Lionel Messi y su legado en el último Mundial
Lionel Messi llegó a este Mundial con una certeza silenciosa: sería el último. No lo dijo, no hizo campaña emocional, pero cada toque llevaba ese peso. Y aun así, jugó como si el tiempo no existiera.
Ocho goles. Cuatro asistencias. El mayor número de pases progresivos del torneo, según Futi. Cero responsabilidades defensivas, todo el escenario para él. A los 39 años, Messi se movió por el campo como si fuera suyo desde siempre, flotando entre líneas, atrayendo rivales, cambiando partidos que parecían perdidos.
Fue Messi quien levantó a Argentina en el 3-2 contra Cabo Verde. Messi quien asistió y luego empató frente a Egipto. Messi quien inventó las dos jugadas de los goles agónicos contra Inglaterra. Cuando el equipo se asomaba al abismo, aparecía la zurda de siempre, pero con el poso de una carrera que ya no tiene nada que demostrar.
Hasta la final.
En el partido que lo decidía todo, Messi se desvaneció. No hubo lesión, no hubo drama visible, solo una presencia difusa. En 139 minutos, contando el tiempo añadido, completó 28 de 39 pases, solo un disparo, poca influencia real en el juego. No hubo premio individual, no hubo título colectivo. Una rareza en su currículum. Y, sin embargo, su legado mundialista se estiró un poco más, hasta una altura que muy pocos han rozado.
Rodrigo De Paul, el escudero incansable
Mientras Messi acaparaba focos, Rodrigo De Paul sostenía el andamiaje. El centrocampista de Inter Miami fue titular en todos los partidos salvo dos y disputó 70 minutos en la final ante España. Agresivo, fiable con el balón, siempre disponible para ofrecer una línea de pase o para ir al choque.
Nunca iba a ser la estrella. No le hacía falta. Cumplió su papel con disciplina y ayudó a que Argentina encadenara dos finales mundialistas consecutivas. En un torneo de extremos emocionales, De Paul fue constancia.
Stephen Eustáquio, el arquitecto de un hito canadiense
Canadá necesitaba algo más que entusiasmo. Encontró a Stephen Eustáquio. El centrocampista se convirtió en uno de los principales generadores de juego de su selección, una especie de metrónomo agresivo.
Centros, cambios de orientación, pases filtrados. Promedió 2,76 ocasiones creadas y 0,36 asistencias esperadas (xA) por 90 minutos. Sus 46 pases progresivos lo dejaron sexto entre todos los jugadores del Mundial. Números de élite.
El gran momento llegó en el último suspiro de los octavos contra Sudáfrica. Interceptó un despeje, bajó el balón con el pecho y conectó una media volea tensa al rincón. Gol. Primera victoria de Canadá en una fase eliminatoria de un Mundial. Cuatro meses antes estaba cedido en Los Angeles FC; ahora, de vuelta en Porto, se marcha con un capítulo histórico a su nombre.
Mbekezeli Mbokazi, el niño que jugó como veterano
Sudáfrica presentó a su jugador más joven con apenas 20 años. Parecía un detalle estadístico. Mbekezeli Mbokazi se encargó de convertirlo en una declaración de intenciones.
El defensa de Chicago Fire, ex capitán de Orlando Pirates, se plantó en el Mundial con una serenidad impropia de su edad. Lectura, duelos, carácter. Partido tras partido, dio la sensación de llevar una década jugando al máximo nivel. El impacto fue inmediato: su valor de mercado, según Transfermarkt, saltó de 4 a más de 9 millones de dólares tras el torneo. No es habitual que un defensor sudafricano salga de un Mundial con tantos ojos puestos en él. Mbokazi lo consiguió.
Matías Galarza y Andrés Cubas, el doble pulso de Paraguay
Paraguay vivió a contracorriente. La posesión media de la selección fue del 29%, la más baja de todo el torneo. Un dato que explica mucho… y que resalta el mérito de dos centrocampistas.
Matías Galarza se ganó el puesto desde el segundo partido. Marcó el único gol ante Turquía y dio la asistencia para el tanto de Julio Enciso contra Alemania en las eliminatorias. Con tan poca pelota, cada aparición suya en campo rival valía oro. Tras su cesión en Atlanta United, regresó a River Plate con un Mundial que lo presenta como pieza adaptable a sistemas de resistencia.
A su lado, Andrés Cubas fue el ancla. Jugó todos los minutos de los cinco partidos de Paraguay, un maratón de concentración. El mediocentro de Vancouver Whitecaps fue clave para que su selección llevara a Alemania a los penaltis y dejara a Francia en solo un gol. En ese duelo de cuartos, ganó siete de 12 duelos, sumó siete entradas, tres interceptaciones y hasta tuvo tiempo para un encontronazo con Kylian Mbappé. Paraguay no levantó la voz con el balón, pero con Cubas sí lo hizo sin él.
Nueva Zelanda y la irrupción de Finn Surman
En un Mundial de nombres consagrados, Finn Surman se coló sin pedir permiso. El central de Portland Timbers, de 22 años, firmó dos primeros partidos sobresalientes con Nueva Zelanda. Últimos recursos, cruces a tiempo, despejes providenciales. Siempre en el lugar exacto cuando la jugada pedía sangre fría.
También dejó su huella en el área rival: marcó el único gol de los All Whites en la derrota por 3-1 ante Egipto. En un equipo que sufrió atrás, Surman salió reforzado.
Estados Unidos: destellos, errores y un golpe belga
El torneo de Estados Unidos fue una montaña rusa, y varios nombres quedaron marcados por momentos muy concretos.
Sebastian Berhalter se convirtió en uno de los cambios de confianza de Mauricio Pochettino. Jugó en todos los partidos. En su única titularidad, lo ubicaron como mediocentro puro, el famoso “6”. La estructura se resintió. No por un desastre individual, sino por la escasez de especialistas defensivos en la plantilla. Aun así, el jugador de Vancouver Whitecaps, con un posible destino en Middlesbrough, firmó un gol y una asistencia que maquillan un rol incómodo.
En la portería, Matt Freese dejó una sensación agridulce. Tres buenos partidos, nueve paradas en cuatro encuentros, salida de balón limpia… y una acción fatal que terminó definiendo su Mundial. Un error, un gol, una etiqueta difícil de borrar.
Más duro fue el caso de Tim Ream. Durante un rato pareció el mismo central solvente de Qatar. La ilusión se rompió en el 4-1 ante Bélgica. En el primer gol, Charles De Ketelaere le ganó la espalda y remató sin oposición. En el segundo, apenas dos minutos después del empate estadounidense, el belga volvió a imponerse por alto en el segundo palo. Dos golpes seguidos para un defensa de 38 años que terminó siendo el rostro de la derrota.
Matt Turner tampoco escapó al escrutinio. Recuperó la titularidad ante Turquía con New England Revolution a sus espaldas. Encajó tres goles y no realizó ninguna parada. Un partido, una estadística demoledora.
Miles Robinson casi no existió en el torneo: solo disputó minutos en un último partido de grupo sin nada en juego. Max Arfsten entró en el minuto 90 del 4-1 ante Bélgica y ni tocó el balón antes del pitido final. Detalles que dibujan el escaso margen que Pochettino concedió a sus suplentes.
Cape Verde, Australia y la fuerza silenciosa
Cape Verde rozó la épica ante España, Uruguay y Argentina. Muchos focos se fueron al otro lateral, Sidny Lopes Cabral, pero Steven Moreira sostuvo el otro costado con una regularidad notable. El jugador de Columbus Crew fue pieza central de una línea defensiva que compitió por encima de lo esperado.
Australia, por su parte, encontró en Aiden O’Neill el tipo de centrocampista que los entrenadores adoran. Lo mismo que ofrece en New York City FC: discreción, precisión, control. Ordenó la posesión, dio continuidad y ganó el premio a Superior Player of the Match contra Paraguay. Repitió actuación sólida frente a Egipto. Sin ruido, pero con peso.
A su lado, el futuro se asomó con Lucas Herrington. Con solo 18 años, el central de Colorado Rapids se ganó la titularidad en los dos últimos partidos de Australia. No fue un Mundial de focos para él, pero sí de confianza interna.
Kai Trewin también dejó su sello: sustituyó al lesionado Jordan Bos al descanso del duelo de eliminación frente a Egipto y ayudó a llevar el partido hasta los penaltis. Trabajo sucio, responsabilidad asumida.
Canadá, entre la creación y la frustración
Más allá del gol histórico de Eustáquio, Canadá vivió un torneo de matices.
Richie Laryea aportó 0,26 xA por 90 minutos y fue una vía constante de progresión por la izquierda. Pero sufre el reverso del lateral moderno: la defensa. Ante Bosnia y Herzegovina perdió la marca en el gol que abrió el partido desde un córner cerrado. Contra Suiza, se vio fuera de posición demasiadas veces o sin la energía para volver. Habitual en el once canadiense, esta vez le faltó chispa.
Maxime Crépeau, guardameta de Orlando City, cerró el Mundial con seis goles encajados y solo seis paradas en cinco partidos. Números que hablan de una selección expuesta, pero también de un portero que no logró inclinar la balanza.
Jacob Shaffelburg, de LAFC, entró como revulsivo en los cinco encuentros, sin lograr alterar el guion. Jayden Nelson apenas dispuso de minutos: entró en el 87 en la derrota 3-0 ante Marruecos en octavos. Mathieu Choinière tuvo un único partido, titular en el 2-1 contra Suiza. Jonathan Osorio, capitán de Toronto, apareció dos veces más allá del minuto 87, sin impacto real. Un grupo de secundarios que no encontró espacio para cambiar partidos.
James Rodríguez, el epílogo más duro
Doce años después de su explosión en Brasil, James Rodríguez llegó a Estados Unidos con otra cara. La cesión a Minnesota United lo había devuelto al escaparate, pero no a la versión que deslumbró. Apenas dos años atrás, en Copa América, firmó un torneo memorable: un gol, seis asistencias en seis partidos, subcampeón con Colombia tras caer ante Argentina.
Esta vez, la magia apareció a ráfagas. Detalles, controles, pases que recordaban al jugador que fue. Sin gol, sin asistencia, sin final feliz. Colombia cayó en octavos ante Suiza. El Mundial de James, como su trayectoria reciente de club, se apagó lentamente, sin gran escena final. Solo un telón que cae despacio.
Uruguay, Sanabria y la jaula a Lamine Yamal
Uruguay encontró en Juan Manuel Sanabria un lateral dispuesto a sufrir. Titular en dos de los tres partidos de grupo, le tocó la tarea más ingrata: frenar a Lamine Yamal en el duelo ante España. Lo logró en gran medida. El joven español apenas generó 0,03 xG y 0,10 xA, y solo completó cinco de 12 regates. No hay medallas por anular estrellas emergentes, pero sí respeto.
Asia y Concacaf: silencios, decepciones y batallas perdidas
No todos los grandes nombres brillan. Son Heung-min vivió un Mundial frustrante con Corea del Sur. Dos titularidades, ningún gol, y banquillo en el último partido de grupo, el decisivo. Con 34 años y camiseta de LAFC, el torneo dejó más preguntas que respuestas sobre su futuro internacional.
En Croacia, Petar Musa apenas tuvo tiempo de justificar su presencia: dos titularidades, 110 minutos, un solo disparo… y gol. Frialdad máxima, pero participación mínima. Marco Pasalic, extremo de Orlando City, aprovechó su titularidad en el tercer partido de grupo para mostrarse activo, aunque falló su gran ocasión para marcar.
En Haití, Danley Jean Jacques compartió el doble pivote con Jean-Ricner Bellegarde en un contexto límite. La selección peor clasificada del torneo jugó siempre cuesta arriba. Louicius Deedson, de FC Dallas, sumó 112 minutos en los tres partidos de grupo, 13 pases completados y poco margen para lucirse. Derrick Etienne Jr solo tuvo nueve minutos contra Brasil, con cuatro pases completados. Demasiado poco tiempo, demasiada diferencia.
Panamá también vivió un Mundial discreto. Carlos Harvey, mediocampista de Minnesota, fue titular en los tres partidos de grupo y solo se asomó al área rival en un par de remates de cabeza a balón parado. Aníbal Godoy, de San Diego, jugó un minuto más añadido ante Ghana, con ocho pases completados de ocho. No pudo evitar el gol rival en el último suspiro.
Ahmed Qasem, delantero de Nashville, participó en todos los partidos de Irak y completó los 90 minutos ante Francia. En el último duelo de grupo volvió a ser titular, pero salió pronto tras la expulsión de Rebin Sulaka a los 13 minutos y el consiguiente ajuste táctico. Otro Mundial de resistencia.
Miguel Almirón no encontró su mejor versión con Paraguay. Cuatro partidos, cuatro disparos, apenas 0,11 xG. Casi nada de amenaza real. Su Mundial quedará marcado por otra imagen: la tarjeta roja ante Turquía tras cubrirse la boca en una “altercación” entre jugadores. Fue la primera aplicación de la nueva norma de la International Football Association Board que prohíbe taparse la boca en determinadas situaciones. Historia, sí, pero del tipo que ningún futbolista quiere protagonizar.
No todos los que viajan a un Mundial lo juegan de verdad. Michael Boxall, veterano central de Minnesota con Nueva Zelanda, apareció un punto tarde en casi todos los goles encajados por los All Whites. Un torneo que subrayó más el paso del tiempo que su experiencia.
Braian Ojeda, de Orlando City, solo tuvo 21 minutos ante Alemania en octavos, nueve toques y poco más. Louicius Deedson, ya mencionado, y otros como Jayden Nelson o Max Arfsten encarnan esa categoría de jugadores que estuvieron… pero casi no existieron en el césped.
En un Mundial que eleva carreras y entierra mitos, queda una pregunta que flota sobre todos ellos: ¿quién aprovechará este torneo como trampolín y quién lo recordará como la última vez que estuvo tan cerca del foco?






