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Crystal Palace y Newcastle: Banquillos al borde del nervio

En Selhurst Park se masca la inquietud. Diecisiete goles encajados en siete jornadas de Premier League no es el arranque que Pierre Sage ni la cúpula de Crystal Palace imaginaron cuando despidieron a Oliver Glasner y apostaron por un giro de estilo. El cambio de la pizarra pragmática del austríaco, con su 3-4-2-1 de contraataque, al plan mucho más agresivo del técnico francés ha dejado al desnudo todas las grietas defensivas del equipo. La goleada sufrida en Brighton fue algo más que una mala tarde: sonó a aviso de incendio.

La afición se había acostumbrado a vivir bien con Glasner, a celebrar títulos –tres en doce meses– y a mirar hacia arriba. Hoy mira hacia abajo, hacia ese pozo del que nadie quiere oír hablar en octubre: la zona de descenso. Incluso las dos victorias ligueras de la era Sage, ante Fulham y Nottingham Forest, dejaron la sensación de que el resultado pudo girar en cualquier dirección. En el sur de Londres algo chirría, y todo el mundo lo percibe.

En Newcastle el diagnóstico es más complejo. Demasiadas entradas y salidas en muy poco tiempo, demasiadas piezas nuevas como para exigir automatismos inmediatos. Cualquier equipo que vende en un solo verano a sus tres mejores futbolistas –Sandro Tonali, Anthony Gordon y Bruno Guimarães– asume turbulencias. Ocho fichajes, cuatro de ellos con 20 años o menos y ninguno por encima de los 24, con solo uno, Nico González, con experiencia previa en la Premier League. A eso se suma un nuevo entrenador, un cuerpo técnico prácticamente rehecho y un cambio de estilo a tres semanas del inicio. Las dificultades de arranque no sorprenden; inquieta más la forma en la que se están manifestando.

Sage, al límite; Jaissle, con la luna de miel agotada

En Palace, la presión sobre Sage ya no es un rumor, es una realidad. Tras el bochorno de Brighton, el francés recibió un mensaje claro desde los despachos: o mejora rápido o se acaba el experimento. Steve Parish, el presidente, sigue sin estar convencido del hombre que levantó la Copa de Francia con Lens la temporada pasada y ha exigido, de manera explícita, un salto inmediato en solidez defensiva.

El empate digno ante Besiktas en la Europa League ha dado algo de oxígeno, pero el partido del domingo ante Newcastle se ha convertido en una especie de examen final. En los pasillos ya suenan nombres: Thomas Frank y Kieran McKenna aparecen como candidatos serios si el club decide cortar por lo sano. El caso de McKenna no sería sencillo: Ipswich tendría derecho a una compensación importante pese a su salida de Portman Road en verano, un obstáculo nada menor.

En Tyneside el ambiente es distinto, pero el tono también ha cambiado. Dentro del club, apenas se habla de presión sobre Matthias Jaissle. Fuera, la luna de miel ha terminado. Newcastle pagó 9,5 millones de libras a Al-Ahli para sacar al alemán de Arabia Saudí, convencido de que su “fútbol vertical” encajaba como un guante con el proyecto. David Hopkinson, director ejecutivo, y Ross Wilson, director deportivo, están encantados con su manera de gestionar el vestuario, especialmente con su perfil colaborativo.

Saben que llegó tarde, sin una pretemporada real, con una lista de lesionados que no deja de crecer. Aceptan la idea de un curso de “subidas y bajadas”. Pero los dueños saudíes quieren volver a Europa cuanto antes. Y una parte significativa de la grada ve otra cosa: un fútbol que consideran rudimentario, balones largos disfrazados de concepto, decisiones tácticas discutibles y alineaciones que no terminan de convencer. Temen que el técnico sea prisionero de su propia idea.

Decisiones que pesan

Sage no es solo víctima del contexto. También ha tomado decisiones que han debilitado al equipo. Bajo Glasner, Palace parecía un bloque reconocible, campeón de tres títulos en un año. Hoy esa imagen se ha difuminado. El francés chocó con Parish tras no conseguir varios de sus objetivos prioritarios en el mercado, pero fue él quien decidió romper el eje Adam Wharton–Daichi Kamada en el centro del campo al cerrar el fichaje de Quinten Timber sobre la bocina.

El holandés, ausente en Turquía por lesión, ha aportado energía y Kamada ha brillado en una posición más adelantada. El problema está detrás. Wharton sufre sin la ayuda cercana del japonés, y el equipo se ha resentido. Ante Besiktas, con Wharton y Kamada juntos desde el inicio, el equipo recuperó solidez y orden. Esa sociedad fue la base del éxito de Glasner. Si Sage quiere frenar la sangría, todo apunta a que tendrá que aparcar experimentos y volver a lo que funcionaba.

Jaissle, por su parte, insiste en un 4-2-3-1 atrevido, casi temerario, con un clásico número 10 que su plantilla, sencillamente, no tiene. Esa carencia se nota. El dibujo deja demasiados metros por cubrir a González, mediocentro de contención obligado a tapar fuegos por todas partes. Con Malick Thiaw y, sobre todo, Sven Botman sufriendo en el eje de la zaga, el equipo pide a gritos una estructura más estable, quizá un 3-5-2 que proteja mejor a los centrales.

Más que un cambio de dibujo, lo que parece urgente es un giro de enfoque: pasar de la exposición constante al control, de la presión alta permanente a un plan más de contención y contraataque que explote la velocidad demoledora de sus atacantes. Hoy, las ideas de Jaissle se ven excesivamente arriesgadas para una defensa que no transmite seguridad. Newcastle encadena 13 partidos de liga sin dejar la portería a cero, igualando un récord negativo del club. Seis de esos encuentros pertenecen a la etapa de Eddie Howe, pero la racha ya pesa sobre el nuevo técnico.

Plantillas desequilibradas, mercados caóticos

El final de mercado en Palace fue un ejercicio de improvisación. Salió Maxence Lacroix rumbo a Chelsea y Sage se quedó con una defensa sin líderes claros. Llegó Axel Disasi cedido desde Stamford Bridge, acompañado por el prometedor adolescente italiano Honest Ahanor, pero el central francés vio la roja por una entrada temeraria ante Ipswich y cumplirá ahora una sanción de tres partidos. Justo cuando más falta hacía su experiencia.

Parish y el director deportivo, Matt Hobbs, quedan en el foco. No llegó ese central veterano que diera jerarquía al área propia, y el técnico se encuentra con una plantilla amplia en número, pero corta en voces de mando atrás. Hobbs, de hecho, también ve su puesto bajo la lupa. Como si no bastara, Sage ha tenido que gestionar el descontento de dos atacantes clave: Ismaïla Sarr y Jean-Philippe Mateta dejaron claro en verano que querían salir de Selhurst Park. No se fueron. Y el reto ha sido reconvertir esa frustración en rendimiento.

En Newcastle, buena parte de lo que sufre Jaissle tampoco depende de él. Llegó tarde al proceso y tuvo un papel limitado en la elección de los ocho fichajes cerrados por Wilson. Ha decidido, casi de inmediato, que Aladji Bamba, llegado por 34 millones de libras desde Monaco, y Bazoumana Touré, 43 millones desde Hoffenheim, aún no están listos para el ritmo de la Premier League. Matias Fernandez-Pardo, extremo veloz fichado de Lille por 51 millones, también necesita tiempo para adaptarse.

La política de apostar casi exclusivamente por jugadores menores de 25 años deja un vestuario con talento, pero corto de líderes naturales. Y en un calendario tan exigente, esa ausencia de jerarquía se nota. Queda en el aire hasta qué punto la intensidad de los entrenamientos de Jaissle influye en la larga lista de lesionados, con nombres importantes como Anthony Elanga, Tino Livramento y Jacob Ramsey fuera de combate. Pero la sensación es clara: el alemán dirige un equipo que aún no se conoce a sí mismo.

Un partido que pesa distinto, pero pesa

Para Sage, el duelo del domingo es enorme. El punto en Estambul dejó señales alentadoras: Mateta marcó en su primera titularidad desde la jornada inaugural y el equipo mostró por fin una estructura reconocible. Tres puntos ante Newcastle no solo aliviarían la clasificación; rebajarían el ruido alrededor del banquillo y reforzarían el mensaje de que el proyecto tiene arreglo.

El historial reciente en Selhurst Park invita a cierto optimismo: Palace no pierde en casa ante Newcastle desde noviembre de 2020. Pero el matiz es importante. El equipo de Jaissle ha tenido más tiempo para preparar el choque y llega con la urgencia silenciosa de quien necesita, como mínimo, una actuación convincente.

Para Newcastle, 11º en la tabla, no es una final. El calendario ofrece margen. Sin embargo, las formas importan. Después del 4-1 encajado en Coventry y de la derrota por 1-0 en casa ante Aston Villa, un triunfo fuera de casa serviría como bálsamo. Reforzaría la confianza de un vestuario joven, calmaría el debate sobre el estilo de juego del alemán y, sobre todo, enfriaría el ruido permanente de las redes sociales.

Entre el miedo al descenso y la ambición europea

Palace mira sus cuentas con la misma atención que su clasificación. El verano dejó un beneficio neto cercano a los 40 millones de libras en traspasos, la segunda cifra más baja de gasto neto en la Premier League, solo por detrás de Aston Villa. Sobre el papel, una gestión prudente. En la práctica, un riesgo si el equipo se acerca demasiado al abismo.

El club cuenta con propietarios estadounidenses cuyo patrimonio conjunto se estima en unos 10.000 millones de libras. Pero Parish admitió el mes pasado que sigue buscando financiación extra para la nueva grada principal de Selhurst Park. Woody Johnson, Josh Harris y David Blitzer estarían abiertos a vender sus participaciones, y Palace ha recurrido a Raine Group para atraer nueva inversión. Con ese escenario, el descenso no es solo un trauma deportivo: sería un golpe estructural al proyecto.

La apuesta por Sage se sostiene en un argumento claro: en Lens demostró que sabe construir un equipo ganador. Necesita tiempo, continuidad, una línea clara. El problema es que la Premier League rara vez concede paciencia a los entrenadores que viven permanentemente al borde del precipicio.

En el otro banquillo, Jaissle pelea por algo distinto pero igual de exigente: convencer a un club ambicioso de que su idea puede llevar a Newcastle de vuelta a Europa sin traicionar la identidad de un equipo que, hasta hace poco, se sentía cómodo golpeando al espacio y defendiendo con colmillo. Entre la ansiedad por no caer y el deseo de escalar, Selhurst Park se prepara para un partido que puede no decidir la temporada, pero sí marcar el tono de lo que viene. ¿Quién se atreverá a seguir fiel a su plan cuando el marcador empiece a dictar sentencia?