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Testimonio del masajista de Maradona en juicio por su muerte

En la sala de audiencias no hizo falta mostrar videos de goles imposibles ni levantar la Copa del Mundo de 1986 para que el nombre de Diego Armando Maradona pesara como siempre. Bastó la voz quebrada de quien lo tocó y lo vio de cerca en sus últimos días. Nicolás Taffarel, su masajista, dibujó una imagen durísima del final del ídolo: inmóvil, hinchado, sin ganas de comer ni de levantarse, casi entregado.

“Diego no se levantaba de la cama, no quería comer, no quería bañarse, no quería ocuparse de su higiene personal”, declaró Taffarel este jueves, ante el tribunal que investiga las circunstancias de la muerte del astro en 2020. No hablaba un hincha, ni un periodista. Hablaba alguien que estuvo al lado del cuerpo y del silencio de Maradona cuando ya casi nada lo movía.

El testimonio llegó acompañado de un audio reproducido en la sala, en el que el masajista contaba cómo había advertido al equipo médico del campeón del mundo en México 86. Les pidió que estuvieran más presentes, que lo vieran “todos los días”. Sentía que algo no estaba bien. Lo dijo. Lo dejó grabado.

El proceso judicial, que se desarrolla en Argentina desde mediados de abril, tiene en el banquillo a siete profesionales de la salud, acusados de una posible negligencia que podría haber contribuido a la muerte del ícono. Se enfrentan a penas de hasta 25 años de prisión. Todos niegan cualquier responsabilidad.

Taffarel, en cambio, habló de señales claras. De un cuerpo que pedía auxilio.

“Estaba hinchado, tenía las piernas inflamadas”, relató, al borde del llanto al recordar aquellos días. Contó que informó lo que veía, que marcó su preocupación, pero que del otro lado no percibió reacción a la altura de la urgencia. “Reporté los problemas que observaba en él, pero no vi acciones concretas ni una resolución rápida”, lamentó.

Los médicos, según su versión, intentaron calmarlo. Le dijeron que esos síntomas iban a pasar. Que no exagerara. Y él, como tantos frente a un diagnóstico profesional, eligió creer. “Cuando estás ansioso, confiás en ellos; te decís que va a pasar, que todo se va a acomodar. Pero no pasó”, remató, con una frase que quedó flotando en la sala.

El día anterior al final

El 24 de noviembre de 2020, un día antes de la muerte de Maradona, Taffarel hizo un último intento por sacarlo de ese pozo. Lo fue a buscar a la cama, quiso convencerlo al menos de tomar un mate. Un gesto mínimo. Un ritual cotidiano. Un ancla con la vida.

La respuesta de Diego lo dejó helado.

“Me dijo: ‘No quiero nada, Taffita, ya está’”, recordó el masajista ante los jueces. “Le pregunté: ‘¿Cómo que ya está?’ y me respondió: ‘Nada, ya está’”. Esas dos palabras, “ya está”, quedaron en el centro del relato. En la jerga diaria pueden sonar a tranquilidad —“está todo bien”— o a despedida —“se terminó”—. En la boca de un hombre postrado, hinchado y sin ganas de vivir, sonaron a algo mucho más definitivo.

Al día siguiente, el 25 de noviembre, Maradona murió solo, en su cama, a los 60 años, por una insuficiencia cardíaca y un edema agudo de pulmón, un cuadro en el que el líquido invade los pulmones y asfixia desde adentro. Apenas habían pasado dos semanas desde que se sometió a una cirugía.

En el juicio, los acusados insisten en que no tuvieron una intervención directa sobre las causas clínicas de la muerte. Alegan que su especialidad o su función dentro del equipo médico los deja al margen de una responsabilidad penal. Cada uno marca los límites de su rol, como si el cuidado de Maradona hubiera sido un rompecabezas de piezas sueltas, sin nadie que asumiera el mando.

Mientras tanto, el tribunal escucha a quienes estuvieron en la casa, en la habitación, en la intimidad de un ídolo que se apagaba. El masajista no habló de estadísticas ni de informes técnicos. Habló de un hombre que “no quería nada”.

El proceso podría extenderse más allá de este mes. La justicia deberá decidir si la muerte de Diego fue el final inevitable de un cuerpo castigado o el resultado de una cadena de fallas humanas. Y, sobre todo, si alguien se hará cargo de haber dejado solo, en su última noche, al futbolista que nunca se escondió en una cancha.