Gianni Infantino y el freno de FIFA a su negocio comercial
La semana empezó con Gianni Infantino exhibiendo músculo: el presidente de FIFA que había convertido el último Mundial masculino en un negocio de 15.000 millones de dólares y que se encaminaba, sin oposición a la vista, hacia otro mandato en 2027. Terminó con un frenazo en seco, una rectificación pública y su liderazgo seriamente cuestionado.
El plan estrella, bautizado FIFA Forward Enterprises (FFE), ya está muerto. Y lo ha matado el propio Infantino.
El giro de 180 grados
Tarde en la noche del viernes, con el fuego político ya desatado, FIFA difundió un comunicado con la voz del presidente. Infantino, bajo presión como nunca desde que llegó al cargo en 2016, reconoció que el proyecto para vender una participación minoritaria del negocio comercial y de eventos había partido el fútbol por dentro.
“Tras escuchar atentamente todos los puntos de vista, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de una naturaleza que, independientemente del nivel de apoyo, ya no están en línea con el objetivo fijado desde el principio”, dijo. “Nuestro propósito siempre ha sido —y siempre será— unir y mejorar. Como resultado, esta propuesta no seguirá adelante”.
Era el final de un plan que pretendía vender el 21 por ciento de FFE a inversores externos, con la idea de gestionar desde esa nueva entidad los grandes torneos: Mundiales, Mundiales de Clubes y otros eventos centrales del calendario FIFA.
El objetivo económico impresionaba: 4.200 millones de dólares de entrada, que se convertirían en dinero fresco para las 211 asociaciones miembro a través de un nuevo mecanismo, el FIFA Fast-Forward Programme (FFFP). Sobre el papel, el desarrollo del fútbol habría superado los 10.000 millones de dólares en el próximo ciclo de cuatro años.
Sobre el papel.
Rebelión continental
En la práctica, el plan encendió todas las alarmas. UEFA fue la primera en levantar la voz con contundencia: sus 55 federaciones amenazaron con boicotear todas las competiciones FIFA, incluidos los Mundiales, si la propuesta seguía sobre la mesa. No era una advertencia retórica. Era una línea roja.
Concacaf se alineó. La confederación de Norte y Centroamérica y el Caribe se sumó al rechazo. Poco después, la Confederación Asiática (AFC) también se declaró en solidaridad con ambas. Entre las tres suman 137 de las 211 asociaciones miembro de FIFA. Una mayoría política evidente.
FIFA respondió inicialmente con firmeza. En un comunicado difundido el viernes por la mañana en Europa, el organismo insistió en que “nadie está vendiendo el fútbol” y aseguró que, aunque “reconoce y respeta los comentarios y preocupaciones expresados en público”, seguiría adelante con el proyecto, reafirmando su compromiso con una “consulta abierta y democrática”.
La resistencia duró unas horas.
Cuando AFC hizo pública su postura junto a UEFA y Concacaf, el equilibrio de fuerzas cambió. Infantino ya no se enfrentaba solo a una Europa combativa; se quedaba expuesto ante un bloque intercontinental capaz de tumbar su iniciativa en el Congreso de FIFA y, lo que es más delicado, de erosionar su autoridad.
La revuelta interna
El terremoto no vino solo de fuera. También llegó desde dentro de la propia casa.
Primero dimitió Carlos Cordeiro, asesor de Infantino. Se marchó dejando una crítica sin matices: calificó el proyecto como “un mal negocio para las asociaciones miembro de FIFA, un mal negocio para el fútbol y un mal negocio para el futuro a largo plazo del juego”.
Después habló Kevin Lamour, director de operaciones de FIFA. En declaraciones a Associated Press, aseguró que el personal había sido “engañado” por Infantino y confesó que dormiría mejor tras hacer pública su opinión, aunque le costara el puesto. Y fue más allá: “Es el proyecto de una sola persona. No solo no debe seguir adelante… ha llegado el momento de que los líderes políticos del fútbol se hagan las preguntas correctas y tomen las decisiones correctas”.
Cuando los tuyos empiezan a hablar así, el problema ya no es un plan de negocio. Es tu propia presidencia.
Mientras tanto, Thrive, la firma de capital riesgo de Joshua Kushner, no se había retirado del acuerdo. Pero la discusión dejó de ser financiera en el momento en que la cúpula de FIFA decidió apagar la máquina y cancelar la operación.
El dinero que nunca llegará
El diseño del proyecto incluía un sistema de incentivos que también encendió críticas. Aunque las asociaciones que votaran en contra de FFE habrían seguido recibiendo fondos —20 millones de dólares en el ciclo 2027-30, 22 millones en 2031-34 y 24 millones en 2035-38, incluso si nunca se vendía una participación a inversores privados—, las que apoyaran el plan duplicarían la cifra en el primer ciclo: 40 millones entre 2027 y 2030.
La lectura era evidente: un intento de premiar la lealtad política en un momento clave, justo cuando se aproximan las elecciones de 2027.
FIFA necesitaba una mayoría de sus 211 asociaciones miembro y el visto bueno del Consejo de FIFA, compuesto por 37 miembros, entre ellos Infantino y ocho vicepresidentes. Con UEFA, Concacaf y AFC alineadas en contra, el margen de maniobra se estrechó hasta casi desaparecer.
CONMEBOL, por su parte, evitó una ruptura frontal, pero marcó territorio. En un comunicado, la confederación sudamericana no rechazó explícitamente el plan, aunque dejó un mensaje nítido: las decisiones financieras y comerciales “deben servir siempre a los intereses del fútbol y nunca anteponerse a su esencia”.
Horas después, FIFA retiró el proyecto por completo. Todo fuera de la mesa.
Infantino, de hombre fuerte a presidente cuestionado
En las reuniones de UEFA y Concacaf del jueves, según avanzó The Athletic, ya se había puesto sobre la mesa una cuestión que hasta hace poco parecía impensable: el futuro de Infantino al frente de FIFA.
El presidente, que sucedió a Sepp Blatter en febrero de 2016, era hasta hace nada el gran favorito para seguir en el cargo tras las elecciones de marzo de 2027. Muchas federaciones ya habían enviado cartas de apoyo formal a su candidatura. La sensación era de continuidad casi automática.
Eso ha cambiado.
Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, lo resumió con frialdad en declaraciones al diario VG: su impresión es que Infantino “ha perdido una gran parte de la confianza”. Noruega ya se había negado a apoyarle en la última votación y mantenía el escepticismo. “Hay muchas cosas buenas en FIFA —añadió—, pero si se adopta una actitud laxa con los principios de gobernanza y las normas, se pierde la confianza muy rápido”.
El episodio FFE ha sido algo más que un tropiezo estratégico. Ha sido una humillación pública. Infantino arrancó la semana como el dirigente que prometía multiplicar los ingresos y regar de dinero a las federaciones. La termina como el presidente que ha tenido que dar marcha atrás ante una rebelión política, un boicot en ciernes y una revuelta interna.
La batalla de las ideas se transformó en una batalla por su propio puesto. Y, esta vez, Infantino ha optado por salvarse a sí mismo antes que salvar el proyecto.
Las normas electorales marcan el siguiente hito: las candidaturas para la presidencia deben presentarse antes de noviembre. Las cartas de apoyo que ya estaban en la mesa pueden no ser tan sólidas como parecían hace apenas unos días.
La pregunta ya no es si habrá rivales en 2027. La cuestión es cuántos se atreverán a desafiar al hombre que acaba de descubrir que, en FIFA, el poder también se puede perder de la noche a la mañana.






