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Waterford vuelve a la final de la FAI Cup tras 22 años

Waterford rescató una noche para la historia en el último partido de copa que verá el viejo Dalymount Park tal y como se conoce. Dos zarpazos en siete minutos tras el descanso, un portero inspirado y una defensa dispuesta a dejarse el alma bastaron para tumbar a unos Bohemians desatados pero imprecisos.

Veintidós años después, los Blues vuelven a una final de la FAI Cup. Y lo hacen a su manera: sobreviviendo primero, castigando después.

Un asedio desde el primer minuto

El plan visitante era claro: resistir el arranque furioso de Bohemians, enfriar el ambiente, ganar tiempo. Sobre el papel, los típicos 15 o 20 minutos de contención. En la realidad, 45 de sufrimiento continuo.

Empujados por una grada encendida, los locales se lanzaron a degüello. Apenas iban cinco minutos cuando Connor Parsons, ex de Waterford, habilitó a Douglas James-Taylor, cuyo disparo curvado acabó mansamente en las manos de Stephen McMullan. Fue el primer aviso. No el último.

En medio del ruido, una figura manejaba los hilos con calma quirúrgica: Dawson Devoy. El centrocampista filtró un pase que rajó en dos la zaga de Waterford, pero Parsons dudó en el área, rodeado de camisetas azules, y perdió el momento para rematar. Poco después, Jordan Flores probó desde 35 metros y obligó a McMullan a una estirada tensa, de esas que marcan el tono de una noche.

A partir de ahí, el partido se jugó en la frontal del área visitante. Waterford reculó, se agrupó, achicó todo lo que volaba. Y cuando la muralla parecía ceder, siempre aparecía McMullan.

El guardameta sostuvo a los suyos con dos intervenciones decisivas cerca de la media hora. Primero, rechazando un disparo de Devoy desde la frontal tras una combinación precisa de Bohemians. Después, con una parada extraordinaria a bocajarro ante James-Taylor desde apenas seis metros, en el minuto 33.

Ni siquiera eso calmó a los locales. Patrick Hickey ganó un córner en el aire y su cabezazo, potente, fue sacado bajo palos por Luke Heeney. En la siguiente acción, un testarazo de Ross Tierney se le escapó a McMullan, pero el portero reaccionó a tiempo para atrapar el balón sobre la línea. Un toque de fortuna, sí, pero también el premio a una actuación impecable.

Waterford llegó al descanso vivo. Que no era poco.

El giro brutal tras el descanso

El guion parecía el mismo al volver de vestuarios. Bohemians salió de nuevo a por el cuello de su rival. Parsons, hiperactivo toda la noche, se fabricó la que parecía la jugada del 1-0: recorte hacia dentro, disparo con rosca buscando la escuadra lejana. El balón se marchó fuera por centímetros.

Ahí se rompió algo. En la grada. En el césped. En la cabeza de los delanteros locales.

La falta de pegada que ya había castigado a Bohemians en el inicio de la temporada reapareció en el peor momento. Y Waterford no perdonó.

En el minuto 51, Noah Mawene silenció Dalymount. Un balón suelto a unos 20 metros, media volea rasa, golpe seco, y el disparo que sorprende a Paul Walters, que pudo hacer más. La pelota besó la red y el fondo visitante explotó. De repente, el equipo que había pasado 45 minutos colgado del larguero se veía por delante en el marcador.

El golpe dejó aturdidos a los locales. Y Waterford olió sangre.

Cinco minutos después llegó el mazazo definitivo. Un balón largo, aparentemente inocente, cayó sobre Padraig Amond. El veterano delantero se impuso en el duelo a Hickey, aguantó el choque y cedió el balón a Tommy Lonergan. El héroe reciente de la selección sub-21 de Irlanda no dudó: control, latigazo y 0-2.

En menos de diez minutos, el partido había cambiado de dueño.

Heroica atrás, implacable en las áreas

Bohemians, herido pero no rendido, se volcó sin red. James-Taylor dispuso de un cabezazo franco dentro del área, pero lo mandó fuera. Cada centro al área encontraba piernas, cabezas o torsos de Waterford lanzándose al suelo. La Mono Stand, a espaldas de la defensa visitante, celebraba cada despeje como un gol.

Con espacios para correr, Waterford incluso pudo firmar una goleada impensable al descanso. Conan Noonan dispuso de una ocasión muy clara para el tercero y el recién ingresado Jorgen Voilas también acarició el tanto que habría convertido la noche en exhibición.

No hizo falta. El trabajo ya estaba hecho.

Liderados por la jerarquía de Kevin Long y John Mahon en el eje de la zaga, los Blues gestionaron el tramo final con una madurez impropia de un equipo que hace no tanto parecía condenado al First Division. No hubo angustia final, ni arreón desesperado que pusiera en duda el pase.

El pitido final no solo certificó el 0-2. Selló una racha que habla del momento que vive el equipo: una sola derrota en los últimos catorce partidos bajo el mando de Graham Coughlan. Una transformación silenciosa que ahora irrumpe de golpe en el escenario grande.

Un adiós amargo para Bohs, una puerta a Europa para Waterford

Bohemians soñaba con una noche de nostalgia en el último partido de copa de Dalymount Park en su versión actual. La atmósfera, el empuje, las ocasiones… todo apuntaba a un recuerdo dorado. Pero fueron los visitantes quienes viajaron en el tiempo, hasta 1980, año de su último título copero en este mismo escenario.

Esta vez, la historia se escribió en azul.

Con el billete a la final en el bolsillo, Waterford se coloca a un solo paso de algo que hace unos meses sonaba a delirio: levantar la FAI Cup y abrir una puerta a Europa. Para un club que se veía mirando hacia abajo, la pregunta ahora es otra: hasta dónde puede llegar este equipo que ha aprendido a sufrir… y a golpear cuando más duele.