Lamine Yamal: De debutante a estrella en la Liga 2025-26
Lamine Yamal se puso la corona con la última patada del primer partido de la temporada 2025-26. Estrenaba el 10 del Barcelona, esa camiseta que antes llevaron Ladislao Kubala, Luis Suárez, Diego Maradona, Rivaldo, Ronaldinho y Lionel Messi. Y la estrenó como se estrenan los símbolos: con un gol decisivo ante el Mallorca, su primer tanto ya como profesional. Después, los brazos abiertos, el gesto de coronarse él solo. Con ese disparo empezó la Liga. Con ese mismo chico, nueve meses después, se cerró.
El día siguiente al título, subido al techo del autobús descapotable, Lamine Yamal no levantó solo el trofeo. Alzó también una bandera de Palestina. La imagen dio la vuelta al mundo. Hansi Flick, a su lado, lo asumió sin rodeos: “Si quiere hacerlo, es su decisión. Tiene 18 años”. Mayoría de edad en directo, bajo un foco que no perdona. El año le dejó lesiones, dudas y, como él mismo confesó, un “abismo interno”. También su tercera Liga. Flick, el entrenador que compartió con el vestuario que su padre había muerto la misma mañana del alirón, sumó la segunda. Le preguntaron si alguna vez había sentido tanto amor. Respondió: “No, nunca”.
Un clásico que decidió una Liga 94 años después
En realidad, el campeonato se había decidido mucho antes. Barcelona lo dejó prácticamente sentenciado ante el Espanyol, siete jornadas atrás, con Lamine Yamal volando hacia la línea de gol, los brazos abiertos como un Usain Bolt contemplando a sus rivales a lo lejos. La confirmación matemática llegó en la jornada 35, con un clásico que entró en la historia: hacía 94 años que un Barcelona–Real Madrid no decidía una Liga.
Tres días después de la pelea en el vestuario blanco entre Fede Valverde y Aurélien Tchouaméni, que acabó con el vicecapitán en el hospital, puntos de sutura y un parte por “trauma craneofacial”, el golpe definitivo lo dio otro: Marcus Rashford. El Barça, nómada todo el curso —tres estadios distintos como casa—, los ganó todos. A ese clásico llegaba con diez victorias seguidas; se fue con la undécima. Veintitrés triunfos en los últimos 25 partidos de Liga. Desde el anterior clásico, 600 kilómetros al oeste, había cambiado todo.
Y pensar que a finales de octubre la foto era otra. Flick avisaba de que “el ego mata el éxito”, Rayo había encontrado la famosa “línea Flick” y Sevilla había abierto en canal al equipo. En el Santiago Bernabéu, el Madrid ganó 2-1 y se marchó cinco puntos por delante. Esa noche Jude Bellingham se burló de las palabras de Lamine Yamal con un “cheap talk” y la banda sonora de Elvis, A Little Less Conversation. Dani Carvajal le dedicó el gesto clásico de “mucho bla, bla”. El ruido parecía venir de Barcelona. Pero el incendio estaba en casa.
Vinícius Júnior se marchó del campo a 18 minutos del final, furioso. Xabi Alonso pidió centrarse “en lo que de verdad importa”. Resultó que lo que de verdad importaba era precisamente eso: el vestuario resquebrajado, las costuras a la vista. El técnico quedó aislado. A partir de ahí, todo empezó a deshilacharse.
Del sofá gris a la caída libre
El siguiente cara a cara entre Barça y Madrid, en la Supercopa, terminó de cerrar el breve “mandato” de Alonso, que él mismo consideraba prematuro. Llegó al Mundial de Clubes con gesto torcido y salió de él igual. Y se fue. El relevo, Álvaro Arbeloa, no encontró nunca el pulso del banquillo. Decía todas las frases correctas… que no eran las correctas. Ofreció su “sofá gris” para que los jugadores se sinceraran, repartió donuts como premio en los buenos días. Había un problema: casi no los había.
“Yo no soy Gandalf”, avisó. Y el Madrid tampoco fue nunca la Comunidad del Anillo. Cuando los eternos rivales se cruzaron otra vez en mayo, el club blanco ya estaba fuera de Europa, fuera de la Copa y casi fuera de sí. Roto, dividido, deseando que todo terminara. Noventa minutos después, también estaba fuera de la Liga: 12 puntos por detrás, con nueve por jugarse, y otra vez sin nada que enseñar en la sala de trofeos, igual que la temporada anterior.
Kylian Mbappé ni siquiera estaba. Había desaparecido rumbo a Sicilia. Cuando el marcador ya señalaba 2-0 para el Barcelona, escribió: “Let’s go Madrid!”. Tarde, mal y lejos.
Dos días más tarde, Florentino Pérez rompió un silencio de más de una década ante los medios. Lo hizo con una comparecencia caótica, desordenada, que no aclaró nada y, al mismo tiempo, lo explicó todo. Al menos identificó al enemigo: el diario ABC. Solución: cancelar la suscripción. El problema real, mientras tanto, seguía en el césped.
Campeón sin Copa de Europa, perseguidor sin redención
El Barça levantó el trofeo de Liga la misma noche en que lo aseguró, un pequeño milagro logístico en un campeonato acostumbrado a ceremonias diferidas. El autobús recorrió la ciudad con la Liga y la Supercopa a bordo. Faltaba la Copa de Europa, la que más deseaban. Esa tampoco la consiguió el Madrid, que reservó sus mejores noches para el torneo fetiche… sin que bastara.
Villarreal y Athletic se quedaron en la fase de liga de la Champions. Solo San Mamés logró algo que nadie más pudo: impedir que el campeón, el PSG, marcara un gol. Atlético de Madrid fue el que más cerca estuvo de la gloria continental. Había eliminado al Barcelona de las dos copas y hacía tiempo que había soltado la Liga. Llegó a una semifinal europea por primera vez en diez años, pero el Arsenal lo echó. Y en su primera final de Copa del Rey en 13 años, se encontró con el destino disfrazado de Rino Matarazzo: Real Sociedad ganó en los penaltis.
La escena final fue de película: un portero suplente deteniendo el lanzamiento decisivo y besando en la mejilla a un antiguo recogepelotas que marcó el penalti definitivo. Álvaro Odriozola, que ni siquiera jugó, lo resumió a su manera: no lo cambiaría por “nada en la humanidad”.
Barcelona, Madrid, Atlético y Villarreal volverán a la Champions el próximo año. Con ellos, Betis, dueño de la nueva quinta plaza para la máxima competición. Por detrás, el campeón de Copa, Real Sociedad, se verá acompañado en Europa por Celta Vigo y Getafe. Para Pepe Bordalás, técnico azulón, esa clasificación “entrará en la historia del fútbol”. Quizá exageraba, pero el contexto le daba cierta licencia: empezó la temporada con 13 jugadores del primer equipo, dos de ellos porteros. Al llegar al ecuador, en zona de descenso, el panorama era tan dramático que Allan Nyom acabó jugando de delantero.
“Esto no se lo deseo a nadie”, dijo Bordalás, un hombre que ha provocado bastante sufrimiento futbolístico a lo largo de su carrera. En enero llegaron cuatro cedidos casi anónimos. En junio, el equipo era séptimo. Europa. Lo habían hecho a su manera: segundo peor ataque, menos posesión, menos tiros, más faltas. Bordalás puro.
Un descenso decidido por un larguero y una mini-liga
En medio de la invasión del césped para celebrar la hazaña del Getafe en la última jornada, se distinguían unas cuantas camisetas rojas. Eran los jugadores de Osasuna, todavía en vilo. Necesitaban que terminaran el resto de partidos para saber si seguían en Primera. El capitán describió esos minutos con tablets, móviles y radios como “agonizantes, la peor sensación” de su vida. Cuando llegó la confirmación, se mezclaron con los aficionados azulones y con Nyom, que se aseguró de que los navarros estaban a salvo antes de retirarse al vestuario. “Ha sido… raro”, admitió el técnico, Alesio Lisci.
Raro y cruel. Un mes antes, Osasuna ya había celebrado la salvación con un gol en el minuto 99 ante el Sevilla. Creían haber escapado. Tuvieron que volver a trepar desde el barro. Esta vez, dependieron más de los tropiezos ajenos que de sus propios pasos.
Fue ese tipo de Liga. Arriba, sin demasiados giros: cinco o seis equipos marcando el ritmo de principio a fin. Abajo, una montaña rusa bíblica. Solo el recién ascendido Real Oviedo se cayó pronto. Volvía a Primera 24 años después, con Santi Cazorla debutando al fin en la máxima categoría con el club al que llegó con ocho años y al que regresó con 38 cobrando el salario mínimo. No hubo espacio para el cuento de hadas. Nueve goles en casa en toda la temporada, tres entrenadores, dos victorias a domicilio. Descenso sin drama, sin redención.
El resto fue una batalla a navaja. En una Liga donde los buenos se volvían malos de repente y los malos se transformaban en brillantes durante semanas, la distancia entre Europa y el abismo fue mínima casi todo el año. Nueve equipos llegaron a la penúltima jornada peleando por no ocupar las dos plazas de descenso que quedaban. Espanyol, Sevilla, Alavés y Valencia respiraron entonces. Cinco llegaron vivos al último día, sus destinos entrelazados.
En Montilivi, Elche y Girona se jugaron la vida en un duelo directo. Todo o nada. El margen fue un disparo de Thomas Lemar al larguero. Si entra, quizá el relato cambia. No entró. Cuatro puntos en los últimos ocho partidos condenaron a un Girona que hace dos años peleaba por la Liga y el curso pasado jugaba la Champions. Cayó a Segunda con 41 puntos, una cifra que habría bastado para salvarse en cualquier otra temporada de esta década.
Mallorca acompañó a Girona y Oviedo. Se vio atrapado en una mini-liga de tres, empatado a 42 puntos con Osasuna y Levante. El desempate lo mandó abajo. Lo hizo con un delantero que marcó 23 goles, una cifra que nadie alcanzaba desde hacía 26 campañas.
“Esto duele”, resumió Martín Demichelis, técnico del Mallorca. “El fútbol ha sido cruel”, lamentó Míchel Sánchez, entrenador del Girona. “Esta Liga ha sido una auténtica locura”, cerró Eder Sarabia, de un Elche que sobrevivió. Tenía razón: ya había terminado.
Rayo, la derrota más hermosa
Quedaba un último capítulo. El mejor, guardado para el final. El Rayo Vallecano que había pasado de “el pequeño Rayo” a “Rayo de la puta madre”, el club más fuera de lugar y, por eso mismo, más necesario, viajó a Alemania para jugar la primera final europea de su historia, la de la Conference League. No pudo traer la copa de vuelta a Vallecas.
Fue injusto. Y al mismo tiempo, perfecto. Porque lo que quedó para siempre no fue el metal, sino la pancarta extendida en la grada de Leipzig al término del partido. Decía: “No he conocido victoria más grande que estar con vosotros en la derrota”. Todo Rayo en una frase.
Quizá solo superable por ganar una de estas…
Los premios de una Liga delirante
El presidente más encantador Raúl Martín Presa, de Rayo Vallecano, insultando a sus propios aficionados: “borrachos, descerebrados y vagos”. Encanto castizo.
El dueño más optimista Jesús Martínez, en la jornada ocho, acababa de destituir al entrenador que había ascendido al equipo y lo mantenía fuera del descenso. Su mensaje: “No me habléis solo de salvarse; habladme de puestos europeos”. Dos días después, Oviedo entró en la zona roja. No volvió a salir.
La mejor atmósfera San Mamés, claro. Pero no con el Athletic en el césped, sino con Euskadi y Palestina compartiendo himnos y gradas.
El mejor “tifo” casero La pandemia dejó toneladas de papel higiénico en los armarios. Atlético de Madrid lo convirtió en arte: lluvia de rollos en el Metropolitano, ambiente de Monumental. Sevilla copió la idea. ¿Respuesta de UEFA y LaLiga? Multa.
El mejor karaoke de vestuario Rayo Vallecano, desgañitándose con A Pirate’s Life junto a los jugadores del CD Yuncos, recién eliminados.
La mejor fiesta… y la peor resaca Ganas la Copa del Rey por cuarta vez en tu historia. El partido empieza a las 22.00, se va a la prórroga y a los penaltis. Sales del estadio a las 2.00. A las 2.39 arranca la discoteca del hotel. A las 4.45 los taxis os llevan a un club. A las 10.15 subes al autobús rumbo al aeropuerto sin haber dormido, abres las botellas del duty free en el vuelo. Uno de los más animados grita: “Es el mejor día de mi vida y nos vamos a pegar una fiesta de la hostia”. Y lo hacéis. Ese día. El siguiente. Y el otro, en un autobús descapotable bajo el sol, cerveza tras cerveza, con cientos de miles de personas en la calle. Al día siguiente, con la cabeza todavía dando vueltas, entras en la ciudad deportiva para preparar un partido que solo quieres pasar de trámite. Y alguien dice: chicos, toca Getafe.
El aficionado más nostálgico Lionel Messi, entrando en silencio al Camp Nou una fría noche de noviembre, solo, casi anónimo.
El aficionado más inesperado Ese “espera, ¿qué?” que dejó una presencia sorprendente en la grada, de esas que obligan a frotarse los ojos.
El aficionado con peor suerte Un seguidor del Betis, desesperado por conseguir la camiseta de Cédric Bakambu tras un 3-0 al Mallorca, bajó a toda velocidad por la grada, se enganchó en la barandilla y terminó cayendo justo a los pies del delantero. Manera infalible de llamar la atención. No bastó. Bakambu se quedó mirándolo, atónito, y no le dio la camiseta. Para eso, mejor un Sergio Herrera: el portero de Osasuna, tras ganar en Palma, recogió toda la ropa de sus compañeros y la fue entregando uno a uno a la grada. Sin caídas. Sin fracturas.
El aficionado más travieso El partido de Oviedo en Mestalla se aplazó 24 horas por el diluvio. Muchos hinchas se quedaron atrapados en Valencia. El club les ofreció volver al día siguiente en el vuelo chárter del equipo. Detalle precioso. Hasta que una madre asturiana vio la foto en redes. “Oye, Real Oviedo”, escribió, “decidle a mi hijo que hablaremos cuando llegue a casa”. Se suponía que estaba en casa de la abuela.
Los aficionados mejor peinados Cuando el delantero del Celta Borja Iglesias sufrió insultos homófobos por pintarse las uñas, la respuesta fue colectiva: compañeros y grada se sumaron al esmalte, con colores y diseños de todo tipo.
El titular más contundente “El Zaragoza se va a la mierda”, publicó El Periódico de Aragón. Y, por desgracia, no se equivocaba.
El mejor once inicial Ese once ideal de la temporada, con Joan García bajo palos en el Barça, Marcos Llorente reconvertido a lateral, Florian Lejeune como muro de Rayo, David Affengruber sosteniendo a Elche, Carlos Romero creciendo en el Espanyol, Fermín López agitando al Barcelona desde dentro, Luis Milla dando sentido al caos de Getafe, Pablo Fornals guiando al Betis, Lamine Yamal en la derecha, Vedat Muriqi como referencia del Mallorca y Alberto Moleiro como bandera de Villarreal. Un equipo que explica la Liga mejor que cualquier discurso.
La mejor venganza Copa del Rey, novena categoría contra Primera. Inter de Valdemoro recibe a Getafe y, a media hora del final, pierde 0-8. Es el momento de Borja Mayoral, que entra al campo con una misión íntima: ajustar cuentas con su hermano Kity, centrocampista del equipo local. Marca dos goles más en un 0-11 despiadado. Hermandad y goleada.
El mejor nombre El del portero de Valdemoro aquella noche. Estuvo tan ocupado que su apellido se convirtió en chiste privado en medio país.
El rival más duro Robert Navarro, derribado por un trozo de papel de aluminio lanzado desde la grada. Ni las patadas duelen tanto como la estupidez.
La mejor expulsión Jorge Pascual, del Granada, mandado a la calle por llamar al asistente “cara de bigote de mierda”. Y, por si quedaba alguna duda, por señalarse el labio superior para “simular dicho bigote”, según el acta. Gráfico hasta el final.
El mejor timing Ese rayo de sol que interrumpió un partido en el momento justo, retratado en una fotografía que dio la vuelta al país.
El equipo mejor vestido Sevilla, reivindicando la estética de segunda mano. Matías Almeyda lo explicó así: “No tienes zapatillas, te faltan las prendas que necesitas y alguien de tu familia te dice: ‘¿Quieres los pantalones de tu abuelo?’. ‘Sí, por favor, me vienen bien’. ‘¿Quieres la camiseta de tu primo?’. ‘Claro, dámela’”. Con retales, construyeron un estilo.
La camiseta más deseada La que se llevó Madonna. No hay mayor certificado de culto.
La camiseta que peor huele La de Real Betis, literalmente. Una elástica “scratch and sniff” hecha con naranjas y que huele a naranja. Al menos antes del partido.
El portero más útil Dani Cárdenas, que no solo detuvo un penalti de Kike García, sino que también salvó las redes de Vallecas cuando amenazaban con venirse abajo.
El mejor compañero Hugo Hard, héroe incansable, sin una queja por la suplencia. “Si ya no soy titular”, dijo, “es porque [Umar] Sadiq está jugando como Pelé”.
El jugador más humilde Antes de visitar el Camp Nou, el Barcelona vendió el duelo como Robert Lewandowski contra Vedat Muriqi. El kosovar respondió: “Hay pocos delanteros que puedan competir con Lewy… y yo no soy uno de ellos. Gracias, eso sí”. Honestidad desarmante.
La mejor disculpa Cucho Hernández, delantero del Betis, marcó ante el Levante y pidió perdón a su “exequipo”. Detalle precioso. Pequeño problema: nunca había jugado allí. Lo hizo en el Huesca, que viste los mismos colores.
Los banquillos que cambiaron la Liga
El entrenador del año tiene demasiados candidatos. Luis Castro, que se resbaló y cayó al suelo en su debut al devolver un balón, no volvió a tropezar: firmó un pequeño milagro con Levante. Jokin Aperribay, presidente de la Real Sociedad, preguntó a ChatGPT si Rino Matarazzo era buen entrenador para su club. La respuesta fue “no”. Cuatro meses después, el italiano levantaba una Copa del Rey histórica.
José Bordalás, el hombre del Getafe, lanzó una metáfora afilada: “Dicen que saco resultados de muy poco, que siempre encuentro la forma de sumar puntos, pero esto es como un lápiz: lo afilas, lo afilas, lo afilas, y al final ya no queda lápiz”. Con el trozo que quedaba, y la goma, lo metió en Europa.
En Sevilla, el director deportivo presentó a Luis García en una sala de prensa con ambiente de funeral. En seis semanas, el técnico resucitó al equipo. Eder Sarabia, desde Elche, lo describió de otra forma: “Algunos equipos tienen bazucas y tanques; nosotros estamos ahí peleando con una catapulta”. Les bastó para seguir en Primera y hacerlo jugando bien.
Y luego están Claudio Giráldez, Manuel Pellegrini, Hansi Flick, campeón otra vez. Pero el premio se lo lleva Iñigo Pérez, rumbo a Villarreal después de obrar algo casi imposible en Vallecas. Sin campo estable donde jugar, sin lugar fijo para entrenar, a veces sin agua caliente para ducharse, condujo al Rayo Vallecano a la mejor clasificación de su historia y a su primera final europea. Con una frase lo explicó todo: “Es más fácil llegar al éxito a través del amor”. Lo demostró.
El año de Lamine Yamal
El jugador de la temporada tiene muchos rostros. Carlos Espí, delantero del Levante, firmó 10 goles en los últimos 14 partidos, los únicos que empezó como titular. Su impacto fue tan grande que algunos pidieron el Balón de Oro para él. Vedat Muriqi respondió girando el dedo junto a la sien: “Están locos”. Un punto más, y quizá el kosovar se habría llevado este reconocimiento y la permanencia.
Joan García, portero del Barcelona, protagonizó la parada del año ante el Espanyol, una intervención “de ciencia ficción” que dejó a Lamine Yamal boquiabierto: “Madre de Dios bendita, qué portero”. Pero la Liga, en el fondo, tuvo un dueño evidente.
Lamine Yamal lo dijo con una frase que retrata el peso que carga: “Me gustaría ser todo lo que todos quieren que sea”. Pese a eso, o quizá por eso, su respuesta fue el juego. Cerró el curso con 24 goles y 11 asistencias en todas las competiciones. En el tramo final, cuando el Barcelona corría hacia la meta, fue sencillamente el mejor.
La Liga empezó con su primer gol como adulto y una coronación improvisada. Terminó con él abrazado a una bandera, con una ciudad a sus pies y un club que vuelve a mirar al futuro a través de los ojos de un chico de 18 años.
La pregunta ya no es si está tocado por una varita. La pregunta es hasta dónde piensa llegar con ella.





