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La ausencia de Kubo y el desafío de Japón ante Brasil

La cinta adhesiva que sujeta la rodilla izquierda de Kubo Takefusa cuenta otra historia. Él dice: “Estoy bien”. El vendaje dice lo contrario.

En la víspera del duelo de octavos de final del Mundial entre Japón y Brasil, el genio de Real Sociedad apenas ha hecho algo más que trotar en solitario y ejercicios de rehabilitación desde que se lesionó en el empate inaugural ante Países Bajos. Dos partidos fuera, casi nada de fútbol real en las piernas y una incógnita enorme flotando sobre la concentración japonesa.

La respuesta oficial llegó en boca de Moriyasu Hajime. Directo, sin rodeos: Kubo no jugará contra Brasil. Un golpe seco para una selección que ha anunciado sin temblar que no solo se ve capaz de eliminar a la pentacampeona, sino que apunta a ganar el Mundial. Un país entero se quedará despierto hasta la una de la madrugada para ver el partido y, inevitablemente, para preguntarse: ¿y si…?

Un talento que cambia el pulso del equipo

Nadie dentro del vestuario duda de que Japón es mejor con Kubo que sin él. A sus 25 años, el zurdo aporta algo que el resto no tiene: chispa, desequilibrio, ese toque de magia que rompe partidos cerrados. En un torneo en el que ya se han caído por lesión Mitoma Kaoru, el capitán Endo Wataru y Minamino Takumi, Kubo había empezado a ocupar un espacio de liderazgo, tanto en el campo como en el ambiente del grupo.

Su ascendencia se notaba en los entrenamientos, en las charlas, en el modo en que el resto lo miraba cuando la pelota pasaba por su pie izquierdo. De repente, Japón se queda sin su faro creativo justo antes de enfrentarse a Brasil.

Moriyasu, sin embargo, no se permitió el lamento. “Espero una recuperación rápida y él está haciendo todo lo posible para ponerse a tono”, explicó en la rueda de prensa previa. El mensaje fue claro: no hay tiempo para la nostalgia, solo para la siguiente solución.

El fondo de armario como identidad

Ahí aparece la verdadera columna vertebral de esta selección: la profundidad de plantilla. Japón ha construido un equipo en el que las piezas se reemplazan sin que el nivel caiga en picado. No es teoría, es práctica. Moriyasu ha utilizado a 23 de sus 26 convocados; solo los dos porteros suplentes y un jugador de campo siguen inéditos.

El famoso “next man up” que tanto se repite en el deporte no es un eslogan vacío para Japón. Es una forma de vida. Les han ido cayendo figuras importantes y el equipo no se ha desmoronado. Se ha reconfigurado.

Sin Kubo, otros tendrán que asumir responsabilidades en la creación. No habrá un solo heredero, sino un reparto de tareas. Más balón para los interiores, más peso para los laterales, más movimientos entre líneas de los delanteros. Menos genialidad individual, más estructura colectiva.

Sin complejo ante Brasil

Y, pese a todo, miedo es una palabra que no aparece en el diccionario japonés estos días. Respeto, sí. Complejo, ninguno.

Cuando le preguntaron al delantero de Wolfsburg, Shiogai Kento, por las selecciones más fuertes de este Mundial, citó a Francia y Argentina. Brasil no entró en la lista. No fue un olvido inocente.

“Últimamente no se oye tanto hablar de Brasil”, soltó. Una frase que hace treinta años habría sonado a sacrilegio en el archipiélago.

Tampoco se encogió al escuchar el nombre de Neymar, el hombre que les ha marcado nueve goles en cinco partidos anteriores. “Ese es el Neymar de antes. Creo que ahora estamos bien”, respondió. Un mensaje directo al pasado: Japón ya no se arrodilla ante los viejos fantasmas.

De admiradores a aspirantes

Cuando nació la J.League hace 33 años, Brasil era el molde, la escuela, el sueño. Los jugadores japoneses miraban a la Seleção como a un modelo inalcanzable. El país entero se dejaba seducir por el Joga Bonito, por las camisetas amarillas, por los regates imposibles.

Aquel Japón era un alumno aplicado que quería parecerse al maestro. Este Japón es otra cosa. Compite en Europa, exporta talento, se mide sin temblar a las potencias tradicionales y se permite, incluso, cuestionar la jerarquía histórica.

Los comentarios de Shiogai habrían sido impensables en 1993. Hoy encajan con naturalidad en un vestuario que se siente preparado para discutirle el partido a cualquiera. También a Brasil. También sin Kubo.

La ausencia del ‘10’ no condena a Japón, pero sí le quita una carta ganadora. El plan ya no pasa por esperar el chispazo de su zurda, sino por una actuación coral perfecta, por minimizar errores y castigar cada resquicio que deje una Brasil que ya no intimida como antes, pero que sigue teniendo colmillo.

La nación estará pegada al televisor, entre cafés y suspiros, pendiente de cada carrera, de cada choque, de cada gesto de un equipo que ha decidido dejar de mirar hacia arriba y empezar a mirar de frente. Falta Kubo. Sobra miedo.

Lo que ocurra en la noche contra Brasil dirá si Japón ha dado, por fin, el salto definitivo del respeto a la irreverencia.