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El Den despierta: Millwall y West Ham en un derbi histórico

El marcador dice Millwall 0-0 West Ham, pero el ambiente en The Den va varios goles por delante.

Por la banda izquierda del equipo local, Zak Sturge enciende pronto a la grada: le roba el balón a Jarrod Bowen, mete una zancada poderosa y se lanza hacia adelante. La jugada termina en el primer córner del partido para los Lions. No hay premio en el remate, pero el mensaje queda claro: Millwall no ha salido a contemplar el derbi.

Poco después, de nuevo por ese costado, Lyndon Dykes fuerza una falta inteligente ante Kyle Walker-Peters. El balón parado lo pone Jenson Metcalfe, muy activo en el arranque. Su centro va bien dirigido, pero el colegiado detecta una falta en ataque y la ocasión se esfuma entre protestas locales.

Metcalfe firma también el primer disparo del encuentro. Millwall combina otra vez por la izquierda, el balón le cae al excentrocampista del Bradford a unos 20 metros de la portería y, con espacio, se anima. Sin embargo, acelera más de la cuenta el golpeo y el tiro sale flojo, manso a las manos de Mads Hermansen en la meta del West Ham. Un aviso tímido, pero aviso al fin y al cabo.

Todo esto ocurre en un escenario que engaña. A la llegada al estadio, el trayecto por London Bridge y South Bermondsey se presentaba casi idílico, tranquilo, como si el derbi fuese uno más. Dentro, nada que ver. Oleadas de ruido bajan desde la zona cercana al fondo norte, dividido esta temporada entre afición local y visitante en dos niveles. Cada vez que los jugadores del West Ham se asoman al césped, la grada sube el volumen.

Es un mediodía de septiembre perfecto para el fútbol, cielo amable y césped listo para la batalla. Y con una decisión fuerte de inicio: el técnico de los Lions, Alex Neil, ha sentado al guardameta Max Crocombe para dar la titularidad liguera a Filip Marschall, recién llegado desde Stevenage en el cierre de mercado. El habitual número uno, Lukas Jensen, sigue lesionado.

En el otro banquillo, Nuno Espírito Santo también mueve ficha, pero solo una. Mantiene casi intacto el once que arrolló 6-0 a Wrexham en Championship el pasado viernes. La única ausencia es Joel Veltman, lesionado, y su lugar lo ocupa Kyle Walker-Peters, que ya dejó dos asistencias saliendo desde el banquillo en ese mismo partido. Cambio obligado, sí, pero con colmillo ofensivo.

La salida a calentar del West Ham sirve como primera prueba de sonido. Jarrod Bowen encabeza la fila, se acerca a la esquina donde se agrupan los hinchas visitantes y les devuelve los aplausos. Aún falta mucha gente por entrar, pero el choque ya se siente como lo que es: un derbi que llevaba demasiado tiempo esperando.

Un derbi que llevaba 14 años guardado

No es un partido cualquiera. Es el 100º enfrentamiento entre estos rivales del este de Londres, pero el primero desde febrero de 2012. Catorce años de espera para los aficionados del Millwall, que todavía no olvidan aquella derrota por 2-1 en el viejo Upton Park/Boleyn Ground, con el West Ham jugando 81 minutos con diez tras la tempranísima expulsión de Kevin Nolan.

Los datos alimentan la tensión. Millwall llega con solo una victoria en los últimos cinco partidos, una racha que empieza a encender dudas, aunque con un dato que protege su orgullo: no pierden en casa ante el West Ham desde diciembre de 1988. Tres décadas largas defendiendo su territorio ante su vecino más odiado.

El West Ham, en cambio, aterriza en The Den lanzado. Tras un inicio irregular, el equipo de Nuno ha encontrado ritmo y ha encadenado cuatro triunfos ligueros consecutivos, incluido el 6-0 a Wrexham. Si hoy suma otra victoria, logrará algo que no consigue desde febrero de 2006: cinco triunfos seguidos en liga. No es solo un derbi; es una oportunidad histórica para los Hammers.

Mientras el balón va y viene y el marcador se resiste a moverse, el partido parece caminar hacia ese punto en el que un detalle, un error o un destello individual puede romper una rivalidad que ha estado demasiado tiempo en silencio.

Y en un derbi como este, nadie quiere ser el que parpadee primero.

Cardiff pega primero: Salech rompe la sequía

En la capital galesa, el guion se rompe muy pronto. Cardiff 1-0 Charlton y el Cardiff City Stadium respira aliviado.

Los Bluebirds, tan castigados últimamente, encuentran un gol madrugador que les cambia el gesto. La jugada es tan limpia como necesaria: Chris Willock se mete hacia dentro, Jack Moylan recibe y, de espaldas, toca de primeras para el talismán Yousef Salech. El delantero no se queda el balón, lo devuelve con precisión al desmarque de Moylan, que llega lanzado y define con clase ante Arthur Okonkwo. Disparo seco, ajustado, imposible para el portero del Charlton.

Es un tanto que vale más que un simple 1-0. Cardiff llegaba sin victorias en liga, golpeado todavía por la derrota encajada en el último suspiro ante Bolton Wanderers y con el miedo a encadenar su peor arranque sin triunfos en casi 40 años en una temporada fuera de la élite. También acumulaba más disparos a puerta que cualquier otro equipo del Championship… sin premio. Hoy, al menos, la puerta se abre pronto.

Brian Barry-Murphy mantiene el once de la última jornada, igual que Nathan Jones en el banquillo visitante. No hay sorpresas de inicio. Regresa a escena Karlan Grant, que vuelve al Charlton siete años después de salir de The Valley y pisa un estadio que conoce bien: marcó seis goles con la camiseta del Cardiff en la 2023-24, cedido por West Brom. En el otro lado, Krystian Bielik, fichaje veraniego de los Bluebirds, se mide también a un antiguo club, esta vez desde el eje de la zaga.

El contraste de rachas roza lo absurdo. Cardiff, dominador en producción ofensiva, sin triunfos. Charlton, que empezó con pleno de victorias en las tres primeras jornadas, lleva ahora casi cinco horas sin marcar. En este contexto, el gol de Moylan, cocinado entre Willock y Salech, pesa como una losa para los de Jones.

El técnico del Charlton, que esta semana volvió a referirse a Gales como “God's country”, regresa a casa en busca de otro buen recuerdo. De momento, se encuentra con un Cardiff más incisivo, decidido a romper su maleficio liguero a base de insistencia y, por fin, eficacia.

Stoke se afirma, Sheffield United se tambalea

En el Bet365 Stadium, el ambiente es muy distinto. Stoke City se planta ante Sheffield United con la sensación de haber sobrevivido al temporal inicial de la temporada y de empezar, por fin, a parecer el candidato al ascenso que imaginaba tras un mercado de fichajes ambicioso.

El técnico local no toca nada: once idéntico al de la última jornada, con Lamine Cissé preparado para disputar su partido número 150 como profesional. En el banquillo esperan Sam Gallagher y Junior Tchamadeu, ya en la recta final de sus respectivas recuperaciones.

Enfrente, las dudas se acumulan. Los Blades arrastran problemas extradeportivos que han trastocado sus planes de mercado y han terminado filtrándose al césped. La eliminación en la Carabao Cup ante Fleetwood Town, de League Two, dejó una herida profunda. Chris Wilder salió del partido indignado con los jugadores que, a su juicio, no aprovecharon la oportunidad.

Aun así, el técnico apuesta hoy por Rhys Norrington-Davies, autor de un gol en propia puerta en esa misma eliminatoria. Entra también Jamal Baptiste, que sustituye a Sam McCallum junto a la otra novedad, Mark McGuinness fuera del once. Tahith Chong vuelve a una convocatoria tras lesión y espera su momento desde el banquillo.

La sensación en Sheffield es clara: el entrenador empieza a perder confianza en parte del vestuario y la afición, a su vez, la pierde en el club. Cada partido parece un examen y el Bet365 Stadium no es precisamente el lugar más amable para encontrar respuestas.

Stoke, en cambio, huele la oportunidad. El equipo ha pasado el tramo más inestable del curso y se ve con fuerza para consolidarse arriba. Un triunfo ante un rival que se deshilacha no solo sumaría puntos: enviaría un mensaje directo al resto del Championship.

Y en una jornada cargada de derbis, dudas y cuentas pendientes, quizá sea ese tipo de victorias, las que se consiguen cuando el otro tiembla, las que terminen marcando quién sube y quién se queda atrás cuando llegue la primavera.