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El brillo de la Premier y sus grietas profundas

Cuando Martin Odegaard alzó el trofeo de la Premier League en Selhurst Park, en el sur de Londres, el 24 de mayo, la imagen parecía perfecta. Capitán joven, estadio histórico, un título que se resistió durante 22 años. Arsenal campeón por decimocuarta vez. Postales así alimentan la idea de que el fútbol inglés vive su edad dorada.

La realidad es bastante más incómoda.

Arsenal se convirtió en el tercer club distinto en levantar la Premier en tres temporadas, tras Liverpool en 2024-25 y Manchester City en 2023-24. Un dato que sostiene el relato de la liga más competitiva del mundo. Y, en buena medida, lo es.

Mientras España sigue atrapada en el eterno pulso entre Barcelona y Real Madrid —20 títulos entre ambos en las últimas 22 temporadas—, la Bundesliga se ha convertido en el feudo de Bayern Munich, campeón en 13 de las últimas 14 campañas. En Francia, Paris Saint-Germain ha mandado en ocho de las últimas nueve ligas.

Solo la Serie A se le acerca a la Premier en variedad de campeones: Juventus, Inter Milan, AC Milan y Napoli se han repartido el título italiano en los últimos siete años. Un reparto más sano, más imprevisible.

Dominio deportivo… y económico

El poder inglés no se queda en casa. Se traslada a Europa. Solo la victoria de PSG por penaltis ante Arsenal en la final de la Champions del pasado sábado evitó un pleno inglés en competiciones continentales, después de los títulos de Aston Villa y Crystal Palace en Europa League y Europa Conference League.

Chelsea, además, es el vigente campeón del Mundial de Clubes de la FIFA. El músculo se nota.

Detrás de ese dominio hay dinero. Mucho dinero. La Premier vende sus derechos de televisión, nacionales e internacionales, por más que cualquier otra competición. En el último ranking de Deloitte de los 30 clubes con más ingresos del mundo, la mitad son ingleses. Entre ellos aparecen nombres que hace no tanto parecían ajenos a ese escalón: AFC Bournemouth, Brentford, Brighton & Hove Albion.

El escaparate deslumbra. Pero basta rascar un poco para que el brillo se convierta en deslumbramiento incómodo.

Fuga de talento inglés

Mientras los clubes ingleses engordan sus cuentas de ingresos, el talento local empieza a marcharse. No en masa, pero sí con un goteo que ya preocupa. El capitán de la selección, Harry Kane, es el caso más simbólico. No es el único.

Tras la venta del extremo Anthony Gordon de Newcastle United a Barcelona la semana pasada, seis jugadores de la selección inglesa que disputará el próximo Mundial militan ya en clubes extranjeros. No es una anécdota.

El periodista Martin Samuel, una de las firmas más respetadas del país, lo resumió con crudeza en The Times: antes el fútbol inglés se sentía orgulloso cuando Real Madrid o AC Milan se llevaban a una de sus estrellas. Era un sello de calidad. Ahora, con casi una cuarta parte del grupo fuera, el tono ha cambiado. Lo llamó lo que es: una fuga de talento. Y apuntó a la herida: el problema no sería tan grave si el flujo de calidad en sentido contrario fuese similar.

No lo es.

Riqueza sin beneficios

El otro gran síntoma de fragilidad está en los balances. La Premier presume de ingresos récord, pero solo cuatro clubes —Newcastle, Aston Villa, Bournemouth y Liverpool— fueron realmente rentables en la última temporada con datos disponibles.

El resto sobrevive. Algunos, apenas.

Fuera de la élite, el paisaje es más áspero. Varios clubes históricos han caído en administración en los últimos años, entre ellos Derby County y Sheffield Wednesday. Nombres que durante décadas formaron parte del paisaje básico del fútbol inglés hoy dependen de rescates, quitas y milagros contables.

Para cuadrar las cuentas y cumplir con las normas de “financial fair play”, muchos recurren a maniobras de ingeniería financiera: venta y posterior alquiler de estadios o ciudades deportivas, operaciones diseñadas para generar plusvalías inmediatas y ganar aire regulatorio. El objetivo es claro: aparentar estabilidad en un sistema que, sin ese maquillaje, mostraría mucho más su fragilidad.

El origen de esas normas es legítimo: evitar que un puñado de propietarios ultra ricos, incluidos fondos soberanos, dispare el mercado de fichajes y salarios hasta niveles insostenibles para el resto. La consecuencia, sin embargo, es un ecosistema donde demasiados clubes viven al límite del reglamento y del abismo financiero.

Y ni siquiera está claro que esos grandes inversores vayan a seguir llegando.

El miedo a caer

La temporada ha dejado avisos muy serios para los dueños y para quienes aspiran a serlo. Tottenham Hotspur, uno de los seis clubes que en 2021 coquetearon con la Superliga europea hasta que la hinchada tumbó el proyecto, coqueteó esta vez con algo mucho más terrenal: el descenso. Se salvó por poco.

West Ham United, octavo club con más temporadas en la Premier y vigésimo en la Money League de Deloitte, no tuvo tanta suerte. Bajó. Un golpe que pesa en el orgullo, pero también en las hojas de cálculo.

Ese riesgo espanta a más de un inversor, sobre todo a los estadounidenses, acostumbrados a ligas cerradas sin el precipicio del descenso. En ese contexto, la reflexión de Martin Samuel suena casi a advertencia: Liverpool, Manchester United, Crystal Palace, Chelsea y Newcastle están, de una u otra forma, en venta o abiertos a nuevos socios. Y cualquiera que estudie entrar mirará lo que le pasó a West Ham, el susto de Tottenham… y se estremecerá.

No serán los únicos. En las oficinas de la Premier, quienes celebraron el título de Arsenal como una prueba más de la fortaleza del producto también habrán mirado la tabla, los balances y las listas de bajas. Y habrán entendido que, bajo el trofeo que levantó Odegaard, el suelo empieza a temblar.

El brillo de la Premier y sus grietas profundas