Malasia y el desenlace trágico en la FIFA ASEAN Cup
El grupo A de la FIFA ASEAN Cup vivió un desenlace de película el 1 de octubre. Y para Malasia, fue una película de terror.
De la euforia al silencio en Bandung
En el Si Jalak Harupat Stadium de Bandung, los jugadores malayos ya sonreían, abrazaban a sus compañeros y saludaban a la grada. El 6-0 sobre Singapur parecía una sentencia: boleto al final, misión cumplida, fiesta en marcha.
Sobre el césped, el brasileño nacionalizado Bergson era la imagen del éxito. Cuatro goles en el torneo, hat-trick esa tarde, líder de un equipo que había pasado la fase de grupos sin encajar un solo tanto. Siete puntos, diferencia de +9. Cuentas claras.
Hasta que llegó el ruido desde Yakarta.
En el otro partido del grupo, disputado al mismo tiempo, Indonesia trituraba a Bangladesh. El marcador ya era abultado, pero lo que ocurrió en el descuento cambió por completo la clasificación: dos goles en los minutos 96 y 97 sellaron un 9-2 histórico. Misma cantidad de puntos que Malasia, misma diferencia de goles, pero un detalle cruel: Indonesia sumaba 11 tantos a favor por los 9 de Malasia. Suficiente para arrebatarle la cima del grupo.
La celebración en Bandung se congeló. Los rostros se cerraron. Algunos jugadores miraban incrédulos al videomarcador, otros al banquillo. La sensación era de incredulidad absoluta.
El estallido de Bergson y la polémica del descuento
En medio del desconcierto, Bergson volcó su frustración en su cuenta personal de Instagram. No atacó a sus compañeros, sino al contexto.
“Todo es ridículo. Todo ha favorecido a Indonesia durante todo el torneo. Jugaron los tres partidos en Yakarta por la noche, mientras que los equipos visitantes tuvieron que viajar a Bandung y jugar por la tarde”, escribió el delantero.
Su enfado se centró en el tiempo añadido del duelo entre Indonesia y Bangladesh: “En la última jornada, inicialmente solo había dos minutos de descuento, luego de repente se convirtió en siete. Marcaron dos goles en los dos últimos minutos del tiempo añadido. ¿Qué es exactamente tan extraño e ilógico en todo esto?”.
El mensaje no duró mucho. Fue eliminado esa misma noche. Con la cabeza algo más fría, el atacante cambió el tono y publicó otro mensaje, esta vez hacia adentro del vestuario: “Estoy orgulloso de todos”.
La herida, sin embargo, ya estaba abierta. La Federación de Fútbol de Malasia reaccionó de forma institucional y envió una carta abierta a la FIFA pidiendo explicaciones sobre el cambio en la cantidad de tiempo añadido.
Desde el banquillo indonesio, el seleccionador John Herdman ofreció su versión. Habló de un error de comunicación entre el árbitro Nasrullo Kabirov y el cuarto árbitro Yusuke Ohashi. Argumentó que dos minutos de descuento eran claramente insuficientes tras una segunda parte llena de interrupciones: cuatro revisiones de VAR y varias intervenciones para frenar conatos de enfrentamiento entre jugadores.
Dolor malayo y un partido aún por jugar
Tan Cheng Hoe, seleccionador de Malasia, evitó entrar en el barro de la polémica arbitral. No señaló a nadie. Se limitó a admitir que el golpe era durísimo, precisamente porque sus jugadores lo habían dejado todo.
El vestuario, no obstante, seguía en shock. Paulo Josue, otro brasileño nacionalizado y referente ofensivo, no escondió su sorpresa ante lo sucedido al otro lado del país.
“Es muy difícil de creer. Una selección encaja nueve goles en un torneo como este”, dijo el delantero de 37 años. “Tenemos que mantener la cabeza alta, afrontarlo y tratar de terminar el torneo lo mejor posible”.
Ese “lo mejor posible” ya tiene fecha y rival: el 5 de octubre, Malasia disputará el partido por el tercer puesto ante Vietnam. No es el escenario que imaginaban cuando arrollaban a Singapur, pero es la única vía que les queda para salir del torneo con algo más que rabia.
Antes del 6-0 a Singapur, Malasia había vencido 3-0 a Bangladesh y empatado 0-0 con Indonesia. Siete puntos, cero goles encajados, sensación de superioridad en el juego. Estadísticas que, en casi cualquier otro grupo, habrían bastado para liderar con autoridad.
Orgullo, enfado y una hinchada herida
En medio del ruido, una de las voces más escuchadas fue la de Arif Aiman, estrella malaya y símbolo de esta generación. El centrocampista de 24 años pidió calma a la afición, consciente del golpe emocional que suponía quedar fuera del final en esas circunstancias.
Pidió que no se señalara a los jugadores, que se valorara el esfuerzo y el rendimiento a lo largo de la fase de grupos, impecable en términos defensivos. “Fuimos mejores que los equipos que están aquí, y quizá seamos incluso más fuertes en el futuro”, afirmó.
El mensaje fue claro: el vestuario no quiere que esta noche amarga defina a la selección. El torneo aún no ha terminado. Queda un último partido, una última oportunidad para transformar la indignación en carácter competitivo.
Porque la clasificación ya no cambiará. Lo que sí está en juego ahora es otra cosa: qué versión de Malasia se verá cuando el eco de la polémica se apague y el balón vuelva a rodar ante Vietnam.






