Argentina remonta y elimina a Inglaterra en el Mundial
Thomas Tuchel asumió el golpe de frente. No buscó excusas, no señaló a nadie en el vestuario. Inglaterra, a minutos de su primera final de un Mundial masculino fuera de casa, se echó atrás, se encogió, y Argentina le arrancó el sueño con una remontada furiosa en los últimos compases.
Durante buena parte de la noche, el relato fue otro. Anthony Gordon abrió el marcador al inicio de la segunda parte y el equipo inglés rozó con la yema de los dedos el billete a la final del domingo en Nueva York, ante España. El plan parecía controlado, el ritmo, contenido. Pero al campeón del mundo no se le puede invitar a atacar sin castigo. Y el castigo llegó.
Enzo Fernández, con un disparo brutal desde la frontal, igualó el partido y cambió el aire del estadio. El balón salió como un proyectil, imparable, y con él se fue la seguridad inglesa. Ya en el descuento, cuando el reloj arañaba el minuto 92 y el miedo dominaba a unos y envalentonaba a otros, apareció el suplente Lautaro Martínez para clavar el 2-1 y desatar la locura albiceleste. Argentina, otra vez, a una final. Inglaterra, otra vez, al suelo.
La imagen al pitido final lo explicó todo. Los jugadores ingleses desplomados sobre el césped, Harry Kane encabezando el lento peregrinaje hacia la grada para agradecer a los aficionados, Jude Bellingham limpiándose las lágrimas con la camiseta. Al otro lado, Lionel Messi, de rodillas, puños al aire, saboreando la confirmación de la segunda final consecutiva de su selección.
Tuchel, que tres minutos antes del gol de Fernández había decidido retirar a Declan Rice y Reece James para mutar a una línea de cinco atrás, no se escondió. Sabía dónde iban a apuntar los focos.
“Decidimos pasar a una defensa de cinco porque los espacios estaban demasiado abiertos”, explicó el seleccionador inglés. “Argentina jugó con más riesgo, con más ritmo y con la sensación de que quizá ya no tenían nada que perder, lo que les liberó y nos echó hacia atrás. Nosotros, de repente, jugábamos con la sensación de que teníamos mucho que perder. Por supuesto, la responsabilidad es del entrenador y, si no sale bien, es fácil decir que fue un error”.
El giro táctico coincidió con el giro emocional. Desde el 1-0 de Gordon hasta el tanto definitivo de Lautaro, Inglaterra apenas tuvo el balón: un 12% de posesión que retrata el repliegue total. Demasiado tiempo defendiéndose tan cerca de su propia área ante un equipo que huele la sangre como pocos.
Cuestionado por la enésima ventaja desperdiciada en un gran torneo, Tuchel rechazó reducirlo a una cuestión de ADN o maldición nacional. “No creo tanto en algo inglés ni en una maldición ni nada parecido. Se repite en distintos momentos. Son entrenadores diferentes, jugadores diferentes, situaciones diferentes”, dijo. Su diagnóstico fue más directo: “Lo que nos costó hoy fue que no fuimos lo bastante activos en ninguna estructura. Entiendo que esas discusiones estén ahí y que, por supuesto, haya un millón de entrenadores que después del partido lo vean más claro. Yo tengo que tomar una decisión en el campo. Es como analizo el partido y asumo la responsabilidad”.
No habló desde el arrepentimiento inmediato, sino desde la frustración de haber rozado el objetivo. “Por el momento, ningún remordimiento. El equipo lo dio todo y estuvimos muy, muy cerca. Merecimos ir 1-0 arriba. Jugamos uno de nuestros mejores partidos, quizá el mejor, dadas las circunstancias. El equipo estuvo top; no pudimos llevarlo hasta el final”.
Kane coincidió en el diagnóstico de la caída. La ventaja los encogió. “Destrozado, destrozado por los chicos, por todos: el equipo, el cuerpo técnico, los aficionados”, confesó a la BBC. “Jugamos bien durante la gran mayoría del partido. Una vez que nos pusimos 1-0 arriba, simplemente parecimos intentar aguantar, lo cual, a este nivel, no es suficiente. Después del gol, ya fuera porque ellos pusieron más hombres arriba o porque nosotros no supimos emparejarlos hombre a hombre, fue oleada tras oleada y solo intentábamos aguantar, meter bloqueos, pero al final no fue suficiente”.
Mientras Inglaterra se desangraba en su área, Argentina olió la oportunidad. No era la primera vez en este torneo. Ya había remontado un 0-2 ante Egipto en octavos, y Lautaro Martínez recordó ese carácter de equipo que no se rinde: “Inglaterra presionó fuerte durante unos 60 minutos. Después de encontrar el gol, se echaron atrás, y eso nos dio más calma para circular el balón y abrir el juego”.
Lionel Scaloni, visiblemente emocionado, subrayó esa resiliencia que se ha convertido en seña de identidad. “Este equipo juega mejor cuando se enfrenta a la adversidad”, afirmó el seleccionador argentino. “Teníamos una situación complicada, había sangre en el agua y fuimos a por ello. Tuvimos seis o siete ocasiones y el balón no quería entrar, pero el equipo peleó hasta el final. Después de que ellos marcaran, nos demostramos a nosotros mismos lo que somos: muestra lo que el fútbol significa para nosotros y va más allá de la táctica”.
El encuentro dejó también escenas de tensión tras el pitido final. Bellingham pareció golpear por detrás en la cabeza al suplente argentino Valentín Barco y tuvo que ser apartado por los porteros reservas Dean Henderson y James Trafford. No hubo sanción arbitral. En el otro bando, Lisandro Martínez celebró sobre el césped con una pancarta con el mensaje “Las Malvinas son Argentinas”, un recordatorio de una herida histórica que trasciende el fútbol.
En el marcador, sin embargo, solo quedó una verdad: Argentina sigue. Inglaterra se queda en la orilla. El plan de Tuchel funcionó durante una hora, pero cuando el partido pidió carácter con balón, su equipo eligió el refugio del área propia. Frente a un campeón que se crece en el caos, ese paso atrás fue, en realidad, el principio del final.






