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MLS: El legado del Mundial y su crecimiento en el fútbol estadounidense

Ese es el mensaje, directo y casi desafiante, que Major League Soccer ha decidido lanzar al planeta fútbol. Lionel Messi, Son Heung-min, David Beckham y decenas de jugadores de la liga estadounidense miran a cámara en una campaña pulida al milímetro y mandan la invitación: si el Mundial te enganchó, ahora ven a ver la MLS.

No es solo un eslogan. La liga ha puesto algo más que palabras sobre la mesa: entradas gratis para nuevos aficionados y una película promocional que exhibe a las estrellas mundialistas que ya juegan en la máxima categoría de Estados Unidos. El mensaje es claro: el torneo de selecciones encendió la chispa, la MLS quiere convertirla en fuego permanente.

Dan Courtemanche, vicepresidente ejecutivo de la competición y uno de los hombres que la vio nacer, lo resume sin rodeos: el Mundial ha expuesto a millones de personas a la MLS y la liga piensa exprimir ese impulso.

La pregunta flota en el ambiente: ¿puede el gran legado de este Mundial ser el salto definitivo de la MLS hacia el club de las ligas de élite?

De legado del 94 a una liga de 30 clubes

La propia existencia de la MLS es hija de un Mundial. En 1994, como condición para que Estados Unidos organizara la Copa del Mundo, la FIFA exigió la creación de una liga profesional estable. Dos años después, en 1996, arrancaba una competición con 10 equipos y ni un solo estadio específico para fútbol.

Tres décadas más tarde, el paisaje es otro. Son 30 clubes y casi el mismo número de recintos diseñados exclusivamente para el balón. Una infraestructura que, vista desde fuera, ya se parece bastante a la de los grandes campeonatos europeos.

El último Mundial ha terminado de sacudir al país. A pesar de las advertencias sobre butacas vacías por el precio de las entradas, los estadios se llenaron y las audiencias televisivas se dispararon. El fútbol se coló en casas y bares de costa a costa, incluso cuando la selección estadounidense ya había hecho las maletas.

La derrota de Estados Unidos ante Bélgica en octavos de final dejó un dato contundente: fue el partido de fútbol más visto en la historia de un solo canal en el país, con más de 33 millones de espectadores en Fox. El duelo de octavos entre Inglaterra y México elevó aún más el listón: 45 millones de personas siguieron el encuentro en inglés y en español, sumando Fox y Telemundo. Cifras que empiezan a codearse con los grandes eventos del deporte rey… de Estados Unidos.

La comparación inevitable es con la NFL. El Super Bowl sigue siendo el gigante inalcanzable: en 2025, la final más vista de la historia reunió a 127,7 millones de espectadores entre emisiones en inglés, en español y plataformas de ‘streaming’. Eso sí, con un matiz muy estadounidense: una parte importante de la audiencia entra por el espectáculo del descanso, que aquel año firmó Kendrick Lamar, más que por el propio juego.

La MLS mira esas cifras y no se encoge. Lleva 30 años creciendo y ahora se marca un objetivo sin complejos: instalarse en la mesa de las grandes ligas europeas.

Don Garber, comisionado de la MLS, lo dejó claro en un acto sobre el futuro de la competición y el legado del Mundial: comercialmente, la liga ya se ve a sí misma en la élite. “Hemos descifrado ese código”, viene a decir. El siguiente reto es que el nivel futbolístico acompañe.

De retiro dorado a trampolín juvenil

Durante años, el relato fue sencillo: la MLS como retiro dorado. Beckham, luego Messi, y un puñado de leyendas europeas aterrizando en Estados Unidos para sus últimos capítulos como profesionales. Buen sueldo, buena vida, menos presión.

Ese cliché ya no aguanta el peso de los datos. Courtemanche insiste en que la imagen está desfasada. La edad media de los nuevos futbolistas internacionales que llegan a la liga es de 23,8 años. Es decir, jugadores en plena etapa de formación y crecimiento, muchos de ellos con la mirada puesta en un futuro salto a Europa, pero dispuestos a usar la MLS como plataforma.

La liga también se prepara para encajar mejor en el calendario global. En 2027 cambiará su formato para adoptar un curso de verano a primavera, en línea con las grandes ligas europeas. Un ajuste que facilitará los movimientos de jugadores y reducirá el choque entre ventanas de fichajes.

El otro gran frente está más abajo, en la base.

Todas las franquicias gestionan academias juveniles. En Los Ángeles, mientras LA Galaxy organizaba una fiesta para seguir en pantalla gigante la victoria de Estados Unidos ante Bosnia-Herzegovina, la escena más reveladora no estaba en la pantalla, sino en el césped anexo: decenas de niños ignoraban el partido para jugar el suyo, repartidos en tres campos, corriendo hacia la gran pantalla solo cuando el rugido del público anunciaba un gol.

En un país de agendas infantiles milimetradas, aquellos partidos improvisados eran casi una rareza. El nivel técnico, alto. Varios de esos chicos ya pertenecen a equipos de cantera de la propia MLS.

Entre ellos, un nombre que habla por sí solo: Landon, de ocho años, bautizado en honor a Landon Donovan. Se mueve de la portería al ataque con una sonrisa que no se le borra. Su madre, Jen Wing, entrenadora, cuenta que sus hijos han pasado por campus de la MLS y juegan en equipos de viaje en Nueva Jersey. Landon lo tiene claro cuando le preguntan dónde quiere jugar de mayor: “LAFC”.

El muro del ‘pay-to-play’

No todo es euforia. Los críticos señalan un problema estructural que, según ellos, impide a la MLS competir de verdad con Europa: la cultura del ‘pay-to-play’ en el fútbol formativo.

En la cúspide, las academias de la MLS funcionan como las europeas: entrenan y desarrollan talento sin coste para las familias. El problema está en el camino hasta llegar ahí. Para que un adolescente llame la atención de una academia profesional, sus padres suelen haber invertido miles de dólares en entrenamientos privados y equipos de viaje, una constante en el deporte base estadounidense.

La liga responde que sus competiciones de desarrollo están en evolución continua y que cada club ofrece becas para los jugadores con talento que no pueden pagar. Garber insiste en que el sistema mejora año a año y que el objetivo es claro: producir futbolistas más completos, más preparados, que alimenten a la selección masculina y eleven el listón físico y técnico de la competición.

Messi, dueños famosos y un negocio que se dispara

En la batalla por la atención del público, un nombre eclipsa a todos: Messi. El argentino es el gran imán de la MLS, el rostro que aparece en anuncios, vallas y pantallas. Pero el tirón de las estrellas no se limita al césped.

Más de una veintena de figuras del entretenimiento y del deporte han invertido en clubes de la liga. Will Ferrell forma parte del grupo propietario de LAFC, Reese Witherspoon en Nashville SC, Matthew McConaughey en Austin FC, Magic Johnson también en LAFC. La MLS se vende como espectáculo deportivo, pero también como activo financiero.

Los números respaldan esa narrativa. Drew Carey entró en 2009 como uno de los dueños fundadores de Seattle Sounders, pagando una cuota de expansión de 30 millones de dólares. Hoy, la franquicia está valorada por encima de los 900 millones. David Beckham, cuando firmó por LA Galaxy en 2007, incluyó en su contrato la opción de comprar un club de expansión por 25 millones. Años después, es propietario de Inter Miami CF, tasado ya por expertos por encima de los mil millones de dólares.

La fiebre del fútbol en Estados Unidos tiene, por tanto, una lectura deportiva y otra económica. Ambas se retroalimentan.

Entre el ‘Friday Night Lights’ y la grada plegable

Hay, sin embargo, una batalla cultural que la MLS no puede ignorar. Muchos en el país siguen convencidos de que, por mucho que crezca, el fútbol siempre irá a rebufo del football.

Brian Udovich lo ve cada fin de semana. Su hijo Croil, de 12 años, juega en una liga MLS Next Level en el sur de California. Sabe que muchos talentos, al llegar a la adolescencia, cambian el balón redondo por el ovoide. El magnetismo del fútbol americano en los institutos es difícil de combatir: focos, bandas de música, animadoras, estadios llenos los viernes por la noche. Todo envuelto en una liturgia que Estados Unidos ha convertido en seña de identidad.

El fútbol, en comparación, parece un deporte de madrugadas tranquilas: partidos los sábados por la mañana, padres en sillas plegables al borde del campo, menos ruido, menos escaparate.

“Para otras culturas significa mucho más que para nosotros”, admite Udovich, consciente de que la pasión desbordada que se ve en otros países todavía no es norma en Estados Unidos.

Michael Bradley, hoy entrenador de New York Red Bulls, ofrece otra lectura. Reconoce que la cultura estadounidense es distinta y que el país no tiene una historia futbolística tan larga ni tan intensa como otras naciones. Durante años, eso alimentó un complejo de inferioridad, la sensación de que el fútbol nunca terminaría de arraigar.

Ese discurso ya no encaja con lo que ve. Bradley habla de un país en el que cada vez más aficionados se sienten orgullosos de su relación con el fútbol. El Mundial ha servido de espejo y de altavoz. La MLS quiere ser el escenario estable donde esa nueva afición se instale.

Y el técnico lo deja en una frase que suena a declaración de intenciones para la próxima década: en 2026, el fútbol en Estados Unidos no se va a ninguna parte. La cuestión, ahora, es hasta dónde se atreverá a llegar.