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Gianni Infantino debe dejar la presidencia de FIFA

No hay margen para rodeos ni fórmulas diplomáticas. Gianni Infantino debe dejar la presidencia de Fifa o ser apartado por la vía legal. No puede haber nuevas oportunidades para un dirigente que ha dinamitado la confianza en la integridad y la gobernanza del fútbol, arrastrando por el suelo la poca credibilidad que le quedaba al organismo que tutela el deporte más querido del planeta.

El sábado por la mañana llegó la humillación pública. Infantino se vio obligado a admitir el fracaso de su plan para vender porciones de la Copa del Mundo a inversión privada, el polémico proyecto bautizado como Fifa Forward Enterprise (FFE), y trató de recomponer el relato hablando de “reanudar el diálogo sobre el crecimiento del fútbol, en el espíritu de un interés compartido por nuestro juego”. Un intento desesperado de salvarse. Una maniobra de supervivencia política. Pero la maniobra no puede sostenerse. Cada día que Infantino permanece en el cargo es una nueva mancha sobre una institución cuya reputación ya está por los suelos.

El simple hecho de lanzar de forma unilateral el esquema FFE –que pretendía colocar una enorme cuota de influencia sobre el futuro del fútbol en manos de fondos de capital riesgo– bastaría para tumbar a la mayoría de los líderes de cualquier organismo serio. En su caso, es solo un capítulo más. Su historial va mucho más allá. Ha ridiculizado de manera sistemática los propios estatutos y normas de gobernanza de Fifa, así que nadie debería sorprenderse de que la paciencia se haya roto en los pasillos de poder de todo el mundo. El eslogan “football unites the world” nunca sonó tan vacío.

Los estatutos, sin embargo, son claros. El artículo 10.3, referido específicamente a la presidencia, exige al mandatario garantizar que “los objetivos, la misión, la dirección estratégica, las políticas y los valores de Fifa se persiguen, protegen e implementan de manera sostenible, y que se fomenta una imagen positiva de Fifa”. También habla de “promover relaciones amistosas y pacíficas dentro de Fifa”. Una declaración casi sarcástica a la luz del momento actual, con federaciones y altos cargos marcando distancias con Infantino en los últimos días.

En ninguna parte las reglas otorgan carta blanca para perseguir proyectos privados paralelos, muchos de ellos, en su versión más reciente, alineados con la actual administración de Estados Unidos o sus satélites, presentados sin apenas apetito por la supervisión ni por la transparencia.

¿Dónde empezó a desbordarse todo? El caso Folarin Balogun empujó a muchos dirigentes de peso, especialmente en Europa, al límite de su tolerancia. Ya existía perplejidad y repulsa tras la entrega, en diciembre, de un nuevo “premio de la paz” de Fifa a Donald Trump, un galardón presentado con escasa información sobre el proceso y con datos muy discutibles sobre los supuestos méritos del presidente estadounidense. A eso se sumó la frustración de numerosos actores del juego por la falta de consulta en la introducción de las “pausas de hidratación”, una modificación que tocó la estructura misma de los partidos en el Mundial de este verano.

La sensación de descontrol se agudizó con el insólito proceso acelerado de candidatura para el Mundial 2034, que terminó con la propuesta de Arabia Saudí siendo prácticamente bendecida en diciembre de 2024, entre críticas generalizadas. Y la lista solo abarca los últimos 20 meses de controversias bajo el mandato de Infantino, coronadas el viernes con las revelaciones de que los planes para un Mundial de 64 selecciones ya están en marcha.

El sábado, el golpe llegó desde el corazón de Europa. Un durísimo comunicado de Uefa exigió el fin de los “planes secretos con calendarios exprés, cocinados por individuos sin rostro y de dudoso beneficio para el juego”. No se trataba solo del proyecto FFE ni de su forma de arrinconar a otros órganos de decisión dentro de Fifa. Era una enmienda a la totalidad a un estilo de gobierno.

Se ha alcanzado una masa crítica. Tras más de un año de palabras gruesas, Uefa dio el paso que muchos reclamaban: acción fuerte y unida. La confederación europea se comprometió a boicotear futuros torneos de Fifa si Infantino no retiraba su plan. Ese desafío directo influyó de forma decisiva en el desenlace. Para Aleksander Ceferin, presidente de Uefa, la victoria política puede marcar su mandato. Pero corre el riesgo de quedarse en anécdota si Infantino, que en los últimos días habría recurrido a una gran consultora para suavizar relaciones con las federaciones, recibe oxígeno para lanzar nuevas promesas y volver a seducir a quienes siempre acaban regresando al statu quo.

En Nyon y más allá existe el convencimiento de que no se puede aflojar el ritmo. Altos cargos son tajantes: Infantino no debe sobrevivir a este escándalo. Algunas voces internas apuntan ya el siguiente paso clave: que las asociaciones miembro, la inmensa mayoría de las cuales había prometido formalmente su apoyo a la reelección de Infantino el próximo marzo, retiren esas cartas de respaldo.

Ese gesto pasa por una solicitud a Fifa pero, si se produce en número suficiente, equivaldría en la práctica a un voto de no confianza. Fifa presionó con fuerza para lograr esas adhesiones, y muchas federaciones quedarían en evidencia si su declaración de fidelidad a Infantino se hiciera plenamente pública ahora.

Las asociaciones miembro tienen la obligación de no encogerse ante amenazas existenciales a su deporte. Si lo hacen, se colocan al nivel del propio Infantino en el daño que infligen al juego. Retroceder en este momento sería dejar el trabajo a medias, en el mejor de los casos.

Uefa, por su parte, ya ha prometido diseñar un nuevo método de distribución de la riqueza generada por Fifa, tirando de las reservas de efectivo multimillonarias sin “vender la vajilla de plata de la familia”. Entre bastidores, sigue trabajando con otras confederaciones para identificar candidatos creíbles que puedan relevar a Infantino, con la vista puesta en las elecciones si el suizo logra aferrarse al cargo hasta entonces. La crisis actual ofrece una oportunidad única para rehacer el fútbol sobre bases más sólidas, pero solo si Infantino no sigue sentado en la silla desde la que se pronuncia la última palabra.

La alternativa es clara y sombría: que Fifa, y con ella el propio juego, continúe tambaleándose de desastre en desastre. Y no hay nada cómico cuando la conversación pública sobre el fútbol gira casi por completo en torno a un solo hombre, su ego y sus aventuras más temerarias.