Mauricio Pochettino y el camino hacia la élite del Mundial 2026
A Mauricio Pochettino se le nublaron los ojos en Houston. No era solo la derrota en la final de la Gold Cup 2025. No era solo que el título de la región se le escapaba entre los dedos. Era México enfrente. Y, alrededor, un estadio que rugía… por el rival.
Para un seleccionador local, en su propio país, aquello dolía de una forma distinta.
No era el Tottenham recibiendo al Arsenal con su grada teñida de rojo. Era algo más profundo: la constatación, un año antes del Mundial, de que su proyecto no solo estaba lejos de competir por la Copa del Mundo, sino que además vivía en una posición incómoda, casi marginal, dentro del paisaje deportivo de Estados Unidos.
Pochettino lo resumió días atrás con crudeza. El proceso había sido más duro de lo que imaginaban. Se habían equivocado de diagnóstico. El “golpe” no fue solo esa final perdida. Fueron tres sacudidas, encadenadas, que terminaron moldeando a esta selección.
Hoy, esa misma selección se ha instalado en la élite del Mundial 2026. Dos partidos, dos victorias, 6-1 en el global, liderato asegurado del grupo y un último encuentro sin presión, ese extraño lujo que a veces se transforma en trampa. Esta vez, sí, con ambientes locales encendidos, que el propio vestuario señala como combustible directo de sus triunfos.
Este es, sin discusión, el punto más alto del ciclo de Pochettino. Pero el camino hasta aquí fue a base de golpes.
El vacío de la Nations League
Marzo de 2025. Concacaf Nations League. Sobre el papel, el guion parecía conocido: superar a Panamá en semifinales y reencontrarse con México o Canadá en la final. Estados Unidos había ganado las tres primeras ediciones del torneo desde su estreno en 2019-20.
Esta vez, ni siquiera alcanzó el último escalón.
El equipo se atascó ante una Panamá ordenada, intensa, que jugó con una pasión que contrastó con el entorno: las gradas, prácticamente vacías. El problema opuesto al de Houston.
“Estaba vacío”, recordó Pochettino. En las tribunas, sobre todo aficionados mexicanos, esperando el partido posterior. No a ellos.
Durante décadas, Estados Unidos había dominado el duelo directo con Panamá. Pero ese día, los centroamericanos firmaron su cuarta victoria en los últimos seis enfrentamientos, tras el golpe en la Gold Cup 2023, la fase de grupos de la Copa América 2024 y ahora esta Nations League. Bastó un despiste mental de la zaga estadounidense para que Panamá, con apenas su tercer disparo, sellara su primera clasificación a una final del torneo.
“Fue un buen choque, ¿no?”, admitió Pochettino. Un choque necesario, según él. Cada “mal resultado” se convirtió en material de trabajo. En diagnóstico. En la convicción de que, una vez detectados los problemas, encontrarían la solución.
Uno de esos problemas estaba dentro del propio vestuario.
La cultura del “todo o nada”
Pochettino vio un grupo cómodo. Demasiado cómodo. Cuando Christian Pulisic le pidió saltarse la Gold Cup y limitarse a los amistosos previos ante Turquía y Suiza, la respuesta fue un no rotundo. Quería un bloque unido desde el primer día de concentración hasta el final del torneo. El mismo molde que usaría para el Mundial.
La negativa abrió un pulso entre estrella y seleccionador. Las derrotas en esos amistosos previos apretaron todavía más la soga mediática y el ruido alrededor del equipo. Pero Pochettino había fijado una línea clara: o estás dentro al cien por cien, o lo ves por televisión.
La Gold Cup, pese al desenlace amargo, le devolvió algo esencial: piezas nuevas para su núcleo. Malik Tillman asumió por fin el rol de cerebro creativo. Matt Freese se adueñó de la portería y acabó imponiéndose en una tanda a un mito como Keylor Navas. Alex Freeman se convirtió en un joven inamovible. Sebastian Berhalter se ganó un lugar real en la rotación del mediocampo.
Pochettino también cambió. Un torneo de selecciones, con concentración larga y trabajo diario, se parecía mucho más al ritmo de club que a las ventanas dispersas de amistosos. Durante más de un mes pudo pulir automatismos, ajustar detalles, moldear una idea.
Perdió la final. Contuvo las lágrimas mientras el estadio celebraba a México. Pero, en el vestuario, defendió la esencia de su equipo. Les pidió seguir creciendo, sin renunciar al carácter que habían mostrado.
“Keep improving, but please don’t change”, les soltó. Mejorar, sí. Renunciar a la personalidad, no.
“Why not us?”: el mantra que lo cambió todo
Aquella noche de Houston dejó otra imagen grabada en la mente de Pochettino. Días después, en Columbus, se sentó en la grada para ver un Ohio State–Texas de fútbol americano universitario. Más de 70.000 personas. Un ambiente eléctrico.
La pregunta le golpeó: ¿por qué no así con el fútbol? Si el país puede volcarse con otros deportes, ¿por qué no con esta selección? Si esa energía se vuelca en ellos, el impacto sobre el jugador es “masivo”, “poderoso”, como él mismo lo definió.
De ahí nació un lema: “Why not us?”. ¿Por qué no nosotros?
El regreso de Pulisic y de varios pesos pesados en septiembre coincidió con el estreno de una idea táctica que hoy es la base del equipo: un sistema fluido, que se deforma y se reconfigura a gran velocidad, que desestabiliza rivales con movimientos sin balón, cambios de orientación rápidos y una osadía absoluta cuando se abre un espacio. Un equipo que no espera. Ataca.
Los resultados empezaron a acompañar. 2-0 a Japón en septiembre. Empate con Ecuador y victoria ante Australia en octubre. En noviembre, triunfo sobre Paraguay y una exhibición: 5-1 a Uruguay para cerrar 2025 en lo más alto.
Y entonces llegó la tercera lección dura.
Marzo, el baño de realidad
Dos derrotas en la ventana de marzo. Un 7-2 global que dolió más por las sensaciones que por los números. El equipo se vio desdibujado, sin confianza. La defensa se partió, hasta el punto de que el cuerpo técnico recurrió a una estructura anterior, ya probada como frágil, contra Bélgica. Pulisic, sumido en la peor sequía goleadora de su carrera, fue probado como delantero centro frente a Portugal. Apenas dejó huella.
Chris Richards, sin embargo, rescató algo positivo de aquel campamento: la sensación de que el grupo había terminado de “comprar” la idea, incluso en la adversidad, ante dos potencias europeas.
Pochettino defendió a los suyos, pero no se engañó. Recordó que Bélgica y Portugal cuentan con varios futbolistas entre los mejores del planeta. Estados Unidos, de momento, no.
Fuera, el pesimismo regresó con fuerza. Era la película conocida: una selección capaz de firmar grandes noches, pero igual de proclive a derrumbarse contra gigantes o equipos teóricamente inferiores. Muchos se preguntaban si no era un error haber pactado amistosos pre-Mundial contra rivales tan exigentes como Senegal y Alemania.
Pochettino no dudó. “Es bueno para nosotros. Va a medir nuestro nivel”, defendió.
El campo le dio la razón. 3-2 a Senegal. 2-1 ante Alemania, esta vez cayendo, pero mostrando un equipo que ya olía a Mundial. Afinado. Peligroso.
De la escuela de golpes al escaparate del Mundial
El resto ya forma parte del relato de este torneo. Un 4-1 demoledor frente a Paraguay. Un 2-0 sobrio y autoritario ante Australia. Y, este jueves, un duelo sin consecuencias clasificatorias contra una Turquía ya eliminada, con Estados Unidos firmemente instalado en la cima del Grupo D tras solo dos jornadas.
Solo cuatro selecciones han logrado sellar el primer puesto con tanta antelación en este Mundial. Argentina y Alemania, dos gigantes de la historia. México, empujada por un apoyo masivo y acostumbrada a sobrevivir en alturas y ambientes hostiles. Y, en esa mesa, el equipo de Pochettino.
Mark McKenzie lo resumió con una frase que encaja con todo el recorrido de este grupo: nada se resuelve de la noche a la mañana. Ni en una concentración. Ni en seis meses. Ni siquiera en un año. Es un proceso.
La diferencia, ahora, es que ese proceso ya no se mide solo en promesas. Se mide en goles, en estadios que por fin rugen por ellos y en un Mundial que empieza a mirarlos de otra manera.
La pregunta ya no es “¿por qué no nosotros?”. La pregunta es hasta dónde se atreven a llegar.





