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Manchester City: la verdad incómoda de su era dorada

Manchester City lleva tantos años defendiendo la misma versión que ya no sabe cómo dar marcha atrás. Ese es, en esencia, el veredicto moral que llega desde buena parte del resto del fútbol inglés: el club ha “cuadruplicado la apuesta por la misma mentira” hasta quedar atrapado en su propio relato. Y, mientras el caso avanza, los rivales que se sienten robados insisten en que tienen razón.

La batalla ya no es solo jurídica. Es emocional, histórica y casi filosófica sobre qué significa ganar en el fútbol moderno.

Veinte años de gloria… ¿y un asterisco eterno?

Hay una idea que se repite entre aficionados rivales: aunque a Manchester City le caiga el mayor castigo imaginable —venta forzosa, expulsión del sistema, renacer como un hipotético AFC Manchester City en categorías semiprofesionales—, muchos hinchas ‘sky blue’ seguirían viendo estas dos últimas décadas como los mejores años de su vida futbolera.

Lo aceptarían todo: que se anulen títulos, que se llenen de asteriscos las vitrinas, que el club sufra un “reset” brutal para pagar los pecados de los dueños y de una directiva cómplice. Aun así, para ellos habría merecido la pena.

Porque las emociones no se borran con una resolución. Vivieron el pico absoluto del ‘Pep-ball’ hasta el punto de banalizar finales de FA Cup. Llegaron a decir “es solo una final de FA Cup” para justificar no agotar entradas. Ese es el nivel de costumbre al éxito que alcanzaron.

Y, al mismo tiempo, todo el mundo intuía que había algo turbio. El dato que muchos señalan como síntoma: City fue prácticamente el único club del planeta que aumentó sus ingresos comerciales en plena pandemia. Ni siquiera se esforzaron demasiado en disimular.

Pero para una afición que venía de décadas grises, ¿quién no cambiaría una vida de ascensos y descensos por diez o quince años de brillo constante, aunque ahora se hable de trampas? El fútbol, al final, es memoria. Y esas noches, esos goles, ya no se los quita nadie.

Klopp, el espejo incómodo y la casa de cristal

En medio del ruido, las palabras de Jürgen Klopp sobre el caso han generado respeto incluso entre quienes no le soportan. Su postura mezcla madurez y prudencia: no se lanza a hacer leña sabiendo que el fútbol de élite vive en casas con más de un cristal.

No se equipara a nadie con el voluminoso expediente que persigue a City, pero sí deja claro que solo un ingenuo podría creer que el resto del fútbol está inmaculado. El ejemplo que asoma en los debates es el de los “dobles contratos” a lo largo de la historia, una práctica que muchos sospechan que no ha sido exclusiva de un solo club ni de una sola época.

Ese es el matiz: se puede condenar la magnitud del caso City sin caer en el puritanismo fingido.

El dinero que no cuadraba: alcance global y cifras imposibles

Los defensores del club han levantado una muralla de argumentos: desde el “¿cómo compite un club sin tradición de gigante si no es con inversión masiva?” hasta el “tenemos pruebas irrefutables” o el “castigarnos dañará la imagen de la Premier League”.

En paralelo, los críticos señalan que el relato económico nunca tuvo sentido. El club insistió ante UEFA y el TAS en que todo era patrocinio legítimo, sin injerencia estatal. Hoy, las acusaciones apuntan a que el gobierno de Abu Dhabi habría complementado esos acuerdos. No serían solo los patrocinadores. Tampoco, oficialmente, el club. Una zona gris que ya fue discutida y rechazada en el pasado y que ahora vuelve como boomerang.

Las cifras levantan cejas. Se pregunta cómo un club con un alcance global estimado en un 25% del de Manchester United en 2014 podía acercarse al 88% de sus ingresos comerciales. O cómo, con un 43% del alcance de Chelsea, generaba un 146% de sus ingresos comerciales, y eso en una época en la que el club de Stamford Bridge lo ganaba casi todo.

En cualquier otro mercado publicitario, nadie paga más por menos audiencia. El desequilibrio era demasiado evidente como para que pasara desapercibido.

¿Daño a la Premier League o prueba de su fortaleza?

Una parte del debate gira en torno a la reputación de la Premier League. Hay voces que alertan de un supuesto riesgo: expulsar o castigar severamente a City dañaría la marca del campeonato. La respuesta de muchos aficionados es diametralmente opuesta: lo que destroza la confianza es la sensación de impunidad.

Quienes pagan derechos televisivos y patrocinios globales, se dice, necesitan certezas. Una resolución rápida y firme genera más seguridad que años de sospechas y silencios. Y si el castigo es duro, la reacción de las hinchadas rivales sería de alivio, no de indignación.

Otro ángulo toca la narrativa victimista de City: la idea de que “hacer trampas” era la única forma de competir con los “grandes históricos”. Desde otros clubes bien gestionados —el correo habla de “las tres B” que han crecido con buena dirección deportiva— se ve como un insulto. La Premier ya es un ecosistema en el que incluso entidades de media tabla pueden superar económicamente a casi cualquier club del resto de Europa gracias al reparto de derechos.

Además, City no partió exactamente de cero: heredó un estadio construido con dinero público, valorado hoy muy por encima de su coste original de más de 110 millones de libras. No era un solar vacío.

El problema, para muchos, no es el deseo de crecer, sino el modo de hacerlo.

La complicidad emocional: “sabíais lo que pasaba”

En este clima, también se cuestiona el papel de la grada. Hay aficionados de otros equipos que reconocen la humanidad del hincha de City que hoy se siente traicionado por los dirigentes… pero le recuerdan que las señales estaban ahí desde el principio.

Se apunta a las cifras imposibles, al salto comercial súbito, a las banderas de apoyo a los abogados del club en el Etihad. Se insiste en que no se trató de un engaño perfecto, sino de una negación voluntaria. Cuando Sergio Agüero marcó aquel gol eterno o Rodri decidió una final de Champions, muchos ya sospechaban que el castillo se levantaba sobre arena.

Es una acusación dura: no solo se habría producido un fraude de despacho, sino una cierta complicidad tribal al mirar hacia otro lado mientras llegaban los títulos.

¿Qué castigo cabe para una era entera?

La lista de posibles sanciones es larga y, en algunos casos, drástica. Se habla de:

  • Descenso y expulsión del club del escalón de élite, con debate abierto sobre cuánto y durante cuánto tiempo.
  • Revocación de licencias a los propietarios y suspensión de su idoneidad en los test de “fit and proper”.
  • Multas gigantescas, con propuestas de destinar el dinero a fútbol base con total transparencia.
  • Prohibiciones de fichar durante varias ventanas, ante la sospecha de que el club ya se ha blindado previendo el golpe.
  • Vetos en competiciones europeas, en la medida en que también podrían haberse vulnerado normas de UEFA.

Hay quien va más allá y pide perseguir responsabilidades individuales: directivos, responsables financieros, quienes firmaron y ordenaron los movimientos que hoy se investigan. La lógica es clara: si se han vulnerado leyes del Reino Unido, no basta con un castigo deportivo. Nadie que se enfrente a una posible condena de cárcel querría cargar solo con la culpa.

La Premier, mientras tanto, se enfrenta a su propio dilema político. Al abrir la puerta a la propiedad estatal, aceptó también el riesgo de que el castigo deportivo choque con intereses económicos, inversiones en infraestructuras y equilibrios diplomáticos. Las presiones no serán pequeñas.

El juego en el césped, la única pureza que queda

Entre tanta arista legal y económica, algunos aficionados intentan aferrarse a una idea sencilla: en el campo siempre fue 11 contra 11. No hubo sobornos a árbitros ni compra de rivales. El equipo que ganaba los partidos lo hacía jugando mejor.

Para ellos, el fraude está fuera, en la estructura que permitió montar un plantel imposible de construir con recursos “normales”. Pero el balón, una vez rodaba, era honesto. Esa visión encaja con la reflexión de Wayne Rooney, que llegó a decir que su Manchester United no merecía la liga del famoso gol de Agüero, pero que al mismo tiempo reconocía la grandeza deportiva de aquel City.

Surge entonces la pregunta incómoda: ¿merecen Yaya Touré, David Silva, Kevin De Bruyne y compañía perder sus medallas? Muchos consideran que no. Son jugadores que habrían ganado en casi cualquier contexto, con talento suficiente para triunfar en cualquier otro gigante europeo. La mayoría, guiados por agentes y asesores, difícilmente habría tenido una comprensión profunda de las arquitecturas financieras que ahora se cuestionan.

Castigarles a ellos, dicen algunos, solo empuja al fútbol aún más hacia el terreno del negocio, diluyendo la única pureza que queda: la del partido en sí.

Un sistema desigual que nunca fue justo

Hay otra corriente de opinión que, sin exculpar a City, recuerda que el fútbol de élite jamás ha sido un ecosistema equitativo. Real Madrid puede atraer a casi cualquier jugador con solo pestañear. Clubes como Liverpool pueden fichar a figuras de Newcastle o Brighton sencillamente porque manejan más ingresos.

Las normas financieras —FFP, PSR y demás— nacieron, en teoría, para evitar que los clubes se autodestruyeran. El resultado, para muchos, ha sido consolidar aún más el poder de los que ya estaban arriba. Romper ese cerrojo es casi imposible sin un impulso externo gigantesco… o sin cruzar líneas rojas.

Ante esa realidad, hay hinchas que eligen refugiarse en una especie de pacto emocional: aceptan que todo lo que rodea al fútbol está viciado, pero se agarran al 11 contra 11 como último espacio de justicia relativa. En su memoria, ver a su equipo, Liverpool en este caso, ir “cuerpo a cuerpo” con un City extraordinario seguirá siendo uno de los grandes recuerdos de su vida, por encima de cualquier asterisco.

El reloj corre para la Premier… y para City

En medio de todo, hay una certeza: el tiempo de las investigaciones eternas se ha agotado. Crece la sensación de que la Premier necesita un sistema de auditorías mucho más frecuente, quizá trimestral, con sanciones inmediatas —pérdida de puntos, multas, vetos de fichajes— cuando se detecten incumplimientos. Lo que muchos consideran inaceptable es llegar a una situación en la que se juzga, de golpe, casi una década de competición.

Mientras se discute qué hacer con el pasado, otra pregunta se abre paso: ¿qué aspecto tienen realmente las cuentas de City desde 2018/19 hasta hoy? ¿Es un capítulo cerrado o el prólogo de otro escándalo?

El club, sus dueños y sus aficionados viven ahora en un punto de no retorno. Demasiados años defendiendo una versión que el resto del mundo futbolístico nunca terminó de creer. Demasiados títulos bajo sospecha. Demasiadas preguntas sin respuesta.

La próxima decisión no solo dirá qué será de Manchester City. Dirá, sobre todo, qué tipo de campeonato quiere ser la Premier League en la próxima década.