El legado de Hitchy: el portero que Barton Town no olvida
A Chris Hitchcock aún se le quiebra la voz. Han pasado más de 18 meses y la herida sigue abierta. “Miro a Freddie creciendo y me golpea con tanta fuerza”, admite el padre de James, el portero de Barton Town que perdió la vida tras un solo puñetazo en una agresión sin provocación.
James Hitchcock, “Hitchy” para todos, murió en diciembre de 2024, a los 32 años. Iba a pasar su primera Navidad como padre. Freddie acababa de cumplir seis meses. Su muerte destrozó a una familia y dejó a un club modesto, pero muy unido, sumido en el luto.
En Barton Town, novena categoría del fútbol inglés, el fútbol ya no es solo fútbol.
La última parada
Anthony Bowsley, técnico del equipo de Lincolnshire, aún repasa una y otra vez el último partido de James. La víspera de la agresión, Hitchcock había firmado una gran actuación en el 1-1 ante Bottesford Town, en la Northern Counties East League Premier Division.
“Cuando salió del campo le dije: ‘gran parada, Nigel Martyn’ porque Hitchy era hincha del Leeds y se echó a reír”, recuerda Bowsley. Aquella fue su última salida del césped.
Al día siguiente, de regreso de una jornada navideña con amigos en York, el ex canterano de Leeds United fue atacado por la espalda en la estación de tren de la ciudad. Un solo golpe en la parte derecha de la nuca. Cayó al suelo. No volvió a levantarse. Murió en el hospital.
“Hasta que no vuelves a hablar de ello… casi no parece real”, confiesa el entrenador.
El sábado, su viuda, April, y Freddie, ahora de dos años, estarán en la grada para uno de los partidos más grandes en la historia del club: la eliminatoria de tercera ronda clasificatoria de la FA Cup, en casa, ante Chorley. Una cita gigante para un estadio de 3.000 espectadores a la sombra del Humber Bridge. Y un día cargado de memoria.
“¿Dónde está él?”
April se agarra al fútbol para no hundirse. Se casó con James en julio de 2022. Hoy camina por el mismo campo donde él defendía la portería, buscando consuelo entre camisetas azules y recuerdos.
“Es muy triste mirar a la portería donde James solía colocarse y decir: ‘¿dónde está?’”, explica. “Él debería estar ahí”.
La incredulidad también golpeó fuerte al vestuario. “Fue una sensación de entumecimiento. No crees que algo así pueda pasarle a uno de tus amigos”, admite el defensa Jack Bulless.
Bulless, que también compartió vestuario con James en Bridlington Town, debía estar en la excursión a York. Se cayó de la lista a última hora por enfermedad. Andy Norfolk, amigo de toda la vida y compañero, sí viajó.
“Recuerdo el derbi de Manchester puesto en la tele de los bares a los que fuimos”, cuenta Norfolk. “Era nuestra quedada anual de Navidad, un día de viaje, nada exagerado. Volvimos pronto a la estación para regresar. Yo acabé cogiendo un taxi a Hull porque el tren no salía hasta una hora después. Recuerdo que Hitchy dijo que iba a buscar algo de comer”.
Fue la última vez que lo vio con vida.
En Leeds Crown Court se escuchó cómo James sufrió una fractura de cráneo y daños cerebrales al golpear el suelo tras ese puñetazo en la parte posterior de la cabeza. Todo por un ataque que no vio venir.
Una llamada en mitad de la noche
April revive cada detalle. “Acababa de acostar a Freddie cuando recibí una llamada diciendo que habían golpeado a James, que estaba inconsciente y de camino al hospital”, recuerda.
Ella pensó en una conmoción, en un susto, en un par de días ingresado. Preparó una bolsa. En el hospital le explicaron que debían trasladarlo a la UCI del Hull Royal Infirmary. Lo conectaron a un respirador. James luchó. Perdió.
En julio de 2025, Mckenzie Dicicco, de 22 años entonces, fue condenado a seis años y ocho meses de prisión tras declararse culpable de homicidio. El juez Guy Kearl calificó el puñetazo como un “ataque cobarde, deliberado y brutal a un hombre que no tuvo oportunidad de defenderse ni de prepararse para el golpe”.
Tras la sentencia, April se definió como “perdida y sola, porque el amor de mi vida me fue arrebatado de forma tan egoísta”.
Chris, el padre, que llevaba a su hijo a Elland Road para ver al Leeds de David O’Leary a finales de los 90, vive atrapado en esa noche.
“Ya no vivo, existo”, admite. “Intento ser feliz, intento hacer cosas y pongo buena cara. Pero nunca volverá a ser lo mismo para mí”.
Hitchy #1, siempre en la espalda
En Barton Town, el recuerdo de James no es un discurso: es una presencia física. Está cosido, literalmente, en la piel del equipo. “Hitchy #1” aparece bordado en la parte baja de las camisetas del club.
“Él siempre está con nosotros”, subraya Bowsley. “Es algo precioso de llevar en la camiseta”, añade Norfolk, que en apenas dos años y medio compartió con James su despedida de soltero en Benidorm, su boda cerca de York y, después, su funeral.
Antes de cada partido, Norfolk se toma un instante. “Miro la parte de atrás de la camiseta y tengo mis 10 segundos con Hitchy antes de ponérmela”.
En la entrada del túnel de vestuarios, una placa recuerda al guardameta. Cada año, Bridlington Town y Barton Town se enfrentan por el James Hitchcock Memorial Trophy, un trofeo que sirve para recaudar fondos para el Victim Support National Homicide Service. El resultado importa menos que el abrazo. El fútbol, ahí, se convierte en ritual.
En la cantina del club, las historias sobre James vuelan de mesa en mesa.
“Le escuchabas antes de verlo por su risa tan característica”, dice Bulless. Norfolk asiente: “Su risa era escandalosamente contagiosa. Todos la llamábamos la carcajada”.
El portero y el bromista
Bowsley no duda cuando habla del futbolista. “Era muy buen parador y muy bueno con los pies. Estuvo en la academia del Leeds y luego jugó en las ligas locales de Hull antes de ir a Bridlington y después a Barton”.
Pero el técnico no se queda en lo técnico. Ve al personaje completo. “Siempre tenía una sonrisa en la cara, era un poco bromista”.
Bulless completa el retrato con una escena de vestuario. “Siempre tenía una forma de hacerte reír. Siempre hay un par de bolsas de chucherías en el vestuario, pero Hitchy siempre llevaba la suya. No le decía a nadie que las tenía. Entonces, justo cuando el míster intentaba dar la charla o estaba a punto de echarle la bronca a alguien, se escuchaba el ruido del paquete. Hitchy sentado en la esquina, haciendo todo ese ruido mientras se comía sus chuches”.
La imagen arranca sonrisas tristes. El tipo que hacía reír al grupo ya no está, pero sigue provocando carcajadas en el recuerdo.
Un legado para Freddie
April se ha propuesto que su hijo crezca con la figura de su padre muy presente.
“Era simplemente adorable”, dice sobre el hombre al que conoció hace 12 años a través de amigos en común. “Siempre tenía una sonrisa en la cara y una risa contagiosa. James iluminaba una habitación y tenía tantos amigos que pasaron a formar parte de nuestras vidas, de nuestra rutina”.
La tragedia, paradójicamente, reforzó la red que les rodea. “Cuando pasa algo así, las conexiones se hacen muy fuertes. Somos muy afortunados porque la comunidad del fútbol y Barton Town no se han olvidado de James”.
April sabe que el mundo sigue girando. “Todo el mundo sigue con su vida y todos avanzan. Pero para mí, la comunidad del fútbol, especialmente Barton Town, ha sido: ‘hagamos cosas, vamos a involucrarte’”.
El club pidió permiso para llevar el nombre de James en las camisetas. “Que mantengan viva su memoria lo dice todo. Eran un grupo de amigos muy unidos. Freddie y yo somos afortunados porque no hemos perdido eso, y ellos tampoco han perdido el contacto con nosotros”.
April lleva a su hijo a los partidos. “Quiero criar a mi pequeño en un mundo en el que sepa quién era su padre. Ya tiene un buen pie derecho. Quiero asegurarme de que esté tan involucrado como lo estuvo su padre”.
El sábado, cuando Barton Town salte al campo para medirse a Chorley en la FA Cup, el ambiente en el pequeño estadio será distinto. No solo estará en juego una clasificación histórica. También la sensación de que, bajo el arco del Humber Bridge, un portero que ya no está sigue defendiendo algo más grande que una portería: el derecho a que su historia no se diluya en el ruido de una temporada más.






