Mario Balotelli y su problemática etapa en Liverpool
Rickie Lambert volvió a Liverpool en el verano de 2014 con la ilusión de su vida. Regresaba al club de su infancia, justo después de la marcha estruendosa de Luis Suárez a Barcelona. Era su segunda oportunidad en Anfield, la ocasión de demostrar que aquel chaval al que habían descartado de joven sí tenía nivel para vestir de rojo.
Ese mismo verano llegó Mario Balotelli. Ocho años más joven, fama mundial, un historial tan brillante como caótico en Manchester City e Inter de Milán. Brendan Rodgers los imaginaba como la nueva dupla ofensiva de los Reds. La realidad fue muy distinta.
Desde el primer día, sus mundos chocaron.
Lambert, trabajador, obsesionado con aprovechar cada sesión. Balotelli, imprevisible, con esa mezcla de talento descomunal y desinterés que ya le perseguía. En los partidos, al principio, el italiano lo daba todo. En los entrenamientos, otra historia.
En el podcast Straight From the Off, Lambert lo recordó sin rodeos: Mario, dijo, era “un buen chico, infantil pero contagioso”. Pero en cuanto pisaba el césped de Melwood, se transformaba. Contestaba a Brendan Rodgers, bajaba la intensidad, desconectaba. Y eso, para alguien como Lambert, era insoportable.
No le molestaba tanto que Balotelli jugara por delante de él. Al menos al principio. Él confiaba en ganarse el sitio. Lo que le golpeó fue ver cómo alguien con ese talento se dejaba llevar en los entrenos… y aun así seguía saliendo de titular. “Me afectó un poco”, admitió. Un “poco” que en realidad fue mucho.
Hasta el punto de pedirle directamente al entrenador que no lo pusiera más en su mismo equipo en los partidillos. “Tuve que ir y decirle a Brendan: ‘No me pongas más en su equipo’”, contó Lambert. Según él, Steven Gerrard ya había hecho una petición similar. No era un simple choque de caracteres: el ambiente se enrarecía.
La frustración de Balotelli no solo se veía en sus gestos o en sus palabras. También en acciones que dejaban a todos boquiabiertos. Un informe de The Standard en agosto de 2015, poco antes de su cesión de vuelta al AC Milan, relataba una escena que definió su paso por Anfield.
Partidillo de 10 contra 10 en Melwood. Balotelli estaba en el equipo “débil”, el de los suplentes, preparando un duelo de Premier League contra Arsenal. El juego se le atragantaba, las cosas no salían, la frustración subía. De repente, balón en el centro del campo. Levanta la cabeza. Y suelta un disparo brutal desde la mitad del terreno.
Golazo. Pero en su propia portería. El que lo sufrió fue el portero reserva Brad Jones.
Los compañeros se quedaron helados. Algunos se reían por lo absurdo de la escena. Otros, directamente, hervían por dentro. Para Lambert, que ya venía con la cabeza caliente por el comportamiento del italiano, aquello no era una anécdota graciosa. Era la confirmación de que Balotelli se dejaba llevar por sus emociones hasta un punto que dañaba al grupo.
El balance final fue demoledor para el delantero italiano: solo cuatro goles en 28 partidos oficiales con Liverpool antes de salir cedido y, más tarde, definitivo rumbo a Nice en 2016. Su etapa en Anfield quedó reducida a momentos aislados, polémicas y la sensación constante de una oportunidad desperdiciada.
Balotelli sigue en activo, ahora en Al-Ittifaq, en Emiratos Árabes Unidos, con el mismo aura de talento indomable que le ha acompañado siempre. Lambert, retirado, mira hacia atrás y recuerda aquellos días con una mezcla de incredulidad y resignación. Él peleaba por sobrevivir en su club de la infancia. Mario, mientras tanto, marcaba golazos… en su propia portería.
Dos delanteros, dos historias opuestas y una pregunta que sigue flotando en el aire: ¿qué habría sido de aquel Liverpool si el genio rebelde de Balotelli hubiera decidido, por una vez, tomárselo todo en serio?






