Wayne Rooney habla sobre Carlos Tévez: el desastre en entrenamientos
Wayne Rooney no se muerde la lengua con Carlos Tévez. Ni ahora, ni entonces.
En el podcast Stick to United, sentado junto a Dimitar Berbatov, el máximo goleador histórico del Manchester United abrió la puerta del vestuario y mostró una cara muy distinta del argentino: el genio que encendía Old Trafford… y el jugador que, según él, era “el peor en los entrenamientos” que había visto en su vida.
El “desastre” de los entrenamientos… y la bestia del domingo
Tévez aterrizó en Manchester en 2007, después de salvar al West Ham del descenso. Llegó a un gigante europeo, se metió de lleno en el ecosistema de Sir Alex Ferguson y, casi sin transición, se convirtió en ídolo. Formó parte de un cuarteto ofensivo que asusta con solo nombrarlo: Rooney, Cristiano Ronaldo, Tévez y, más tarde, Berbatov.
En solo dos temporadas, el argentino levantó seis títulos con el United, entre ellos dos Premier League consecutivas y la Champions League de 2008. Una etapa brillante, manchada después por su traspaso directo al enemigo íntimo, el Manchester City, que fracturó para siempre su relación con parte de la grada.
Rooney, sin embargo, va a lo concreto. Habla del día a día. De lo que no se ve.
“Éramos perfiles de jugadores muy diferentes”, recuerda. “Si mirabas a Tévez en los entrenamientos, era un absoluto desastre. ¡El peor con el que he entrenado en mi vida! Pero como compañero o como entrenador lo aceptabas, porque luego salía al campo y ponía toda su energía allí, y eso era fantástico”.
La contradicción define a Tévez: poco rigor de lunes a viernes, un animal competitivo el fin de semana. El vestuario lo sabía. Y lo toleraba, porque cada carrera, cada presión, cada balón dividido justificaba la licencia.
Competencia feroz y conversaciones imposibles
Ese United vivía en permanente exigencia. Nadie tenía el puesto garantizado, ni siquiera las estrellas de portada. Rooney lo describe sin dramatismo, casi con naturalidad: “Había competencia entre todos para jugar”.
En esa pelea silenciosa entraban Berbatov, más introvertido; Tévez, con un inglés limitado; y un Rooney que, pese a todo, hacía también de puente humano dentro del ataque. La convivencia no siempre es sencilla cuando todos quieren estar en el once, pero el inglés rescata detalles que humanizan ese tridente.
Cuenta que solía recoger a Tévez en su casa para ir juntos, a veces incluso hasta el aeropuerto, cuando el equipo volaba para partidos de Champions League. Ahí, en el coche, surgía una extraña química.
“Tevez no podía hablar mucho inglés. Era interesante, lo recogía en su casa y a veces íbamos al aeropuerto porque quedaba cerca, pero de alguna manera conseguíamos tener una conversación. Era raro”, admite Rooney.
No hacía falta un idioma perfecto. Bastaban gestos, bromas, miradas de complicidad entre dos delanteros que sabían que, al mismo tiempo, luchaban por el mismo lugar en el once inicial.
Rooney reconoce que, de aquel grupo de atacantes, su vínculo más natural en el día a día fue con Cristiano, con quien compartía más bromas y códigos. Pero en el césped, insiste, la amistad pasa a segundo plano: “Cuando estás en el campo tienes que reconocer con quién juegas, cuáles son sus puntos fuertes y sus debilidades”. Una frase que resume la mentalidad de un equipo que vivía para ganar.
Ferguson, Berbatov y la ley de los grandes
La presencia de Berbatov en la charla no es casual. Su fichaje en 2008, justo después de que el United ganara Premier y Champions, es para Rooney el ejemplo perfecto de cómo piensa un club realmente grande: no se conforma nunca.
“En aquel momento con Sir Alex Ferguson, acabábamos de ganar la Premier, habíamos ganado la Champions y entonces fichamos a Berbatov para mejorar lo que ya teníamos y lo que habíamos logrado”, explica. No suena a queja, sino a hoja de ruta. “Así es como los equipos exitosos siguen siendo exitosos”.
Rooney mira al presente y traza un paralelismo con el Arsenal reciente: campeón de liga y, acto seguido, inversión en más calidad para subir otro escalón. No se trata de castigar al campeón, sino de proteger el hambre del grupo.
Para el vestuario del United, esa dinámica era casi una costumbre. “Para nosotros, como jugadores, sería raro que no lo hiciéramos. Pensaríamos: ‘¿A quién estamos fichando? ¿Por qué no fichamos a nadie?’. Porque eso es lo que te empuja”, detalla.
Giggs, Scholes, los grandes veteranos, son la prueba viviente de esa cultura. Vieron llegar generaciones enteras de futbolistas destinados, en teoría, a quitarles el sitio. Y siguieron ahí, temporada tras temporada. No por nostalgia, sino por carácter.
“Eso te da el impulso para decir: ‘Hemos fichado a Berbatov… ahora tenemos cuatro delanteros increíbles’, así que tenías que estar en tu mejor nivel”, remata Rooney.
En aquel United, el mensaje era claro: no bastaba con haber sido campeón. Había que volver a serlo. Y si para ello había que soportar a un “desastre” en los entrenamientos que luego se transformaba en héroe el domingo, el grupo lo aceptaba sin pestañear. Porque, al final, lo único que se medía estaba en el marcador. Y en los títulos que colgaban en Old Trafford.






