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Tom Cleverley celebra victoria agónica de Plymouth Argyle

Tom Cleverley saborea uno de sus mejores momentos desde que colgó las botas. Y no fue sobre el césped, sino en la banda de Home Park, viendo cómo su equipo se aferraba al liderato de League One en el último suspiro.

Xavier Amaechi apareció en el quinto minuto del tiempo añadido de la segunda parte para firmar el 2-1 ante AFC Wimbledon y desatar la locura en Plymouth. Un gol tardío, casi improvisado, que vale algo más que tres puntos: mantiene a Argyle en lo más alto y refuerza la sensación de equipo que sabe sufrir y golpear cuando el reloj aprieta.

Cinco victorias en los últimos seis partidos, dos puntos de ventaja sobre Bradford City —que aún tiene un encuentro pendiente— y el eco del 0-0 de los Bantams frente a Leyton Orient como música de fondo para la afición de Home Park. El contexto no podía ser mejor para que Cleverley, ex de la selección inglesa y de gigantes como Manchester United, Everton y Watford, midiera lo que acababa de vivir.

“Estoy intentando encontrar una sensación mejor desde que me retiré y no la encuentro”, admitió, todavía con la adrenalina del final palpitando en la voz. “Son los momentos por los que trabajamos en el fútbol. Es muy difícil replicar la sensación que tienen los jugadores cuando entra un gol, pero esta estuvo muy cerca”.

No fue una obra de arte. Ni falta que hizo.

Cleverley lo reconoció sin rodeos: Plymouth estuvo lejos de su versión más pulida. El juego se atascó, las decisiones en tres cuartos de campo no siempre fueron las correctas y el plan se deshilachó por momentos. El técnico ya mira al próximo reto, Huddersfield, con una lista mental de ajustes.

“No fue nuestra actuación más bonita, hay mucho trabajo que debemos hacer la próxima semana de cara al partido contra Huddersfield para asegurarnos de que mejoramos en cuanto a rendimiento”, señaló. Pero en medio de la autocrítica, apareció el orgullo por el carácter de su plantilla. “Creo que los jugadores forman un grupo tremendamente trabajador y, a veces, el fútbol te devuelve ese esfuerzo con un poco de suerte”.

La suerte, sí. Aunque la estadística dice que no todo fue azar.

Plymouth generó 18 ocasiones. Dieciocho. Un volumen ofensivo que explica por sí solo la insistencia del equipo y la sensación de que el gol, tarde o temprano, iba a llegar. No todos fueron disparos claros, pero varias oportunidades obligaron a Wimbledon a defender al límite.

“Mérito de los jugadores, de alguna manera han conseguido fabricar 18 ocasiones sobre su portería, y algunas muy claras”, subrayó Cleverley. El técnico no esquivó el otro lado del dato: tanta producción ofensiva pide más precisión. “Tenemos que trabajar también en la definición, pero me preocuparía más si hubieran sido seis o siete tiros y pareciéramos inofensivos en ataque”.

El tanto de Amaechi condensó todo el relato del partido. No fue un gol limpio, de pizarra perfecta. Fue un remate de insistencia, de fe, casi de cabezonería competitiva. “El gol de la victoria representa la actuación: un poco desaliñado, pero cumplió con el trabajo”, resumió Cleverley.

Plymouth Argyle no brilló, pero resistió, insistió y acabó golpeando en el momento más cruel para el rival. Esa mezcla de trabajo, desgaste y oportunismo sostiene hoy su liderato. La cuestión es si ese tipo de victorias agónicas, sufridas y algo desordenadas, serán la norma o solo el prólogo de un equipo que todavía tiene margen para crecer cuando la temporada entre en su tramo decisivo.