Mundial 2026: un torneo ambicioso y controvertido
El Mundial 2026 arranca en menos de 12 horas y, para bien o para mal, nada se parece a lo que conocíamos. Serán 104 partidos, 48 selecciones, 12 grupos y una sensación extraña: el torneo más ambicioso de la historia… o el más hinchado.
Esta noche, a las 20.00, México y Sudáfrica levantarán el telón. Un estreno que inaugura una maratón futbolística que pondrá a prueba jugadores, entrenadores, aficionados y hasta la paciencia del espectador neutral.
Un gigante con pies de barro: el nuevo formato
La fase de grupos se ha estirado hasta el límite. Con 48 equipos repartidos en 12 grupos, el margen para el error es enorme. Demasiado. Pasan los dos primeros de cada grupo y, además, los ocho mejores terceros. Dos tercios de los participantes estarán en los octavos de final. Un colchón mullido para las potencias y un golpe a la vieja tensión de los grupos.
Habrá selecciones que podrán perder dos partidos y aun así colarse en las eliminatorias, aunque con un cruce envenenado. El diseño parece hecho a medida para evitar sustos tempranos a los gigantes más rentables para patrocinadores y audiencias.
El peaje es evidente: muchas jornadas con duelos desiguales, partidos que solo interesarán a los países implicados y poco más. Alemania–Curazao el domingo o España–Cabo Verde el lunes apuntan a goleadas casi cantadas. Qatar–Suiza o Uzbekistán–Colombia difícilmente acelerarán el pulso del aficionado neutral.
La sensación es clara: la verdadera adrenalina llegará tarde, cuando empiece el mata-mata de los cruces.
Favoritos bajo el sol
Sobre el césped, el cartel es poderoso. España llega como vigente campeona de Europa y principal favorita. Tiene la plantilla más profunda y equilibrada del torneo, con un centro del campo que el resto solo puede envidiar. El gran interrogante se llama Lamine Yamal: una lesión en los isquiotibiales pone en duda su participación en la fase de grupos. La buena noticia para Luis de la Fuente es que el formato le permite dosificarle con calma.
Francia asoma como el gran antagonista. Si ambos cumplen y ganan sus grupos, solo podrían cruzarse en semifinales. Un escenario que el fútbol mundial firma ya mismo. Con Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé, Michael Olise y Désiré Doué, Les Bleus vuelven a presentar una batería ofensiva de élite, capaz de destrozar a cualquiera. Es el último torneo de Didier Deschamps al mando, y el recuerdo de la final perdida en la edición anterior empuja a un grupo que quiere cerrar un ciclo a lo grande.
Inglaterra, mientras tanto, aterriza con algo que se parece peligrosamente a la fe. Llega tras perder la final de la Eurocopa 2024 ante España, pero con un giro radical en el banquillo y en la propuesta. Gareth Southgate y su plan prudente quedaron atrás; Thomas Tuchel ha impuesto un fútbol más agresivo, más intenso, menos contemplativo. Y no ha temblado al tomar decisiones impopulares: fuera Phil Foden, Cole Palmer y Trent Alexander-Arnold. Dentro, jugadores que encajan en su libreto, aunque el ruido mediático sea menor. Una apuesta fuerte que le perseguirá si el equipo tropieza pronto.
Messi, Ronaldo y el peso del tiempo
Argentina y Brasil llegan envueltas en dudas poco habituales. La albiceleste defiende corona con una misión histórica: ser la primera selección que gana dos Mundiales consecutivos desde la Brasil de 1962. Todo con Lionel Messi a los 38 años, estirando la cuerda de su última gran función. Dependerá de si todavía puede girar el reloj a su favor, una vez más.
Brasil, ahora dirigida por Carlo Ancelotti, conserva pólvora en las áreas pero deja preguntas en el centro del campo. El camino en la clasificación no fue precisamente plácido y, aunque nombres como Vinícius, Raphinha o Marquinhos garantizan calidad, la sensación es que la Seleção ya no intimida como antes.
Portugal afronta una historia distinta pero igual de cargada de emoción. Para Cristiano Ronaldo, este Mundial es la última oportunidad de levantar el único gran título que le falta. El foco mediático le seguirá a cada paso. Otra cosa es si ese foco ayudará o distraerá a un equipo que, por talento, debería competir con cualquiera.
Y, como dicta el tópico que nunca muere, nadie se atreve a descartar a Alemania. Bajo el mando de Julian Nagelsmann, la Mannschaft mezcla reconstrucción y tradición competitiva. A la sombra de los gigantes habituales, selecciones como Colombia, Senegal o Marruecos acechan, listas para dinamitar quinielas y colarse en la conversación grande.
Calor, piernas cansadas y rotaciones
El calendario llega pegado al de los clubes, con estrellas que arrastran meses de desgaste. El formato largo ofrece un respiro a los grandes: hay margen para rotar, para medir esfuerzos, para pensar en el séptimo y octavo partido cuando apenas se ha jugado el primero.
Nombres como Messi, Neymar, Lamine Yamal, Bukayo Saka o Nico Williams apuntan a una gestión quirúrgica en los dos primeros encuentros. Nadie quiere perder a su estrella antes de que el torneo entre en ebullición real.
El clima añade otra capa de dificultad. Sedes como Miami, Houston, Guadalajara o Ciudad de México son habituales en episodios de calor extremo en junio y julio. La FIFA ha impuesto pausas de hidratación en los minutos 22 y 67 de todos los partidos, haga el tiempo que haga, y ha intentado colocar la mayoría de los encuentros diurnos en estadios climatizados. Aun así, competir a altas temperaturas será un desafío físico y mental.
Sobre el papel, las condiciones deberían favorecer a selecciones acostumbradas a jugar bajo ese sol: España, Brasil, Argentina, México. Pero el calor no entiende de favoritismos; castiga a quien no sepa dosificar.
Un Mundial que exige al espectador
El Mundial también pondrá a prueba a los aficionados. Entre horarios, cambios de huso y una agenda saturada, seguir el torneo de principio a fin será casi un trabajo a tiempo completo. En Irlanda, por ejemplo, el café será tan protagonista como el balón: el debut de Brasil ante Marruecos llega a las 23.00 de un sábado, mientras que Argentina empezará su defensa del título a las 2.00 de la madrugada de un miércoles.
Son sacrificios que se suman a un interrogante mayor: ¿puede un torneo de 104 partidos mantener el pulso competitivo y emocional hasta el final? La FIFA ya ha respondido con su apuesta. La respuesta del fútbol llegará en el césped.
El 19 de julio sabremos si este Mundial desbordado habrá merecido la pena. O si, entre tanto ruido, el juego fue suficiente para silenciar todas las dudas.






