Ipswich lucha hasta el final en el Hill Dickinson Stadium
El reloj se estiró hasta el minuto 97 en el Hill Dickinson Stadium y la grada visitante de Ipswich volvió a creer. Ya habían vivido finales de infarto ante Sunderland y Crystal Palace, con goles en el último suspiro. Esta vez, el guion parecía pedir otra remontada imposible.
Gary O'Neil quemó su última bala: Zian Flemming, el héroe reciente ante Crystal Palace, saltó al césped para buscar otro golpe decisivo. Y la ocasión llegó. En el descuento, el atacante se encontró con una buena oportunidad dentro del área. Se acomodó, apuntó… y mandó el disparo por encima del larguero. Un suspiro colectivo. Era la clase de acción que en semanas anteriores terminaba en red.
La inferioridad numérica había cambiado el paisaje del partido. La expulsión de Abdul Fatawu, a mitad de la segunda parte, empujó a Ipswich hacia su propio campo y dio aire a Everton, que hasta entonces había sufrido de lo lindo. El encuentro se inclinó, metro a metro, hacia la portería de Jordan Pickford.
El guardameta, incluido por Thomas Tuchel en la última lista de Inglaterra, sostuvo a los suyos con cuatro paradas de mucho mérito mientras Ipswich, aun con diez, se negaba a bajar los brazos. Cada intervención de Pickford fue un jarro de agua fría para las aspiraciones visitantes y un recordatorio de por qué sigue siendo una referencia bajo palos.
La tensión se disparó en los últimos instantes. Con Ipswich volcado y el tiempo prácticamente cumplido, el central Issa Diop rozó el empate. Apareció en el área como un delantero más y conectó un disparo que parecía destinado a rescatar un punto. Pero allí se cruzaron Jarrad Branthwaite y James Garner, lanzándose al bloqueo en una acción desesperada que terminó ahogando el grito de gol.
El pitido final dejó una sensación extraña. No hubo épica esta vez, pero sí motivos para el orgullo en el bando de O'Neil. Su equipo, recién regresado a la élite, compitió con personalidad, se sostuvo tras la roja y persiguió el empate hasta el último segundo, pese al desgaste físico y emocional.
El contexto del propio técnico añade una capa más al esfuerzo mostrado. O'Neil, que perdió a su padre a comienzos de semana, dirigió a un grupo que reflejó en el campo una determinación casi obstinada por no rendirse. Buscaron el 1-1 con insistencia. No lo encontraron. Pero no se dejaron nada.
El parón internacional llega ahora como un respiro y como una oportunidad. Cinco jornadas, seis puntos y, de momento, fuera de los líos de la parte baja. No es un inicio brillante, pero sí sólido para un recién ascendido que ya ha demostrado que no se encoge en los finales apretados. La cuestión, cuando vuelva el balón, será si Ipswich puede transformar ese carácter en una permanencia tranquila o si estos finales al límite marcarán su temporada.






