La evolución del Tottenham Women: de la crisis a la competitividad
Durante buena parte de la temporada pasada, el Tottenham Hotspur Stadium vivió una especie de esquizofrenia futbolística. Mientras el equipo masculino coqueteaba peligrosamente con el abismo, el femenino se dedicaba a recordar a la afición por qué este deporte sigue mereciendo la pena.
El contraste no pudo ser más brutal. Mientras unos parecían empeñados en redactar una carta de amor al descenso, las mujeres firmaban la mejor campaña de su historia en la Women’s Super League. Dos realidades bajo el mismo escudo.
El antídoto al drama del primer equipo
Mientras los abonados del equipo masculino se preguntaban en bucles interminables de WhatsApp si era necesario dar tantos pases inofensivos alrededor del área o por qué no llegaban refuerzos para tapar lesiones, el equipo femenino ofrecía algo mucho más sencillo de entender: fútbol valiente, directo y reconocible.
Los datos hablan solos. Máximo registro de puntos del club en la WSL. Un 7-2 inolvidable ante Aston Villa, partido de esos que se quedan grabados en la memoria colectiva. Una tanda de penaltis de locura en la FA Cup frente a London City Lionesses, en la que los primeros 17 lanzamientos acabaron en gol. Y golazos de los que se comentan durante semanas, como aquel disparo desde unos 40 metros de Cathinka Tandberg que desafió toda lógica.
Mientras la amenaza de recibir a Lincoln en liga planeaba como una broma pesada sobre el equipo masculino, en el otro lado del proyecto Spurs se cocinaba algo muy distinto: identidad, ambición y una conexión creciente con la grada.
El efecto Martin Ho
La transformación tiene un nombre propio: Martin Ho. El técnico llegó la pasada temporada tras experiencias como asistente en Manchester United y como primer entrenador en Brann, y en muy poco tiempo consiguió algo que muchos entrenadores persiguen durante años: que sus futbolistas supieran exactamente qué hacer y cómo hacerlo juntas.
No se trata solo de pizarras. Ho se ha dejado ver por el “Legends Lounge” en Leyton Orient, donde Tottenham Women disputa la mayoría de sus partidos como local, charlando con aficionados antes de los encuentros, construyendo un vínculo directo con la gente que llena las gradas. Ese detalle, aparentemente menor, ayuda a explicar por qué el ambiente alrededor del equipo es tan distinto.
En el césped, la huella es clara. Un equipo ordenado, agresivo con balón, solidario sin él. Nada que ver con la versión que, en la 2024-25, terminó a un solo puesto del descenso y provocó la salida de Robert Vilahamn. La temporada pasada, bajo Ho, el arranque fue contundente: cinco victorias en los primeros seis partidos. El mensaje caló.
No se sabe qué dijo exactamente en el vestuario para recuperar la mejor versión de las veteranas del grupo, pero desde luego no fue un discurso al estilo Igor Tudor, de esos que reducen a un equipo a la nada: “no atacáis, no defendéis, no corréis”. Tottenham Women atacó, defendió y corrió. Mucho. Y bien.
Eveliina Summanen, Amanda Nildén, Lize Kop, Drew Spence y Clare Hunt ofrecieron actuaciones constantes, de esas que sostienen un proyecto cuando las piernas pesan y los partidos se complican.
Fichajes que suben el listón
La evolución no se explica sin el mercado. Olivia Holdt se convirtió en la máxima goleadora del equipo desde el centro del campo, mientras Toko Koga se erigió en referencia fiable en el eje de la defensa. En enero llegó Signe Gaupset, centrocampista con zancada y personalidad, que no duda en conducir el balón a través del corazón del campo rival.
El resultado fue un Tottenham reconocible, competitivo y, sobre todo, divertido de ver. Solo hubo golpes realmente duros ante un Manchester City armado con Khadija “Bunny” Shaw, una delantera con un promedio goleador incluso mejor que el de Erling Haaland. City acabó levantando la liga por delante de Arsenal, Chelsea y Manchester United, el cuarteto que domina la WSL desde hace años. Tottenham se coló justo detrás, en una quinta plaza que, esta vez, sabe a punto de partida más que a techo.
Romper definitivamente esa barrera del top cuatro ya no suena a quimera. Suena a objetivo plausible a uno o dos años vista.
Un verano que apunta alto
La ambición se confirmó nada más terminar la temporada. En cuestión de días, Spurs cerró la llegada de Caitlin Dijkstra, internacional neerlandesa procedente de Wolfsburg, para reforzar la defensa, y de la alemana Shekiera Martinez, una delantera que ya había demostrado su olfato en un West Ham discreto.
A ese núcleo se han sumado nombres contrastados como Kirsty Hanson desde Aston Villa y Alice Sombath procedente de OL Lyonnais. Fichajes que no son promesas abstractas, sino jugadoras con rendimiento acreditado en grandes ligas y contextos exigentes.
No todo han sido buenas noticias. La despedida de Bethany England, máxima goleadora histórica del club, deja un vacío emocional y deportivo. Cuesta entender que no se le ofreciera al menos un año más de contrato. También se marcha Ashleigh Neville, rumbo a Leicester para estar más cerca de casa, una decisión comprensible en lo personal pero dolorosa para una afición que la había convertido en uno de sus grandes referentes.
El once que salte al campo esta temporada será muy distinto al que muchos aficionados empezaron a seguir hace tres años. La estructura, en cambio, parece más sólida que nunca.
Grada, identidad y algo más que fútbol
Si algo ha marcado el crecimiento de Tottenham Women es su gente. Los abonados que llenan las gradas no son recién llegados al fútbol: hay bloggers, podcasters, hinchas que llevan años castigándose en desplazamientos al campo de West Ham bajo lluvia y viento. Muchos de ellos ya estaban cuando el equipo se llamaba Broxbourne Ladies y peleaba en categorías mucho más modestas.
Ese poso se nota en la atmósfera. Hay protestas, ironía y ese clásico comentario sobre si el árbitro ha pasado últimamente por una óptica famosa de la calle principal, pero la agresividad verbal y la tensión que se ven a menudo en los partidos masculinos brillan casi por su ausencia. El tono es otro. Más familiar, más inclusivo, sin perder pasión.
Antes de cada encuentro, los aficionados decoran las gradas con pancartas de jugadoras del equipo acompañadas de la Progress Pride flag. No es un gesto vacío. Es una declaración clara de que todo el mundo tiene sitio ahí, de que el fútbol puede ser un espacio seguro y abierto para la comunidad LGBTQIA+. Para muchos seguidores, esa puesta en escena ha sido una revelación sobre el potencial del deporte como motor de cambio social.
En lo puramente futbolístico, el ritmo quizá sea un punto más pausado que en el juego masculino, pero los partidos son dinámicos, intensos y, sobre todo, libres de VAR. Eso implica, por supuesto, algún error arbitral sonrojante de vez en cuando. Lo aceptan. Prefieren eso a quedarse cinco minutos mirando un videomarcador sin saber qué demonios está pasando.
Un club, dos caminos y una misma pregunta
Mientras el equipo masculino intenta recomponerse tras una temporada al borde del colapso, Tottenham Women avanza con paso firme, sumando puntos, afinando su estilo y ampliando su comunidad de seguidores. Cada nuevo fichaje, cada nuevo abono, cada niño que entra al estadio con una camiseta con nombre de jugadora y no de jugador, refuerza la sensación de que aquí se está construyendo algo duradero.
La invitación está lanzada: esta temporada, el reto es que aún más gente se acerque al estadio, viva la experiencia y descubra por sí misma qué significa apoyar al equipo femenino de Spurs.
Con un quinto puesto consolidado, una plantilla reforzada y una grada que no deja de crecer, la cuestión ya no es si Tottenham Women puede mantener el nivel. La cuestión es cuán rápido se atreverá a derribar la puerta del top cuatro de la WSL.






