Alan Jones y su histórica victoria en el Gran Premio de Austria 1977
Los motores aullaban en el Red Bull Ring mucho antes de que se apagara el semáforo. Era el Gran Premio de Austria de 1977 y en la pole estaba el héroe local, Niki Lauda, a apenas un año de aquel espantoso accidente en Alemania que le había dejado el rostro marcado para siempre.
Un paso detrás, el brillo. James Hunt, el británico glamuroso y carismático al que el propio Lauda definiría como el único hombre al que alguna vez envidió. Tercero, Mario Andretti, la leyenda estadounidense, dueño de un palmarés inigualable: un título de F1, cuatro coronas de IndyCar y una victoria en las 500 Millas de Daytona.
Once puestos más atrás, casi perdido en la parrilla, esperaba un coche que jamás había ganado una carrera. Dentro, un australiano de 30 años, sin glamour ni aura de estrella: Alan Jones. Había aterrizado en la temporada de F1 apenas cuatro meses antes, llamado a reemplazar al galés Tom Pryce tras su trágica muerte en el Gran Premio de Sudáfrica.
Jones, fallecido el jueves a los 80 años, nunca tuvo el brillo de Hunt ni la mirada de acero de Lauda. A lo largo de su carrera le llamaron de todo: pasado de peso, lacónico, poco preparado.
Pero tenía algo que no admite maquillaje: talento puro.
Aquel día gris de agosto, el tipo que había vendido Holdens en el concesionario de su padre en un suburbio de Melbourne se disponía a sacudir el mundo de la Fórmula 1 con una mezcla de osadía y finura al volante.
La lluvia se retiraba cuando se apagaron las luces. La parrilla se partió en dos: unos salieron con neumáticos de lluvia, otros apostaron por slicks. El Ferrari de Lauda patinó en las primeras vueltas, incapaz de morder el asfalto resbaladizo. Andretti aprovechó el momento: adelantó al austríaco y a Hunt tras un ligero toque entre ambos que alteró el orden natural de la carrera.
Las miradas se repartían. De un lado, el estadounidense estelar; del otro, el sueco Gunnar Nilsson, desatado desde el 16º puesto hasta la segunda posición gracias a los neumáticos de lluvia.
Mientras tanto, casi sin hacer ruido, Jones trepaba desde el 11º lugar hasta el cuarto. Lo hacía con slicks, zigzagueando entre rivales que dudaban con el agarre, en una decisión tan arriesgada como brillante.
El sol terminó de abrirse paso y la pista empezó a secarse. Nilsson tuvo que rendirse a la evidencia: parada obligatoria para cambiar unas gomas destrozadas. Poco después, el Lotus de Andretti dijo basta. El motor explotó, llevándose por delante el coche y sus opciones de victoria. Hunt heredó el liderato. Detrás, pegado, un Alan Jones desatado.
Lauda, ya con neumáticos nuevos y el control recuperado, empezó a destrozar cronos. Se abrió paso a martillazos entre el tráfico hasta colocarse tercero.
En plena edad dorada de la F1, la escena era de película: Hunt y Lauda, los protagonistas de lo que décadas después sería la cinta de Hollywood Rush, separados únicamente por un australiano de mofletes redondeados que prefería hablar con el acelerador.
Entonces llegó el instante que cambió la vida de Jones.
El McLaren de Hunt estalló en chispas y llamas. El coche se fue apagando al costado de la pista, mientras los comisarios corrían y lo envolvían en una nube espesa de polvo de extintor. De entre aquella cortina blanca emergió un nuevo líder: Alan Jones.
Desde ahí, ya no soltó la presa. Contuvo el ataque de Lauda, controló los nervios y cruzó la meta para lograr la primera de sus 12 victorias en Grandes Premios. Fue también el único triunfo en la historia del equipo Shadow, que jamás volvería a saborear la gloria en sus ocho años en la F1.
El box de Shadow se vació en segundos. Mecánicos y miembros del equipo invadieron el asfalto para celebrar mientras el locutor del circuito, con más dudas que certezas, informaba al público de la dimensión histórica de lo que acababa de suceder.
“Primera victoria en un Gran Premio para Alan Jones, y primera victoria en un Gran Premio para el trabajador equipo Shadow”, anunciaba por megafonía.
“Y, creemos, la primera victoria en un Gran Premio para Australia en siete años”.
En el pit lane, Jones quedó rodeado de felicitaciones. Con su entonces esposa Beverley abrazada a un lado y una botella de champán en la otra mano, selló el momento con un beso sonoro antes de hacer saltar el corcho, animado por ella. Un trago largo, directo de la botella, y rumbo al podio, donde le esperaba una corona dorada sobre los hombros y una banda tocando al fondo.
De aquel día nacería una de las historias más repetidas —y, con el tiempo, demostrada como falsa— de la carrera de Jones. Años después, en una charla con Daryl Eastlake en Wide World of Sports, el australiano recordaba así aquella ceremonia:
“La victoria fue una sorpresa para todos. De hecho, tuvieron problemas para encontrar el himno nacional australiano, así que un borracho se puso a tocar Happy Birthday con una trompeta. Eso te da una idea de lo preparados que estaban para que yo ganara”.
Las grabaciones de audio cuentan otra cosa. Trompetistas sonaban a lo lejos, atacando La Cucaracha y otras melodías, antes de lanzarse con Advance Australia Fair mientras Jones alzaba el trofeo.
El detalle no es menor: el himno oficial de Australia en aquel momento era God Save the Queen, restituido en 1976 después de que Gough Whitlam hubiera instaurado Advance Australia Fair en 1974. Ese himno oficial, sin embargo, no sonó.
Quizá, en medio del ruido, la euforia y el desconcierto, Jones confundió Advance Australia Fair con Happy Birthday To You. Tal vez su mente borró el himno por completo y solo conservó el eco alegre de aquellas trompetas festivas antes de subirse a lo más alto del podio. También cabe la posibilidad de que ni siquiera reconociera una melodía que había ido y venido como himno nacional en apenas unos años.
Lo que no admite discusión es lo que vino después. En los años siguientes, los organizadores de la F1 aprendieron de memoria el himno australiano mientras Jones dejaba una marca profunda en el campeonato.
En plena edad de oro del deporte, la aportación de Australia no fue un ídolo de cartelera, sino un tipo con pinta de empleado de banco más que de estrella de cine. Justo ahí reside la fuerza de su legado: discreto en la forma, gigantesco en el fondo. Y es esa mezcla, tan poco glamourosa como auténtica, la que seguirá llenando de orgullo a los aficionados del automovilismo australiano cada vez que recuerden aquel día nublado en Austria en el que Alan Jones salió de la niebla para cambiar su historia para siempre.




