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Mourinho regresa al clásico: 30 años de rivalidad con el Barcelona

Treinta años después, Mourinho vuelve al origen para librar la misma guerra

José Mourinho ya ha hecho el “por qué?”, ya ha sacado el papelito en rueda de prensa y ya ha plantado un sonoro no‑show. Y solo lleva tres meses en el banquillo del Real Madrid. Ha encendido todos los clásicos sin haber jugado todavía un clásico. Hasta ahora. El domingo por la noche regresa al estadio donde desembarcó hace 30 años como joven y brillante traductor de Bobby Robson, y al que volvió por última vez en 2013 convertido en el entrenador más famoso del planeta.

Entonces proclamó “hoy, mañana y siempre, Barcelona en mi corazón” y juró que solo iría al Real Madrid para destruirlo. Hoy, paradójicamente, es el hombre elegido para intentar destruir al Barcelona. No es la primera vez que le colocan en ese papel. La nostalgia que rodea su regreso incluye inevitablemente al eterno rival.

“El clásico es solo otro partido de la liga, pero decir que es un partido como cualquier otro sería mentir, totalmente irreal”, advirtió Mourinho el miércoles. Sabe de lo que habla. Al otro lado, la nueva joya del Barça espera el reencuentro con una sonrisa. “Me encanta el pique”, confesó Lamine Yamal. “La era Mourinho‑Guardiola, me encantaba todo eso. Eso es fútbol. El deporte es serio, pero yo quiero espectáculo y así nos divertimos más”.

Un regreso marcado por viejas heridas

Hay cosas más grandes, por supuesto. Vida más allá de Barcelona. El asombroso expediente del Real Madrid en la Champions League desde la última etapa de Mourinho –la ansiada décima tras 12 años de espera y, en la década siguiente, la 11ª, 12ª, 13ª, 14ª y 15ª– se escribió sin rastro del Barça. No ha habido un clásico europeo desde aquella semifinal de 2011, cuando el hombre al que Pep Guardiola había llamado el “puto amo” desató su célebre discurso del “por qué”, acusando a la UEFA de favorecer al Barcelona y de amañar la competición.

Sin embargo, ahora mismo nada parece más grande que este clásico. Toda la semana europea ha girado alrededor de lo que significaban esos partidos para el duelo que de verdad importa, incluso con el Barcelona viajando a París. La rivalidad está siempre ahí; en el caso de Mourinho, es el núcleo de su relato.

El día que firmó como técnico del Madrid en 2010 fue el mismo en el que levantó la Champions con el Inter. Pero el origen de ese fichaje se había cocinado antes, en la semifinal ante el Barcelona, cuando cruzó el césped del Camp Nou a la carrera, dedo alzado, celebrando la clasificación. En el Bernabéu respiraron aliviados: se libraban de ver al Barça levantar la Copa de Europa en su estadio y, de paso, recibían un manual de cómo frenar a un equipo que parecía invencible. Florentino Pérez lo sacó del estadio en su propio coche, mientras los jugadores volvían a Milán, y le pidió que repitiera aquello en el Real Madrid.

Pérez, que había presidido el fracaso de los galácticos y se había marchado, regresó en 2009 sin levantar un solo título. El que dominaba era el Barcelona. Tenía el núcleo de la España campeona del mundo en 2010: seis titulares en la final. El Madrid necesitaba un cambio de cultura, ir a la guerra, un entrenador que se impusiera en el vestuario. “El galáctico de este año es José Mourinho”, proclamó el presidente.

Tres años “casi violentos” y una herida que nunca cerró

Cuando Mourinho se marchó, aquello se había vuelto tóxico. La guerra ya no era solo hacia fuera; también hacia dentro. “Tres años intensos, casi violentos”, los definió después. Pese a todo, Pérez siempre se sintió atraído por él, el único entrenador al que ha apreciado de verdad. Incluso cuando se mostraba más beligerante. Especialmente cuando se mostraba más beligerante.

Mourinho, decía el presidente, había devuelto al Madrid a su lugar natural. Tras cada Champions, Florentino le llamaba para recordarle que todo empezó con él. Y aunque su primer clásico terminó con un 5‑0, con el Barça camino de ganar liga y Champions; aunque su última temporada acabó sin títulos; aunque Guardiola levantó el doble de trofeos que él, también es cierto que de las cuatro competiciones que se le escaparon a Pep en el Barcelona, tres se las arrebató Mourinho.

El tiempo ha pasado, los protagonistas han cambiado, pero las similitudes saltan a la vista. El Madrid encadena dos años sin títulos. En el primero, el Barcelona ganó la liga con dos jornadas de margen y completó un triplete doméstico. Le había ganado cuatro veces al Madrid, con 16 goles a favor. La temporada pasada, los azulgrana volvieron a coronarse con tres jornadas de adelanto, otra vez tras un clásico incontestable, reflejo fiel de la superioridad durante todo el curso, mientras las fracturas del Madrid se aireaban en público. Después, España conquistó el Mundial con ocho jugadores del Barça en la lista. El único madridista, Marc Cucurella, se incorporó al club cuando el torneo ya había empezado.

Si aquello era una crisis, el nombre caía solo: Mourinho. Un hombre cuyos defectos se habían difuminado con el tiempo, devorados por la nostalgia. Un técnico con autoridad, y al que se le concede aún más autoridad, para imponerse en el vestuario. Con el carácter para pelear, para ir a la guerra otra vez. Con todos. Y, en especial, con el Barcelona.

Basta escuchar la diatriba de Pérez en mayo, sin subtextos, en voz alta: campaña, conspiración, política, paranoia. Todo encaja mejor con Mourinho de por medio.

Negreira, conspiraciones y el viejo guion de la queja

En el caso aún abierto Negreira, en el que el Barcelona pagó más de siete millones de euros entre 2001 y 2018 al entonces vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, José María Enríquez Negreira, el Real Madrid tiene base para sus quejas. El Barça niega corrupción y sostiene que Negreira trabajaba como asesor. El asunto, sin embargo, se ha convertido en el eje del discurso madridista, muy lejos de los tiempos en que ambos clubes iban de la mano en la Superliga. No ayuda que el presidente de LaLiga compare tu canal de televisión con la propaganda de Joseph Goebbels.

Otra cosa es si esas quejas tienen hoy sentido. Y otra, todavía más grande, es si la retórica de la conspiración se sostiene, incluso cuando las decisiones te perjudican. Cada error –y hasta decisiones que ni siquiera lo son– se presenta como parte de un plan maquiavélico, con insinuaciones constantes cuando no acusaciones directas.

Mourinho aterrizó asegurando que estaba más mayor, más calmado. Ahí está el matiz. En la derrota, quizá siempre fue cuestión de tiempo que reapareciera su versión más inflamable. Tras perder ante el Betis, volvió el “por qué?” (la respuesta: porque así lo marca el reglamento, la decisión fue correcta). Tras caer frente al Atlético, apareció con una hoja impresa bajo el brazo. Y después llegó el vacío: no se presentó a la rueda de prensa posterior al partido en el que saltó al césped para abrazar a Vinícius Júnior tras un gol anulado, acción que terminó con el brasileño expulsado por tirar del pelo a Nathan Saliba. Resultado: cuatro partidos de sanción. Fuera del clásico.

La ausencia ante los medios tuvo una explicación sencilla: Mourinho no quería arriesgarse a decir algo que le costara también el clásico. Ese es el partido. El único que importa.

De la nada futbolística a una chispa de equipo

Y, sin embargo, el panorama ha girado en cuestión de días. El sábado pasado, cuando el Barcelona encadenó su undécima victoria en once jornadas, con una media superior a los cuatro goles por encuentro, la mayoría daba por hecho que también ganaría el clásico y que la liga quedaría prácticamente sentenciada. Volaban, liderados por Lamine Yamal. El Madrid, con dos derrotas, no había despegado. El equipo de Mourinho no jugaba bien, los viejos problemas seguían ahí. En resumen: había poco fútbol al que agarrarse.

El miércoles anterior, el Madrid había firmado otra de esas remontadas que parecen imposibles: de 3‑1 abajo en Roma a 4‑3 en los últimos siete minutos. ¿Había realmente algo sobre lo que construir? La respuesta llegó después. En esos minutos jugaron Arda Güler, Yan Diomande, Fede Valverde como lateral derecho… y no jugó Vinícius.

Parecía tan evidente que hasta el propio Mourinho lo vio claro. Repitió la apuesta. El Madrid le hizo cuatro al Sevilla –tres de ellos de una belleza notable– el domingo, y cuatro más al Leipzig el miércoles, con Diomande firmando una volea magnífica justo después de que Vinícius abandonara el campo. La noche anterior, el Barcelona había encajado cuatro en el Parc des Princes.

Hansi Flick admitió que priorizó el clásico por encima del duelo ante el PSG. Dejó fuera a Rodri, retiró pronto a Pedri y Raphinha para reservarlos para un partido que puede ser decisivo y que acostumbra a marcar la temporada. El técnico alemán, sin embargo, tiene un problema serio en defensa y ya ha avisado a sus jugadores: 15 goles encajados son demasiados.

Mourinho, fiel a sí mismo, no pudo evitar quejarse por el día menos de descanso que tendrá el Madrid antes del clásico. Un argumento matizable, como cualquier análisis, si se tiene en cuenta que el Madrid jugó en casa ante el Leipzig y el Barcelona viajó a París para enfrentarse al Paris Saint‑Germain. Pero el mensaje ya está lanzado. Otra prueba, a su juicio, de cómo “ellos” van contra su equipo.

El clásico como examen y como punto de partida

“Tenemos que recortar la distancia y solo podemos hacerlo ganando”, recordó Thibaut Courtois sobre los seis puntos que separan al Madrid del Barcelona. “Vamos con confianza”. Y, por primera vez en semanas, esa frase no suena hueca. La sensación de fatalismo se ha rebajado. La derrota ya no parece inevitable. El título sigue vivo y, lo más importante, empieza a intuirse algo parecido a un equipo.

“Tenía que conocerles”, explicó Mourinho el miércoles por la noche. “Solo llevo aquí 105 días; no es mucho tiempo”.

Treinta años después de llegar como traductor, vuelve al mismo escenario convertido de nuevo en protagonista absoluto. Entonces ayudaba a construir al Barcelona; hoy encarna la resistencia del Real Madrid. Entre medias, un puñado de títulos, guerras, discursos, conspiraciones y un fútbol que ha cambiado tanto como él dice haber cambiado.

El domingo, en el clásico, se sabrá si realmente ha cambiado algo. O si, con Mourinho, la historia está condenada a repetirse.