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Manchester City enfrenta acusaciones serias y jugadores inquietos

En Manchester City ya no bastan los eslóganes. Ni las frases hechas. Ni el viejo discurso de la “inocencia” repetido hasta el cansancio mientras las 115 acusaciones de la Premier League se ciernen sobre el club como una amenaza existencial.

Hay demasiada gente con demasiadas preguntas. Y los aficionados, más que nadie fuera del Etihad, sienten que merecen respuestas claras sobre el entramado de trampas que ahora amenaza con devolver al club a un fútbol mucho menos glamuroso, lejos del brillo del San Siro o del Bernabéu, hacia escenarios que recuerdan más a York o Macclesfield que a las grandes noches europeas.

Si el castigo llega a ese extremo, muchos seguidores estarán ahí igual, en gradas menos lujosas, sosteniendo los mismos colores. Eso no está en duda.

Los que sí pueden dudar, y con razón, son los futbolistas.

Jugadores en medio del huracán

Repartidos ahora por el mundo en compromisos internacionales, los jugadores de City deben de preguntarse qué firmaron exactamente. Qué les contaron. Qué les ocultaron.

Cuando todos regresen a Manchester la próxima semana, el club tendrá que tener algo más que consignas preparadas. Necesitará explicaciones. Mejores que las que, cabe suponer, se ofrecieron a los nuevos fichajes y a quienes renovaron contrato en los últimos meses.

Las preguntas no pueden ser nuevas. Es imposible imaginar que ninguno de los más de 30 jugadores que han llegado al club desde febrero de 2023, o los que han ampliado su vínculo, no se haya sentado un día frente al directivo de turno y haya lanzado, aunque fuera con media sonrisa: “Y sobre esos 115 cargos, chavales…”.

La respuesta, casi seguro, fue la misma que el club ha vendido al resto del mundo:

“El club es inocente de las acusaciones formuladas por la Premier League y existe un conjunto exhaustivo de pruebas irrefutables que respaldan todas sus posiciones”.

Esa ha sido la línea oficial. El mantra. La coraza.

Pero el tiempo y los hechos han ido desmontando esa seguridad impostada.

Fichajes con la sentencia ya sobre la mesa

La gran incógnita ahora es qué sabían en el club cuando siguieron fichando y renovando como si nada.

Según se ha informado, City fue notificado del veredicto de la comisión independiente “en julio”. Es decir, el club ya conocía que había sido declarado culpable, y que sus supuestas pruebas “irrefutables” no habían convencido a nadie.

Aun así, el 2 de julio se cerró un acuerdo para fichar a Elliot Anderson, oficializado tras su regreso del Mundial. El anuncio llegó el 23 de julio, en una semana frenética para la secretaría del club: entre el 22 y el 28 de ese mes también se comunicaron las renovaciones de Phil Foden, Abdukodir Khusanov y Josko Gvardiol.

Cuatro firmas. Cuatro compromisos a largo plazo. Cuatro jugadores que hoy, con el panorama sobre la mesa, tienen todo el derecho a preguntarse qué sabía exactamente City cuando les puso el contrato delante.

Y la cosa no se detuvo ahí. El club siguió moviéndose en el mercado ya con la tormenta desatada. Ayyoub Bouaddi, Enzo Fernández, Iliman Ndiaye, Allan y Gerónimo Rulli llegaron entre agosto y septiembre, mientras Jeremy Doku ampliaba también su vínculo.

En ese tramo, City ya vivía bajo la sombra del fallo. El club conocía el calibre del golpe. Aun así, siguió actuando como si nada se hubiera roto.

Si esos jugadores —al menos seis, quizá hasta diez, según el momento exacto en que se comunicó el veredicto— firmaron sin tener acceso al cuadro completo, sin recibir la información que cabe esperar en una negociación de ese nivel, entonces la lista de explicaciones pendientes se alarga peligrosamente.

Si, por el contrario, el club fue transparente y los jugadores y sus agentes decidieron creer a ciegas en la versión de “somos inocentes”, el problema cambia de lugar, pero no se reduce. Porque esa inocencia, como tantas otras facetas del comportamiento altivo de City, parece construida sobre una mezcla de fanfarronería y puro humo.

Del tono desafiante al ridículo

Durante todo este proceso, el club ha proyectado una imagen de seguridad absoluta. Un aire de superioridad. Una confianza que buscaba sembrar dudas en cualquiera que no hubiera visto las pruebas presentadas a la comisión. Y también, es evidente, imponer respeto. O miedo.

El mensaje era claro: tenemos un “cuerpo exhaustivo de pruebas irrefutables”. Nadie aquí ha hecho nada malo. Nada que se pueda demostrar. Nada que resista un buen abogado.

La realidad ha sido otra. La comisión no solo rechazó la defensa del club: la destrozó. La “irrefutabilidad” se ha demostrado perfectamente refutable. Y la apelación, hasta donde se sabe, no se apoya en nuevas pruebas demoledoras, sino en repetir a gritos un argumento que ya ha sido derrotado.

Ese contraste deja al descubierto lo mal que City ha gestionado todo el caso. Algunos dentro del club parecían convencidos de estar por encima de cualquier reproche. De ser intocables. En el caso de Khaldoon Al Mubarak, esa sensación se refuerza por una realidad incómoda: la inmunidad diplomática y el poder político y económico de Emiratos Árabes Unidos.

Nada de eso, sin embargo, servirá para calmar a un vestuario que, especialmente en el caso de los recién llegados, empieza a preguntarse qué significa todo esto para sus carreras.

El vestuario, atrapado en medio

Mientras Ferran Soriano pide mantener la calma y el “business as usual” sin pestañear, los ejecutivos pueden esconderse en despachos y salas de juntas. Quienes no tienen escapatoria son Enzo Maresca y sus futbolistas, convertidos en el rostro visible de un club señalado como tramposo.

El fútbol tiene memoria corta, pero el instinto de supervivencia es inmediato. Tarde o temprano, el interés individual se impondrá en ese vestuario, si no lo ha hecho ya. Se puede intentar construir un discurso de “todos contra el mundo”, pero los jugadores son, en gran medida, víctimas de las maniobras de su propio club.

Si los futbolistas —y especialmente los fichajes del último verano— se han enterado del alcance del engaño al mismo tiempo que el resto del planeta, es lógico pensar que algunas estrellas empiecen a buscar distancia. A proteger su imagen. A limpiarse el barro antes de que se seque.

Porque la mancha es profunda. Y no se borra con un comunicado.

Una Premier manchada por un gigante en el banquillo de los acusados

Mientras la competición sigue como si nada, la Premier League se juega cada jornada con un enorme elefante tramposo en mitad de la habitación. Un elefante que no solo ocupa espacio, también lo ensucia todo. Lo deja marcado.

El daño no se limita al palmarés de un club. Toca la credibilidad de la liga, el valor de sus títulos, la confianza del aficionado que mira la tabla y se pregunta cuánto de lo que ve es realmente fruto del mérito deportivo.

En este escenario, los jugadores de City y sus hinchas quedan extrañamente alineados. Ambos dependen de que haya justicia. De que haya consecuencias. De que alguien, por una vez, ponga límites claros.

Para ellos, tanto como para el resto del fútbol inglés, la pregunta ya no es si habrá castigo. Es cuándo llegará. Y si será lo bastante contundente como para que el próximo contrato, la próxima celebración, el próximo título, no huela a algo que nadie quiere tener en las manos.