Mikel Merino: del autobús del Dortmund al Mundial con España
Mikel Merino habla de fútbol, pero su historia va mucho más allá de un balón. Empieza en un autobús, en una noche que pudo no haber tenido mañana.
Tenía 20 años y jugaba en el Borussia Dortmund cuando, en abril de 2017, el autobús del equipo fue sacudido por tres explosiones camino del partido de Liga de Campeones ante el Monaco. Bombas escondidas en un seto, cargadas con clavos y metralla, detonadas al paso del vehículo.
Merino solía sentarse siempre en el mismo sitio. Aquella vez no.
Las piernas le “tiraban un poco”, cuenta en una entrevista con The Players’ Tribune, y decidió cambiarse a uno de los asientos delanteros, que se reclinaban mejor. Un gesto mínimo. Casi un capricho de comodidad. Un trozo enorme de metralla terminó incrustado en el reposacabezas de su asiento habitual.
“Puede que me salvara la vida”, admite el ahora centrocampista del Arsenal, campeón de la Premier League y del mundo con España. “Creo que tengo un ángel en el hombro. En realidad, soy afortunado de estar vivo”.
El ruido fue ensordecedor. El autobús casi volcó. Merino recuerda sangre en el suelo, olor a humo, gritos. El caos después del impacto. El silencio pesado que suele llegar tras el pánico.
En medio de la confusión, un nombre: Marc Bartra. El defensa resultó herido, con una fractura en la muñeca que requirió operación. Merino fue al hospital y esperó allí a su compañero, lejos ya del estruendo pero atrapado en una noche que, como él mismo reconoce, “nos marcó a todos”.
El partido contra el Monaco se pospuso solo 24 horas. La decisión fue muy criticada por el entonces técnico del Dortmund, Thomas Tuchel, hoy seleccionador de Inglaterra. El fútbol siguió, casi como si nada. Para los jugadores, no.
En 2018, Sergei Wenergold, un ciudadano alemán de origen ruso, fue condenado a prisión tras admitir el ataque. El capítulo judicial se cerró. El emocional, no tanto.
De Dortmund al quirófano: la carrera contra el reloj
Años después, aquel recuerdo se convertiría en combustible. En febrero, Merino sufrió una fractura por estrés en el pie derecho. El diagnóstico del médico fue frío, quirúrgico: seis meses de baja.
Seis meses. El calendario hizo el resto del daño. El Mundial estaba a cuatro.
No lloró en la consulta. Hizo cuentas. Sumó fechas. Restó opciones. El golpe real llegó al contárselo a su mujer, Lola. Ahí sí se derrumbó. “Mi cerebro ya lo entendía, pero mi corazón necesitaba que lo dijera en voz alta”, confiesa.
Había jugado la fase de clasificación para el Mundial de 2022, pero se quedó fuera de la lista definitiva. Sabía perfectamente lo que significaba ver un torneo así desde el sofá. No estaba dispuesto a repetir la experiencia.
“Yo tengo que jugar. Estaré en el Mundial, cueste lo que cueste”, se dijo.
Cuando “se despejó un poco la niebla”, como describe ese momento en que el impacto inicial da paso a la reflexión, volvió a aquella noche en el autobús del Dortmund. A esa metralla clavada en un reposacabezas vacío. “Las cosas pasan por una razón”, se repitió. Si estaba vivo, era para algo. Y ese algo pasaba por volver.
El plan médico era conservador. El suyo, todo lo contrario. “Puse toda la carne en el asador, como decimos en España”. Le ofrecieron la posibilidad de reforzar el pie con dos tornillos. No dudó. “Vamos, ponedlos”, respondió.
El título con el Arsenal… y la verdadera final en Selhurst Park
Mientras apuraba la rehabilitación, el Arsenal completaba una temporada histórica, conquistando su primera Premier League en 22 años. Merino vivió el título como lo que era: parte de un grupo campeón. Celebró con sus compañeros. Sonrió en las fotos. Pero su mente estaba en otra fecha.
24 de mayo. Crystal Palace–Arsenal. El último partido de la temporada. Un día después, Luis de la Fuente daría la lista definitiva para el Mundial.
Había un problema evidente: cero minutos en cuatro meses. “¿Cómo llamas a un jugador así?”, se preguntaba él mismo. La respuesta, para Merino, pasaba por el césped.
La semana previa fue una pelea constante. Con Mikel Arteta. Con los fisioterapeutas. Con el plan establecido. La hoja de ruta del club era que reapareciera, como muy pronto, en la final de la Liga de Campeones contra el Paris Saint-Germain, el 30 de mayo. Y aun eso se consideraba arriesgado.
Para Merino, no bastaba. Tenía que ofrecer algo más que informes médicos y buenas sensaciones en los entrenamientos. Tenía que demostrarle a De la Fuente, a todo el mundo, que estaba listo para competir.
Insistió. Argumentó. Apuró cada conversación. Al final, el club cedió: media hora ante el Crystal Palace.
Aquellos 30 minutos no eran un simple tramo de partido. Eran una audición mundialista. “Ese día estaba jugando por el Mundial, al 100%”, reconoce. Cada carrera, cada giro, cada balón dividido era un mensaje: el pie aguanta, el jugador está de vuelta.
La llamada que llegó desde un viñedo
El resto ya dependía del seleccionador. Al día siguiente, Merino encendió la televisión española. Sofá, tensión y un único pensamiento: “Por favor, por favor, por favor”.
El anuncio no llegó con fanfarrias, sino con una imagen casi costumbrista. En la pantalla apareció una mujer en un viñedo. Luego, un nombre: Mikel Merino.
Ahí se detuvo el mundo.
Abrazo con Lola. Besos para su hijo Marco. El teléfono estallando a mensajes. Y una frase que llevaba años persiguiendo: “Me iba al Mundial”.
De la metralla en un reposacabezas vacío a levantar la Copa del Mundo con España en apenas cinco meses desde una lesión que debía apartarle medio año. Un trayecto improbable, sostenido por cabezonería, dolor y esa sensación íntima de que, quizá, aquel asiento cambiado en un autobús de Dortmund no fue solo azar.
Tal vez, para Mikel Merino, la vida siempre haya sido esto: elegir un sitio distinto, desafiar el pronóstico… y sentarse, al final, en la mesa de los campeones.






