Jackie Bachteler: De la UCI al banquillo de Burnley
En diciembre, Jackie Bachteler llegó a Burnley con una maleta, un proyecto ilusionante y la sensación de estar dando el gran salto de su carrera. Nueve meses después, se prepara para sentarse por primera vez en el banquillo de Turf Moor como entrenadora del equipo femenino… sabiendo que, por muy dramático que suene, podría no estar viva para contarlo.
El domingo, Burnley recibe a Sunderland en la Women’s Championship a las 14:00, en un día cargado de simbolismo: coincide con el Día Mundial de la Sepsis. Para Bachteler, no es una efeméride más. Es el recordatorio de la noche en la que creyó que “esto es todo”.
De San Diego a la UCI
La historia arranca en San Diego. Desde allí se mudó a Inglaterra en diciembre de 2025 para incorporarse al cuerpo técnico de Burnley, con funciones en el primer equipo femenino y en la academia masculina. Cambio de país, de clima, de ritmo. Jet lag, entrenamientos, planificación. Lo habitual en una vida de fútbol.
Durante unas semanas, pensó que el cansancio y un resfriado eran el peaje lógico de la adaptación. Hasta que una mañana, al entrar en la ciudad deportiva, el cuerpo le lanzó una señal brutal.
“Entré en la sala y todo empezó a dar vueltas”, recuerda. Buscó aire fresco, pero le costaba respirar. No era un mareo cualquiera. No era un mal día.
Pidió al instante ver al médico del club. El doctor del equipo masculino estaba allí, la examinó y los números empezaron a caer: la tensión arterial se desplomaba, la saturación de oxígeno estaba por los suelos. De inmediato, ambulancia y hospital.
En el trayecto, Bachteler solo tenía una idea fija: miedo. “Pensé que me iba a morir. Tenía esa sensación en el cuerpo de ‘ya está, se acabó’. Sabía que algo iba muy mal”, contó a la BBC.
En urgencias le trataron los pulmones y, durante unos minutos, pareció que el peligro remitía. Incluso intentaron darle el alta. Pero ella se plantó. Sabía que no estaba bien. Exigió más pruebas.
Tenía razón.
Le volvieron a tomar la tensión. Cayó en picado. Ya no podía caminar. Mareos extremos, confusión, manchas en la piel. Un análisis de sangre disparó todas las alarmas: “De repente, cuatro o cinco médicos venían corriendo hacia mí. Me pusieron dos vías con fluidos y antibióticos, y una mascarilla de oxígeno”.
Diagnóstico: sepsis. Una infección descontrolada atacando su organismo.
Sola, conectada a máquinas y aprendiendo a caminar
La ingresaron en la UCI durante varios días. Cada 20 minutos, análisis de sangre. Controles constantes de órganos. Una batalla a contrarreloj.
Su familia, en Estados Unidos, no podía volar. Su esposa, en Finlandia, atrapada por una tormenta de nieve. Jackie, sola en un hospital inglés, sin entender del todo qué estaba pasando con su propio cuerpo.
“El tercer día intenté ponerme de pie y no pude. Las enfermeras me dijeron que no caminara. Cuando te dicen eso, sabes que es serio”, relata. El día a día se redujo a tratamientos pulmonares, fluidos, antibióticos, ayuda para ir al baño. Dependencia total.
“Estuve muy cerca de enfrentarme de verdad a mi propia mortalidad. Eso te cambia la perspectiva de la vida”.
La recuperación fue lenta, dolorosa. Tuvo que reaprender a caminar. Su carrera como entrenadora quedó en pausa. Mientras sus compañeras entrenaban y competían, ella peleaba por recuperar fuerzas, movilidad, algo de normalidad.
Burnley la reabrió las puertas en julio, esta vez como nueva entrenadora del primer equipo femenino. El regreso fue una victoria personal. Pero no un punto final.
Mareos en el banquillo y un sistema nervioso roto
La sepsis se fue, pero dejó huella. Bachteler convive con un síndrome post-sepsis que le provoca mareos frecuentes y una fatiga extrema. El cuerpo le recuerda a diario lo que ha pasado.
En un amistoso de pretemporada, hace apenas unas semanas, el sol daba de lleno en el banquillo. El calor era sofocante. En la segunda parte, al levantarse para dar instrucciones, el mundo volvió a tambalearse.
“Fue como cuando has bebido demasiado vino, te levantas y dices ‘¡wow!’. Estaba mareadísima”, explica. Dio las indicaciones, habló con el equipo… y luego se fue directa a la cafetería del recinto.
“Les dije: ‘¿Puedo sentarme en vuestro congelador?’ Solo necesitaba calmarme”. Se sentó, el cuerpo desbordado, y rompió a llorar. “Mi sistema nervioso sigue recuperándose. Ha sido realmente, realmente duro”.
A día de hoy sigue con terapia respiratoria para mejorar la función pulmonar. Arrastra fatiga, niebla mental, pérdidas de memoria, temblores cuando se exige demasiado y esos mareos que aparecen sin avisar.
Aun así, se siente en camino: “Estoy en un buen punto. Soy un 70-80% Jackie otra vez, y eso es gracias al club, a los doctores y al NHS. Pero estuvo muy cerca. Si me hubiera ido a casa ese día cuando urgencias intentó mandarme de vuelta, hoy no estaría aquí”.
El abrazo de Burnley y el golpe a la familia
Bachteler no duda al señalar al club como parte clave de su supervivencia. Asegura que los médicos de Burnley “le salvaron la vida” y la pusieron en contacto con un especialista respiratorio. El cuerpo técnico que la rodea, dice, ha sido “fenomenal”, asumiendo tareas y permitiéndole dosificar esfuerzos.
También la plantilla se ha volcado con ella. Mensajes, apoyo, comprensión. Un entorno que ha entendido que su entrenadora no lucha solo por puntos en la tabla, sino por recuperar su propio cuerpo.
El coste emocional, sin embargo, ha sido enorme. Para ella y para los suyos.
En mayo, sus padres volaron desde Estados Unidos para verla. Fueron a comer el típico Sunday roast. El restaurante estaba lleno, ruidoso. El mareo volvió.
“Me puse muy mareada y ellos lo vieron. De camino de vuelta, empecé a temblar y no sabía dónde estaba”, recuerda. Sus padres rompieron a llorar en la calle. “Creo que fue incluso más duro para ellos. Me emociono cada vez que hablo de mi familia en todo esto”.
Cuando su esposa por fin pudo viajar y verla en el hospital, la escena fue igual de dura. “Se echó a llorar al verme por la cantidad de peso que había perdido. Yo soy muy atlética, muy en forma, y de repente no podía ni bajar las escaleras sin que ella me sujetara”.
El fútbol, en su sitio
Desde que volvió a los campos, Bachteler sale cada día de la ciudad deportiva con la misma idea: agradecimiento. Siente que le han dado una segunda oportunidad. Y que el fútbol, aunque siga siendo el centro de su vida profesional, ya no puede ocupar el mismo lugar en su escala de prioridades.
“Una derrota es una derrota. Creo de verdad en lo que hago y en la gente con la que lo hago. Ahora, lo peor que puede pasar es que perdamos un partido”, admite. Después de haber rozado la muerte, el marcador ha dejado de ser una cuestión de vida o muerte.
Esa experiencia convierte el partido del domingo en algo más que un simple estreno en Turf Moor. Es una declaración de resistencia. Y también una plataforma.
Usar el banquillo como altavoz
Hasta que enfermó, Bachteler apenas sabía qué era la sepsis. “Me di cuenta de que es una de las principales causas de muerte. Ni siquiera sabía lo que era antes. Pensaba que era algo que escuchabas en ‘Grey’s Anatomy’”, confiesa.
No entendía la gravedad, ni lo fácil que es que pase desapercibida, incluso para profesionales sanitarios. “La cantidad de gente afectada me dejó en shock. Es un asesino silencioso”.
Por eso quiere convertir el foco del fútbol en herramienta de concienciación. Quiere que la gente reconozca los síntomas, que no los minimice, que pida ayuda. Y que los supervivientes sepan que no están solos.
“Más del 50% de los supervivientes tienen síndrome post-sepsis”, subraya. Ella es uno de esos casos. Y el domingo, cuando salga al césped de Turf Moor, lo hará con esa estadística en la cabeza.
Estará de pie, en la línea de banda, haciendo lo que siempre soñó: dirigir un equipo profesional, vivir cada jugada, cada decisión. Sabiendo que, hace menos de un año, eso era casi imposible.
“Estar en el campo, haciendo algo que amo, algo con lo que he soñado cada día, y saber que casi no llego a vivirlo… que sea precisamente en el Día Mundial de la Sepsis tiene algo de poético”.
El fútbol le devuelve el pulso. Ella, desde el banquillo, quiere que ese pulso se convierta también en una señal de alarma para miles de personas que aún no saben que la palabra que puede salvarles la vida se llama sepsis.






