La gestión de Bartomeu y el legado del Barça
Cuando Josep Maria Bartomeu dimitió como presidente del Barcelona en octubre de 2020, no se marchó: se derrumbó. Salió del palco señalado, con el club en una ruina deportiva e institucional que pocos imaginaban posible después del triplete de 2015.
Durante su mandato llegaron cuatro Ligas y aquella Champions que parecía blindar su poder. Pero el legado real era otro: un Barça al borde de la bancarrota, con una estructura salarial desbocada y una planificación deportiva convertida en ruleta rusa.
Bartomeu sigue defendiendo su gestión. Insiste en que la culpa fue solo de la pandemia. Lo repitió este mismo año en una entrevista con la agencia EFE: sin estadio abierto, sin taquillas, sin abonos, sin tienda, sin museo, sin escuelas, la caja se vació y no quedó otra que endeudarse. “Eso les pasó a la mayoría de clubes de Europa”, argumentó.
El problema es que casi ningún club llegó tan expuesto al golpe como el Barcelona. Y ahí ya no hubo virus que sirviera de coartada.
Fichajes millonarios, éxitos mínimos
Entre julio de 2015, cuando Bartomeu ganó las elecciones impulsado por el triplete, y su salida en 2020, el Barça fichó 29 jugadores por algo más de 1.000 millones de euros. Ninguno puede calificarse como éxito rotundo.
El caso fue aún más sangrante con operaciones como Ousmane Dembélé, Philippe Coutinho o Antoine Griezmann. Fichajes descomunales que no solo no sostuvieron al equipo, sino que aplastaron la masa salarial. La Liga recomendaba no superar el 70% de los ingresos anuales en sueldos. Bartomeu decidió ignorarlo.
“La LFP y la UEFA hacen recomendaciones, pero nadie marca un límite salarial. Estamos por encima de lo recomendado, pero lo importante es ser sostenibles. Podemos permitírnoslo”, defendía entonces. La realidad le desmintió con crudeza en cuanto llegó la Covid.
Cuando el coronavirus paralizó el fútbol, el Barça tenía una plantilla envejecida, con contratos gigantescos y sin apenas mercado. Joan Laporta heredó ese escenario en marzo de 2021. Y la primera consecuencia fue tan dolorosa como inevitable: la salida de Lionel Messi al acabar su contrato.
Laporta lo explicó este año en una entrevista con El País: hizo “lo que tenía que hacer”. Messi se acercaba al final de su carrera, el club necesitaba reconstruirse y, aunque el presidente habría querido hacerlo con el argentino como guía, no encontró la forma.
Pero quitarse el sueldo más alto de la historia del club no bastó. El agujero era mucho más profundo.
Las dos vías de Laporta
En ese contexto, Laporta se vio ante un cruce de caminos. Marc Menchén Alba, director ejecutivo de la consultora barcelonesa 2Playbook, lo resume con precisión.
Había una primera vía: apretar el cinturón, reducir drásticamente la masa salarial, vender jugadores y asumir dos o tres años de travesía por el desierto, con un equipo menos competitivo y un Camp Nou resignado a la paciencia.
La segunda, mucho más agresiva: maximizar ingresos de forma inmediata, vender activos de futuro y apostar por ganar otra vez cuanto antes, aunque eso implicara hipotecar parte del mañana.
Laporta eligió la segunda.
En el verano de 2022, el club activó la palanca más famosa: la venta del 25% de los derechos televisivos de Liga durante 25 años a la firma de inversión Sixth Street, a cambio de 582 millones de euros. No fue la única operación de ese tipo, pero sí la más determinante.
En la práctica, el Barça empeñaba una parte de sus ingresos futuros para tapar los agujeros del presente. Laporta lo defendió como un salto necesario para volver a competir ya y reconstruir la economía desde el éxito deportivo. Menchén lo recuerda como “un movimiento valiente”, aunque a su juicio había caminos más seguros.
El impacto inicial dio la razón al presidente. Con las palancas, el club pudo fichar a Robert Lewandowski desde el Bayern por 45 millones, y a Raphinha y Jules Koundé por otros 108 millones en conjunto. El resultado fue inmediato: Liga conquistada en 2022-23, la primera en cuatro años.
Pero la factura no tardó en llegar.
Veranos al límite y una afición harta
El propio Menchén lo señala: esa apuesta de alto riesgo dejó al Barça al borde del abismo cada verano. Cada ventana de fichajes se convertía en un examen de registro, un sudoku financiero. ¿Podría inscribir a los nuevos? ¿Cuántos salarios tendrían que salir?
El verano de 2024 llevó esa tensión al límite. Y la afición estalló, con el caso Dani Olmo como detonante emocional. La sensación de promesas incumplidas y giros de guion constantes encendió a los socios.
El colectivo Som un Clam emitió un comunicado durísimo. Calificó la situación de “inadmissible” y habló de un daño “irreparable” a la imagen del club, agravado por “mentiras continuas” y “promesas falsas” que nunca se cumplían. Denunció la “descapitalización” del patrimonio del Barça en solo cuatro años mediante las palancas, con la venta de activos estratégicos para tapar “una gestión caótica e improvisada”.
El texto iba más allá: acusaba a la directiva de carecer de un plan financiero sólido, exigía el fin de la improvisación y de las ventas “irresponsables” que hipotecan el modelo de propiedad colectiva, y reclamaba la dimisión de Laporta y de toda la junta. Llamaba, además, a la movilización del barcelonismo.
Mientras el Camp Nou se levantaba en obras eternas y el ambiente se volvía tóxico, Laporta resistió. Y, año y medio después de aquel pico de tensión, el panorama ha girado de forma notable.
La vuelta a la Masia y el negocio invisible
El Barça decidió pisar el freno. La temporada pasada solo realizó un fichaje importante: el portero Joan García, aprovechando una cláusula de rescisión de 25 millones en su contrato con el Espanyol. Una operación quirúrgica, sin derroches.
Al mismo tiempo, el club ingresó casi el doble de esa cantidad con ventas múltiples, la mayoría de futbolistas formados en La Masia. Eso significa beneficio limpio en los libros contables.
Menchén subraya el doble valor de la academia. Por un lado, figuras como Lamine Yamal o Pau Cubarsí demuestran que el Barça puede seguir nutriendo al primer equipo con talento propio, adaptado al modelo de juego, lo que reduce la necesidad de gastar en traspasos. Por otro, La Masia se ha convertido también en una fuente de ingresos relevante.
Durante años, muchos canteranos se marchaban libres porque no encontraban sitio en la primera plantilla. Ahora, el club está sabiendo vender a jóvenes de 18 o 19 años por cinco o diez millones, incluso aunque el gran público apenas los conozca. Una ayuda clave para cuadrar presupuestos.
El modelo no es exclusivo. El Real Madrid hace algo muy parecido con La Fábrica, lo que le ha permitido financiar fichajes de alto perfil como el de Yan Diomande y otros nombres importantes. Tanto Barça como Madrid invierten entre 20 y 30 millones anuales en sus academias, y este curso están recogiendo los frutos.
Ventas clave y un mercado aún por definir
Este verano, el Barça ha vuelto a gastar fuerte, lo que dispara el gasto neto en fichajes. Pero el club ha logrado movimientos que alivian la tensión. Convenció al Paris Saint-Germain para pagar 48,5 millones por Ferran Torres. La salida de Lewandowski a coste cero y la cesión de Ronald Araújo al Liverpool, que asume íntegramente su salario, también han rebajado de forma notable la masa salarial.
Queda, sin embargo, una pregunta abierta en la delantera: ¿podrá el club lanzarse a por Julián Álvarez para llenar el hueco que deja Lewandowski? Menchén se muestra escéptico a día de hoy, aunque no cierra la puerta. Una venta más de La Masia podría cambiar el escenario.
Lo explica con un ejemplo concreto: si el Barça traspasa a Marc Casadó por 30 millones, esa cantidad cubriría el coste de Álvarez para esta temporada, ya que el fichaje se amortiza y se reparte contablemente durante los años de contrato. Es la lógica del negocio: caja inmediata para soportar una inversión que se diluye en el tiempo.
A esto se suma lo que viene: la futura reapertura del nuevo Camp Nou, el previsible aumento de ingresos del museo con la recuperación del turismo en la ciudad y la normalización de la explotación del estadio. Menchén cree que, con ese cóctel, el Barça podrá operar con plena libertad financiera el próximo verano por primera vez desde antes de la pandemia.
¿El final del túnel… o solo una tregua?
¿Se han acabado, entonces, los problemas económicos del Barcelona? “Lo están por ahora”, responde Menchén. No lanza las campanas al vuelo. Señala un punto de preocupación: los 40 millones anuales que el club sigue pagando a Sixth Street por los derechos de Liga.
En un club que puede facturar mil millones al año parece una cifra asumible. Pero en la élite todo se decide por márgenes mínimos. Esos 40 millones pueden marcar la diferencia en una puja directa con el Real Madrid por un mismo jugador.
Aun así, Menchén considera que estamos ante “el principio del fin” de la crisis más grave de la historia reciente del Barça. Laporta tomó una decisión de riesgo extremo, el tipo de apuesta que a veces debe hacer un presidente. Con tres Ligas en las últimas cuatro temporadas, tendrá argumentos para defender que el tiempo le dio la razón.
Eso no borra sus errores. Menchén insiste en que habría sido preferible revisar el gasto y evitar ciertos fichajes. Algunas operaciones pudieron ahorrarse y quizá habrían evitado la venta de derechos futuros de Liga.
El futuro no está escrito. Nadie sabe qué impacto real tendrán, a largo plazo, esas cesiones de ingresos. Pero hay un punto que ya parece claro: el Barça ha dejado atrás la fase en la que necesitaba tirar de nuevas palancas para sobrevivir.
Para un club gestionado durante años de forma “extraña y loca”, como muchos en el entorno lo definen, no es un detalle menor. Es la diferencia entre vivir al día o volver a pensar, por fin, en grande. La cuestión es si aprenderá de esta montaña rusa o si, cuando vuelva la tentación del atajo, alguien volverá a empujar la palanca.






