hoy, su nombre ya no necesita presentación en el Este de Glasgow.
Llegó desde Feyenoord por apenas 650.000 libras, una ganga que solo fue posible gracias al conocimiento interno de Wim Jansen, recién nombrado técnico de Celtic y el mismo hombre que lo había llevado años antes al club neerlandés. Aquel movimiento, discreto en las portadas, acabaría siendo uno de los más decisivos en la historia ininterrumpida del club.
De un inicio torcido al nuevo talismán
El romance no arrancó perfecto. Larsson participó, en parte culpable, en la derrota en el estreno liguero ante Hibs. Un error, un tropiezo, dudas inmediatas. Glasgow no es un lugar que perdone fácilmente.
Pero el sueco no se encogió. Partido a partido, gol a gol, carrera a carrera, fue derribando recelos y levantando ovaciones. La grada pasó de la cautela al cariño. Del cariño a la devoción. Hasta que, casi sin darse cuenta, Celtic ya tenía un nuevo talismán.
Su primera temporada terminó con un mensaje contundente: un título de Copa de la Liga y, sobre todo, el primer campeonato liguero en una década. El famoso “stop the ten”, el título que impidió la racha de diez ligas consecutivas de su gran rival. Larsson fue pieza central en ese logro y su conexión con la afición quedó sellada.
La campaña siguiente no hizo más que reforzar esa sensación. Bajo la dirección de Dr Jozef Venglos, Larsson se transformó en un delantero total. Marcó 38 goles en una temporada que lo consolidó como el atacante más completo del país: definición, juego aéreo, trabajo sin balón, liderazgo silencioso.
La pierna rota, el carácter de acero
La carrera de Larsson en Celtic también se mide por la forma en que respondió a la adversidad. En Lyon sufrió una fractura de pierna espantosa, una de esas lesiones que pueden quebrar no solo huesos, sino carreras y confianza. Muchos habrían quedado marcados para siempre.
Él no. Larsson regresó todavía más fuerte, más decidido, más letal. Su recuperación y posterior rendimiento ilustran una fortaleza mental extraordinaria. Aquella lesión, en cambio, sí dejó huella en el entorno del club: se considera uno de los factores que aceleraron el final del ciclo de John Barnes en el banquillo.
La era Martin O’Neill y el apogeo del “King of Kings”
La llegada de Martin O’Neill encendió una nueva etapa y elevó a Larsson a otra dimensión. Bajo el mando del técnico norirlandés, el “Super Swede” encontró un socio ideal en Chris Sutton. Entre los dos formaron una dupla demoledora, pero el sueco brilló con una luz propia casi inalcanzable.
En la primera temporada de O’Neill, Larsson firmó 53 goles. Cincuenta y tres. Con esa cifra descomunal, Celtic conquistó el triplete doméstico, el primero en 32 años. Liga, Copa y Copa de la Liga regresaron a las vitrinas de Celtic Park, impulsadas por un delantero en estado de gracia.
Aquella etapa no se limitó al dominio interno. El club volvió a hacerse notar en Europa y, de nuevo, los goles de Larsson marcaron el camino. Sus actuaciones fueron el motor que llevó a Celtic hasta la final de la UEFA Cup, donde, pese a la derrota en la prórroga ante Porto, el sueco firmó dos definiciones de clase mundial que quedaron grabadas en la memoria colectiva. En una noche amarga por el resultado, él volvió a demostrar que pertenecía a la élite del continente.
Goles, récords y legado
El 6-2 ante Rangers en agosto de 2000, con Larsson celebrando en Celtic Park en una tarde que se convirtió en símbolo de un cambio de era, es una de las imágenes icónicas de su trayectoria. No fue solo un marcador abultado; fue una declaración de poder, con el sueco en el centro de la escena.
Cuando se despidió del club en 2004, las cifras hablaban con una claridad brutal: 242 goles en 313 partidos. Tercer máximo goleador de la historia ininterrumpida de Celtic. Pero el impacto de Larsson va más allá de las estadísticas. Su influencia se mide en títulos, sí, pero también en lo que representó para una generación entera de aficionados.
Su último gran gesto en verde y blanco, levantando la Scottish Cup de 2004 tras marcar en la final ante Dunfermline, cerró el círculo con una imagen que resume su paso por Celtic: decisivo en los días grandes, implacable en el área, eterno en la retina.
El mejor de una vida, el rey de una grada
Los más veteranos evocan a Jimmy Johnstone y a los Lisbon Lions con total justicia. Quienes crecieron en los setenta mencionan a Kenny Dalglish, otro rey que más tarde sería elegido mejor jugador de la historia de Liverpool. Son comparaciones que hablan de grandeza, no de división.
Pero si se pregunta hoy a la mayoría de aficionados de Celtic, a los que han llenado las gradas en las últimas décadas, el nombre que aparece una y otra vez es el mismo: Henrik Larsson. Para muchos, el mejor que han visto jamás con la camiseta a rayas verdes y blancas. Su “King of Kings”.
Veintinueve años después de aquel día de verano en que un joven sueco con vaqueros pisó por primera vez el césped de Celtic Park, la respuesta sigue siendo simple: sí, aquel fue el día en que un club encontró a su rey. Y todavía no ha aparecido nadie que le quite la corona.






