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El Mundial llega a su fin: España y Argentina en la final

El Mundial se acaba, pero el ruido no. Inglaterra sigue abriendo telediarios, aunque ya solo pelee por el bronce, mientras la final entre España y Argentina concentra todo lo demás: poder, política, estrellas y egos. Un cierre a la altura de un torneo que no ha dado tregua.

Messi, Mbappé y el viejo debate del gol que vale doble

Kylian Mbappé y Lionel Messi llegan igualados en la lucha por la Bota de Oro. Mismos goles, pero el argentino por ahora manda en la tabla gracias a una asistencia más. La aritmética es sencilla; el debate, no tanto.

¿Debe valer lo mismo un gol en una final que uno en un partido por el tercer puesto? La pregunta, medio en broma medio en serio, ha encendido tertulias y chats. El chiste que circula lo resume con humor romano: César presume de haber matado 2.000 galos, su lugarteniente le corrige, “solo fueron 1.000”, y el emperador remata: “pensé que los galos fuera de casa contaban doble”. El fútbol nunca ha sido justo. Solo implacable.

Rodri, de la duda a la plenitud

En medio de la resaca inglesa y la expectativa por la final, una certeza: el Mundial ha confirmado la resurrección de Rodri. Tras la rotura de ligamento cruzado, existía un temor silencioso: ¿volvería a ser el mismo? Ha tardado en confiar otra vez en su cuerpo, en atreverse a jugar al límite. En este torneo lo ha hecho.

Ha mandado, ha corregido, ha dado aire y ha marcado el ritmo como si el centro del campo fuera un tablero de ajedrez que solo él entiende. Tanto que ya hay quien sospecha que quizá haya jugado su último partido con Manchester City. Nada está decidido, pero el mercado huele a verano largo.

Alexander-Arnold, un nuevo comienzo con Mourinho

Mientras la selección monopoliza la conversación, el club ya asoma por la rendija. En Madrid, Trent Alexander-Arnold vive un punto de inflexión. Tras una primera temporada marcada por las lesiones y la rotación constante, se le abre ahora una autopista: la marcha de Dani Carvajal le deja el carril derecho despejado para adueñarse de la banda.

El inglés no esconde su entusiasmo por trabajar con José Mourinho, de vuelta en Real Madrid tras una campaña decepcionante, sin Liga y fuera de la Champions en cuartos. Habla de intensidad, de principios innegociables, de un nivel de exigencia altísimo y de un vestuario dispuesto a dejarse moldear. Él, con 27 años, se ve por fin en condiciones de construir una temporada sólida. El desafío es claro: convertir esa promesa en títulos.

Tuchel, Inglaterra y la autopsia interminable

En Inglaterra, el Mundial no ha terminado; simplemente ha cambiado de formato. Se ha convertido en una larga autopsia. Thomas Tuchel seguirá en el banquillo, pese a unas decisiones en las semifinales que desconcertaron al vestuario y al país. Sus cambios, el plan, la lectura de los partidos… todo ha sido diseccionado.

Un lector lo resumía con crudeza: si los suplentes cambiaban siempre los partidos, quizá el problema era que los onces iniciales no funcionaban. En la era de las cinco sustituciones, los entrenadores hablan de “finalizadores” preparados para rematar encuentros, pero ante Noruega incluso esos movimientos parecieron extraños. Inglaterra, sostiene esa corriente crítica, fue la peor de las semifinalistas y llegó más lejos de lo que merecía. El bronce, ante Francia con rotaciones masivas, suena más a trámite que a premio.

Política en el palco: Sánchez, Trump y la sombra de Infantino

La final no solo coronará a un campeón. También exhibirá poder. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, estará en el estadio para ver a su selección enfrentarse a la vigente campeona, Argentina. Al otro lado del palco se sentará Donald Trump, que también ha confirmado su presencia a través de su portavoz, Karoline Leavitt. Para la Casa Blanca, el partido es el broche perfecto a un torneo que ha presentado al país como anfitrión capaz de recibir al mundo en el mayor de los escaparates.

Por encima de todos, Gianni Infantino. El presidente de la FIFA ha asegurado el respaldo formal de más de 200 de las 211 federaciones para optar a un cuarto mandato. Solo un puñado de asociaciones, con Alemania como nombre más visible, se resiste a enviar su carta de apoyo. Ni las polémicas ni el clima de descontento han frenado su control del aparato. El fútbol, como recordaba Mel Brennan en una frase que ya suena a epitafio, sobrevivió a Sepp Blatter, Jack Warner y Chuck Blazer. Y, dice, sobrevivirá también a Infantino.

Argentina: corazones en carne viva

En el césped, la final tiene un protagonista silencioso: Cristian Romero. En La Albiceleste, ponerse la camiseta blanca y celeste es un acto de fe. Romero encarna esa idea. Junto a Lisandro Martínez forma una pareja central en la que él asume el papel de muro final, el tipo que se interpone entre el delantero rival y Emiliano Martínez.

Salvo el propio Messi y el guardameta de Aston Villa, pocos han ofrecido tanta continuidad como el central en este camino hacia la tercera final mundialista en cuatro ediciones. No negocia un metro, no esconde un solo taco. Juega como si cada cruce fuera el último.

La euforia, sin embargo, ya ha tenido su lado oscuro. Tras la semifinal ante Inglaterra, varios jugadores argentinos posaron con una pancarta reivindicando la soberanía sobre las Islas Malvinas. Desde Downing Street se ha hecho saber que Keir Starmer respalda que la FIFA investigue el gesto. El partido por el título llegará rodeado de ruido político.

España, Yamal y un país en vilo

Enfrente, España. Un equipo que ha mezclado veteranía y descaro juvenil hasta instalarse, casi sin estridencias, en la gran cita. El duelo se vende como Messi contra Lamine Yamal, la leyenda frente al adolescente que rompe récords de precocidad. No es solo marketing. Es el símbolo de un choque entre una selección muy buena y otra excelente, como decía con ironía un cronista, dejando al lector la elección de los adjetivos.

El primer ministro español estará en la grada. Detrás, un país que ha visto cómo Rodri se adueñaba del Mundial, cómo una generación nueva se acostumbraba a jugar con balón y sin miedo, cómo el equipo ha recuperado la sensación de poder mirar a cualquiera de frente.

El vacío que viene

Mientras se acerca el domingo, en los correos de los lectores se repite una idea: ¿qué será de las noches sin Mundial? Muchos confiesan que su reloj biológico se ha adaptado a los horarios imposibles, a trasnochar y madrugar para ver partidos. Algunos ya miran hacia las ligas sudamericanas o la MLS para llenar el hueco.

La temporada de clubes asoma, implacable. Mourinho rearma Real Madrid, en Inglaterra se debate qué hacer con el partido por el tercer puesto —dar minutos a todos, repartir la portería, dejar que Ollie Watkins, Ivan Toney y Kobbie Mainoo tengan su rato— y en los despachos de la FIFA se cierran apoyos y se preparan discursos.

El Mundial, en cambio, ya solo tiene una pregunta por responder: ¿quién saldrá del túnel el domingo dispuesto a escribir la última línea de esta historia, España o Argentina?