West Ham se hunde mientras el Tottenham respira: análisis de la temporada
El alivio en el norte de Londres es inmenso. En el este, en cambio, la sensación es de final anunciado. El Tottenham logró el resultado que todos esperaban ante el Everton y aseguró la permanencia. West Ham también ganó, pero su victoria no significó nada. El descenso no se decidió en 90 minutos; llevaba años gestándose.
Y en medio de todo, una pregunta sobrevuela la jornada: ¿qué estaba haciendo exactamente el Everton?
El declive de West Ham: un club que se fue vaciando por dentro
En West Ham nadie se engaña. La caída no empezó esta temporada, solo se aceleró. Desde la propiedad hasta la grada, pasando por el banquillo y el césped, el club ha ido acumulando errores.
David Sullivan se sitúa en el centro de muchas críticas. No por falta de gasto, sino por cómo se ha gastado. Fichajes sin plan, sin una idea de proyecto, sin una línea deportiva reconocible. La figura del propietario, más asociado a vender revistas que a construir estructuras deportivas modernas, se ha convertido en símbolo de un modelo agotado. Si el descenso acaba arrastrándolo fuera del club, muchos aficionados lo verán como un precio duro, pero aceptable.
En el banquillo, la temporada fue una montaña rusa. Con Graham Potter el equipo empezó la campaña encajando a balón parado con una facilidad alarmante y con decisiones de alineación que desconcertaban, como la insistencia en Max Kilman. La fragilidad era estructural.
Nuno llegó en septiembre. Durante tres meses, el equipo vagó sin rumbo, encadenando derrotas ante Wolves y Forest que hicieron que la salvación pareciera una quimera. Desde enero, el rendimiento fue de media tabla holgada, pero la reacción llegó tarde. Cuando estás a siete puntos de la salvación, el margen de error ya no existe.
En el césped, un nombre propio simboliza el desgaste: Lucas Paquetá. La mejora del rendimiento colectivo tras su marcha no se ve como casual. La investigación de la FA pudo afectarle, pero la afición no olvida la falta de trabajo, la sensación de desconexión. En un equipo que se desangra, la percepción de que una de sus estrellas no corre duele el doble.
El estadio tampoco ayuda. El London Stadium ofreció grandes noches puntuales, pero el cambio desde Upton Park no ha cumplido lo prometido en términos futbolísticos. El escenario es enorme, quizá 10.000 asientos de más, con huecos entre anillos que rompen el ruido y enfrían el ambiente. El negocio era evidente; la identidad, mucho menos.
Y mientras West Ham se dejaba ir, Leeds y Sunderland irrumpían en la élite con una frescura que desnudó a los que llevaban años flotando en la zona media. Dos recién ascendidos compitiendo con ambición, mientras equipos asentados se conformaban con vivir entre el 12º y el 17º. El contraste ha sido demoledor.
La grada tampoco se libra. El propio aficionado hammer reconoce que el ambiente se ha vuelto tóxico. Cuando el equipo juega bien, el apoyo es masivo. Cuando no, los silbidos llegan demasiado rápido. Los abucheos al descanso en el último partido, con el descenso ya prácticamente asumido, se leen como síntoma de un club fracturado por dentro.
En la lista de agravios entra también Aston Villa, señalado por su pobre actuación ante el Tottenham en un momento clave, y un viejo enemigo común: el VAR. No ha descendido a West Ham, pero alimenta la sensación de hartazgo. La mayoría de aficionados que van al estadio sienten que la herramienta ha roto algo esencial en el juego.
Ahora, toca resetear. Lincoln fuera, Millwall en casa, 44 partidos más en una Championship que no perdona distracciones. El descenso duele, pero también abre una puerta: reconstruir sin excusas.
Tottenham: del abismo a la supervivencia… por la mínima
En el otro lado de la ciudad, el Tottenham terminó la temporada con un suspiro más que con un grito. La visita del Everton en la última jornada se convirtió en un regalo del calendario, una oportunidad que el equipo no podía desaprovechar. Y no lo hizo.
La sensación no es de euforia, sino de alivio casi físico. El club ha flirteado con un desastre que pudo marcar una década. Un descenso habría sido un golpe del que nadie puede asegurar que se habrían recuperado. La permanencia, lograda por el margen más estrecho, basta. Tiene que bastar.
En el vestuario ya se habla de limpiar la plantilla, de sacar a los jugadores de mente frágil y nivel insuficiente, de recuperar lesionados clave y de construir sobre la base que Roberto De Zerbi ha empezado a levantar en medio del caos. El técnico italiano ha firmado una auténtica “Great Escape” en un contexto envenenado: lesiones devastadoras, un ambiente pesimista, decisiones arbitrales discutidas y una sensación general de fatalismo.
Hace apenas mes y medio, la derrota ante Sunderland y la lesión de Romero parecían la sentencia. Las carcajadas llegaban desde todas partes: rivales, tertulias, redes, antiguos jugadores. La narrativa estaba escrita: el Tottenham se iba. Los hinchas de “los otros 14” se relamían ante la posibilidad histórica.
Pero el equipo, a trompicones, se negó a cumplir el guion. Jugadores como Xavi Simons, Bergvall, Van de Ven, Porro o Tel dieron un paso adelante en el tramo final, Maddison apuntó a un regreso clave, y De Zerbi encontró justo lo necesario para sumar los puntos que faltaban. No fue brillante. Fue suficiente.
La campaña, eso sí, deja cicatrices. Dos puntos de los últimos doce en la lucha por la quinta plaza, una caída que ha frustrado cualquier aspiración europea seria. De ahí nacen las bromas: el patrocinador ideal sería una marca de pastillas para “mantenerse arriba”, jugando con la idea de un equipo que se ha salvado… por pura resistencia.
En la grada, el sentimiento es ambiguo. “Reset” es la palabra más repetida. De Zerbi ha logrado algo importante, pero el club necesita una sacudida profunda. Y, para muchos, hay un placer añadido: la permanencia duele a algunos analistas que daban al Tottenham por muerto. Chris Sutton, Alan Smith y otros críticos habituales tendrán que cambiar de discurso. Aunque, en el fondo, hasta ellos saben que la situación exige cambios grandes.
La pregunta que flota es inevitable: ¿es De Zerbi el nuevo Sam Allardyce, especialista en rescates imposibles, o el arquitecto de algo más grande?
Un récord que cae, un futuro en duda
El descenso de West Ham, unido al de Wolves, rompe una curiosidad histórica: desde la primera temporada de la Football League, siempre había habido al menos un equipo cuyo nombre empezara por W en la máxima categoría. Con Ipswich, Coventry y Hull subiendo, esa racha de más de 130 años se ha roto de golpe.
Mientras tanto, Sunderland firma una campaña de ensueño, clasificándose para Europa recién ascendido y terminando cinco puestos por encima del Newcastle de los petrodólares. Una ironía que no pasará desapercibida en Arabia Saudí.
En la otra punta del mapa, el fútbol inglés se mira al espejo. La temporada acaba con homenajes a Bernardo Silva y John Stones, pasillos de honor y discursos grandilocuentes sobre la era Guardiola en el City, siempre bajo la sombra del dinero del Golfo. No todos se lo tragan. Hay quien se refugia en la League of Ireland para escapar del ruido.
Y mientras se discute sobre si un jugador “clutch” no es más que un profesional fiable en los momentos clave, y se retuercen titulares sobre un hipotético futuro de Pep con la selección inglesa, la realidad más cruda está en Londres.
Un gigante herido como West Ham baja a segunda. Otro, el Tottenham, se asoma al precipicio y sobrevive. Uno se prepara para Lincoln y Millwall. El otro, para una reconstrucción que ya no admite excusas.
La próxima temporada dirá si esto fue solo una advertencia… o el principio de algo mucho más profundo.






