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Kompany defiende a Kimmich y aborda el caso Bischof

La sala de prensa del FC Bayern ya estaba recogiendo papeles cuando llegó la última pregunta incómoda. Tema: Tom Bischof. Contexto: la irrupción del joven centrocampista con la selección alemana, al lado de Aleksandar Pavlovic, y su papel todavía secundario en Múnich.

Bischof, 21 años, apenas 205 minutos de 630 posibles en este arranque de temporada. En el Allianz Arena, la sala de máquinas tiene dueños claros: Joshua Kimmich y Pavlovic forman casi siempre el doble pivote. El resto espera turno.

Kompany escuchó, respiró… y arrancó un monólogo de tres minutos y medio que viajó bastante más lejos que la simple cuestión de los minutos de juego.

Bischof, la selección y un mensaje claro

El técnico belga empezó por rebajar el dramatismo alrededor del rol de Bischof en el Bayern. Calificó su tiempo de juego a estas alturas de curso como “no anormal”, una forma de recordar que la temporada apenas ha despegado y que las jerarquías se construyen a largo plazo.

Acto seguido marcó territorio: lo que ocurra con la selección no determina su once. Para él, el rendimiento con Alemania ni sube ni baja a nadie en la lista interna de prioridades. Lo que sí le interesa es el estado de ánimo con el que regresan sus jugadores.

Kompany dejó claro que quiere futbolistas que vuelvan con buenas sensaciones, reforzados, y que ese impulso emocional sí pesa cuando toma decisiones. No se trata de premios por convocatorias, sino de aprovechar la inercia positiva.

También tuvo un recado para quienes vuelven tocados por un parón internacional frustrante. Su receta: dejarlo atrás y agarrarse a la última imagen con la camiseta del Bayern. Y esa imagen es poderosa: el 7-0 en casa ante Union Berlin justo antes del parón, una goleada en la que “todos jugaron de forma sobresaliente”.

El mensaje era sencillo: el termómetro está en Säbener Straße, no en los viajes con la selección.

El recuerdo de la vieja Bélgica

Para explicar por qué insiste tanto en la gestión emocional, Kompany tiró de memoria. Volvió a sus días de jugador en el HSV, cuando la selección de Bélgica vivía en la oscuridad.

Recordó aquellos años en los que el país estaba clasificado alrededor del puesto 70 u 80 del ranking mundial. Una época en la que él era uno de los nombres fuertes en su club, viajaba con la selección… y regresaba después de derrotas dolorosas, 2-0 o 3-0, en lugares como Kazajistán, Armenia o Azerbaiyán.

El contraste en el vestuario del HSV era brutal. Allí estaban los holandeses, con Rafael van der Vaart y Nigel de Jong relajándose en el jacuzzi, preguntando con sorna qué pasaba con Bélgica. Se sumaban también los alemanes. El ambiente se llenaba de bromas, de comparaciones, de ese runrún que mina la confianza.

Kompany admitió que durante un tiempo arrastró ese peso, esa sensación negativa permanente. Hasta que aprendió a cortar el cable. A separar por completo la frustración con la selección de su día a día en el club. A regresar con un “buen sentimiento” aunque el viaje internacional hubiera sido un desastre.

Ese aprendizaje personal es ahora la base de su discurso como entrenador.

El nombre que nadie dijo, pero todos pensaban

Tras el rodeo, Kompany aterrizó en el punto clave. Volvió a la pregunta inicial y desnudó la intención que intuía detrás.

“Ahora, sobre tu pregunta de Bischof y Kimmich, porque él está detrás de tus pensamientos, aunque no hayas dicho el nombre”, deslizó hacia el periodista. No necesitaba más. El contexto ya estaba servido.

El entrenador evitó los elogios desmedidos a Bischof por una razón evidente: cualquier palabra entusiasta sobre el joven podía leerse como un dardo indirecto a Kimmich. Y ese juego de trincheras mediáticas no le interesa.

La secuencia reciente explica el ruido. Kimmich firmó una actuación decepcionante con Alemania en la derrota ante Grecia. Después, se vio obligado a dejar el campo tal y como estaba previsto en el plan de cambios de Jürgen Klopp, pese a que él había expresado públicamente su deseo de seguir. Desde el banquillo, vio cómo Bischof y Pavlovic brillaban. El resultado: un debate encendido sobre su estatus en la selección.

En ese contexto, cualquier comparación se magnifica. Kompany lo sabe y pisa con cuidado.

El verdadero baremo de Kompany

Detrás del discurso largo y lleno de anécdotas se escondía un mensaje directo para Kimmich: que se mire en el espejo del Bayern, no en el de la selección. Que se agarre a lo que está haciendo en Múnich en este inicio de temporada.

Kompany subrayó que sus decisiones se apoyan en lo que ve cada tres días con la camiseta del FC Bayern. Lo repitió con ejemplos muy concretos, casi como una lista mental que no piensa olvidar.

Recordó quién jugó y cómo lo hizo en el 7-0 contra Union Berlin. Quién estuvo en el duelo europeo ante Bodö/Glimt. Quién respondió en la Supercup frente al Dortmund. Quién se midió al Stuttgart. En todos esos partidos aparece el mismo nombre: Joshua Kimmich. Siempre dentro, casi siempre convincente.

Esa es la vara de medir que maneja Kompany. No el último titular de la selección, no la polémica del parón, no el debate público sobre si Kimmich sigue siendo intocable con Alemania.

El entrenador ha marcado el territorio: en Múnich, el juicio se dicta desde el césped del Bayern. Y, por ahora, ahí Kimmich sigue siendo el hombre al que no se le olvida en las grandes noches.