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Portugal inicia su Mundial con un vacío en el vestuario

La Copa del Mundo amaneció ayer con un trueno: triplete de Lionel Messi, dobletes de Kylian Mbappé y Erling Haaland, y la sensación de que las grandes estrellas han decidido adueñarse del torneo en Norteamérica. Hoy, el foco se desplaza inevitablemente hacia otro gigante que se niega a retirarse del escenario: Cristiano Ronaldo.

Pero para Portugal, el debut no va solo de puntos ni de brillo individual. Va de duelo. Va de memoria. Va de Diogo Jota.

El fútbol se detuvo el día que el delantero de Liverpool y de la selección portuguesa murió en un accidente de tráfico junto a su hermano André Silva. La noticia, brutal, llegó apenas dos semanas después de que Jota se casara con su pareja de toda la vida, Rute Cardoso, madre de sus tres hijos. Un golpe que todavía resuena en Anfield, en la Cidade do Futebol y en cada rincón de un vestuario que perdió algo más que un compañero.

Varios jugadores de Liverpool han reconocido que esta temporada les ha costado concentrarse, que el juego se les hacía pequeño frente al tamaño de la ausencia. En Portugal ocurre lo mismo: el grupo aterriza en este Mundial con una doble carga sobre los hombros. La de un país que sueña con el título. Y la de un amigo que debería estar en esa foto de equipo.

Roberto Martínez lo dejó claro desde la convocatoria: Jota forma parte de este viaje. Fue inscrito como miembro honorífico de la selección y, como gesto simbólico, el primer ministro luso, Luís Montenegro, entregó a cada futbolista una pulsera con su nombre junto al de Jota. No es un detalle menor. Es una forma de decirle al grupo: “No está, pero viene con vosotros”.

El plan es sencillo y demoledor a la vez: Portugal saltará al campo en su estreno ante DR Congo luciendo esas pulseras. No es marketing. Es luto. Es compromiso.

“Se aseguraron de que fuera una muñequera que pudiéramos usar en el campo”, explicó Vitinha ante los medios. “Nos dejaron elegir si queríamos usarla o no, durante el día o durante el partido. La recibimos con mucho cariño y elegimos usarla”.

Ahí está el verdadero partido de Portugal. No solo competir por un Mundial, sino hacerlo con la sensación de que cada balón dividido, cada carrera, cada gol, pertenece también a Jota. “Sentimos esto y queremos ganarlo, no solo porque es un Mundial y es el sueño de todos, sino por él también”, dijo el centrocampista meses atrás a CNN Sports. La frase pesa. Y marca el tono del torneo para esta selección.

Ronaldo, entre la leyenda y la duda

El contexto emocional no oculta la otra gran historia del día: Cristiano Ronaldo vuelve a una Copa del Mundo. El tiempo le ha quitado velocidad, salto y continuidad, pero no le ha borrado el instinto. Ni el magnetismo.

Portugal llega con un centro del campo que asusta: Bruno Fernandes, Vitinha, Bernardo Silva y João Neves forman probablemente la sala de máquinas más completa del campeonato. Talento, ritmo, último pase, lectura táctica. La pregunta, casi inevitable, es si Ronaldo potencia ese núcleo o lo condiciona.

Su recuerdo más reciente en un Mundial no ayuda. En Qatar 2022 rindió por debajo de lo esperado y acabó perdiendo la titularidad. Pero sentarlo otra vez en un debut mundialista exige una valentía casi temeraria. Ayer Messi recordó al planeta que la clase no caduca. Ronaldo, que conoce como pocos el área rival, querrá escribir su propia réplica.

Enfrente, DR Congo no llega para hacer turismo. El equipo se sabe inferior en nombres, pero no en organización. Compacto, ordenado, difícil de abrir. Yoane Wissa será la gran referencia ofensiva, la válvula de escape y la amenaza que puede castigar cualquier exceso de confianza portuguesa. Si Portugal se desconecta emocionalmente, el golpe puede ser doble: en el marcador y en el ánimo.

El escenario, Houston Stadium (NRG Stadium), a la 1 p.m. ET. Un estadio de fútbol americano convertido en teatro de una noche que, pase lo que pase, quedará marcada por una ausencia.

Inglaterra-Croacia: viejos fantasmas, nuevas promesas

Horas después, el torneo ofrece uno de esos partidos que parecen escritos para la fase eliminatoria, no para una liguilla. Inglaterra contra Croacia, 4 p.m. ET, en Dallas Stadium (AT&T Stadium), Arlington. Una rivalidad moderna, cargada de cicatrices.

Inglaterra vuelve al Mundial con el equipaje de siempre: talento y presión. Sesenta años sin levantar el trofeo para un país que vive el fútbol como religión y terapia nacional. Esta vez, el seleccionador Thomas Tuchel ha preferido cohesión a cartel. Decisión fuerte: fuera de la lista nombres como Cole Palmer y Phil Foden, que muchos daban por fijos. Dentro, una columna vertebral que impresiona: Declan Rice, Jude Bellingham, Harry Kane. Suficiente para sostener la ilusión de un país entero.

El problema es el rival. Croacia se ha convertido en una especie de némesis para los ingleses. En 2018, los dejó fuera en semifinales. Y, a pesar del paso del tiempo, mantiene el mismo cerebro: Luka Modrić, 40 años y todavía dueño del tempo. Mientras él siga marcando el ritmo, la Vatreni tendrá argumentos para volver a incomodar a Inglaterra.

El partido no solo mide fuerzas. Mide nervios. Mide cuánto ha aprendido Inglaterra de sus tropiezos recientes y si ese discurso de “nuevo ciclo” realmente se traduce en personalidad en las grandes noches.

Messi, récords y normalidad

En paralelo a todo esto, Lionel Messi continúa reescribiendo la historia del torneo como si fuera rutina. Ante Argelia firmó su primer hat-trick mundialista y alcanzó a Miroslav Klose como máximo goleador en la historia de la Copa del Mundo. Lo dijo con humildad, como acostumbra, pero los números hablan solos.

Cinco de sus goles en Mundiales han llegado desde fuera del área, igualando el registro del brasileño Rivellino. Es el tipo de dato que en cualquier otro jugador sería un titular permanente. En él, casi parece una nota al pie de página.

Buenos Aires lo celebró como si fuera la primera vez. No lo es. Pero cada vez que Messi se adueña de un partido, da la sensación de que está empujando un poco más los límites de lo posible.

Ghana, Panamá y una oportunidad histórica

El tercer partido del día, a las 7 p.m. ET, en Toronto Stadium (BMO Field), enfrenta a Ghana y Panamá. Un duelo que, sobre el papel, no acapara focos, pero que puede cambiar la historia de una de las dos selecciones.

Panamá llega a su segundo Mundial con una deuda pendiente: sumar su primer punto. En 2018 se fue con tres derrotas, incluida una goleada 6-1 ante Inglaterra. Hoy, muchos aficionados panameños miran este estreno ante Ghana como la gran ocasión para romper esa barrera psicológica.

Ghana, por su parte, arrastra una herida abierta desde 2010. Aquel cuarto de final perdido de forma polémica frenó lo que parecía el despegue definitivo del país hacia la élite mundial. Desde entonces, no ha vuelto a superar una fase de grupos. Esta generación no tiene el arsenal ofensivo de otras épocas, pero se aferra a un nombre: Antoine Semenyo, delantero de Manchester City, llega encendido y ofrece la chispa que tanto necesita la selección.

La mala noticia para las Black Stars es la ausencia de Thomas Partey en el debut. El centrocampista, de 33 años, vio rechazada su solicitud de visado y un juez federal canadiense ratificó la decisión, según Associated Press. Partey, a la espera de juicio por cargos de violación en el Reino Unido, podrá disputar los otros dos partidos de la fase de grupos en suelo estadounidense, pero no estará en Toronto. Un golpe duro en la sala de máquinas ghanesa.

Uzbekistán se presenta ante un viejo zorro

El cierre de la jornada llega a las 10 p.m. ET en Mexico City Stadium (Estadio Azteca), con el debut mundialista de Uzbekistán ante Colombia. Último de los cuatro novatos en aparecer, el equipo asiático quiere ser el único de ellos en estrenar el torneo con victoria.

En el banquillo, un nombre que impone respeto: Fabio Cannavaro. El italiano, campeón del mundo en 2006, intenta trasladar su lectura defensiva a una selección que muchos aún miran con desconocimiento. No deberían. Los White Wolves tienen un líder claro en la zaga: Abdukodir Khusanov, 22 años, titular habitual en Manchester City y ya contrastado tanto en Premier League como en Champions League.

Del otro lado, Colombia llega con oficio y memoria mundialista. James Rodríguez, que deslumbró en 2014, continúa siendo el faro creativo. A su alrededor, un Luis Díaz en estado de gracia, uno de los jugadores más en forma del planeta esta temporada. La combinación entre la visión de James y la agresividad de Díaz por banda promete ser un examen brutal para la estructura uzbeka.

El Azteca, escenario mítico de tantas gestas mundialistas, se convierte en banco de pruebas para un debutante y en posible trampolín para una Colombia que, si se enciende pronto, puede convertirse en una de las selecciones más incómodas del torneo.

DR Congo, entre el sueño y la amenaza invisible

Mientras su selección se prepara para enfrentar a Portugal, DR Congo vive una realidad mucho más oscura lejos de los focos. Las autoridades sanitarias africanas han advertido que el brote de Ébola en el país podría convertirse en el “peor de la historia” de la zona si no se contiene. Más de 800 casos confirmados hasta el lunes. Una cifra que no es solo un número: es un recordatorio de que este Mundial convive con crisis que no salen en las tablas de goleadores.

La región afectada es remota, densamente poblada y golpeada por la inseguridad y emergencias humanitarias. Para complicarlo aún más, se trata de la variante Bundibugyo del virus, para la que no hay tratamientos ni vacunas específicos.

Estados Unidos ha reaccionado con restricciones de entrada y controles a pasajeros procedentes de DR Congo, Uganda y Sudán del Sur. De momento no se han detectado casos en territorio estadounidense, y la Organización Mundial de la Salud habla de riesgo muy alto en el DRC, pero bajo a nivel global.

Durante el Mundial, las autoridades sanitarias estadounidenses vigilan múltiples amenazas víricas. Ébola no figura como la principal preocupación: en fases tempranas no se transmite con facilidad y, cuando el paciente está lo bastante enfermo como para ser realmente contagioso, difícilmente puede desplazarse o asistir a un estadio.

Para DR Congo, sin embargo, el contexto es otro. El equipo llega al mayor escaparate del fútbol con la etiqueta de cenicienta deportiva y el peso de una emergencia sanitaria en casa. Jugará contra Portugal con la misión de competir, sí, pero también con la sombra de un país en alerta.

Y así arranca una jornada que mezcla épica, duelo, revancha y miedo. Un día en el que un brazalete en la muñeca portuguesa puede decir tanto como el marcador. Un día en el que veremos si este Mundial se escribe solo con goles… o también con la memoria de quienes ya no están para celebrarlos.