El futuro incierto del premio de la FIFA: ¿enterrará Trump su legado?
Trump podría quedar como único ganador de un premio de la FIFA que muchos ya quieren enterrar para siempre. El llamado “Peace Prize”, creado a bombo y platillo para distinguir a figuras que supuestamente unen al mundo, está contra las cuerdas tras una rebelión interna en el máximo organismo del fútbol.
Un premio incómodo
En la reunión del consejo de FIFA del viernes (horario AEDT), Gianni Infantino se encontró frente a un clima poco habitual: la paciencia con el galardón se ha agotado. Varios miembros del consejo pidieron sin rodeos que el premio se “aboliera”. Otros, algo menos drásticos, reclamaron al menos arrancarle cualquier tinte político.
El mensaje fue claro: el experimento ha salido mal.
El premio, entregado por primera vez el año pasado a Donald Trump durante el sorteo del Mundial masculino en Washington, nació con una declaración de intenciones solemne. FIFA anunció que distinguiría a personas que, “a través de su compromiso inquebrantable y sus acciones especiales, han ayudado a unir a la gente en todo el mundo en paz”.
La realidad ha ido por otro lado.
Estatuas, estatutos y una elección opaca
La elección de Trump nunca se explicó. Infantino le entregó un trofeo dorado, una medalla y un certificado en un acto de máxima visibilidad, pero los criterios de selección jamás se hicieron públicos. No hubo lista corta, ni panel independiente conocido, ni baremo transparente.
Ese secretismo chocó de frente con los propios estatutos de FIFA, que prohíben de forma tajante la injerencia política o gubernamental en el fútbol. Un premio a un presidente en ejercicio, sin justificación clara, sonó a contradicción en los pasillos de Zúrich.
La ironía se hizo aún más evidente unos meses después, cuando la administración Trump ordenó ataques aéreos en Irán, desatando un conflicto que sigue abierto. El contraste entre la retórica de la “paz” y la realidad geopolítica convirtió el galardón en un símbolo incómodo.
La rebelión del consejo
Ese malestar acumulado estalló en la reunión del viernes. No se trató de un simple matiz, sino de un cuestionamiento de fondo: qué sentido tiene un premio de “paz” entregado desde el fútbol si termina sirviendo como plataforma política.
Algunos consejeros exigieron directamente que se cierre la etapa del Peace Prize. Otros defendieron una vía intermedia: mantener una distinción, pero reconvertida por completo y blindada frente a cualquier uso político.
Sobre la mesa se impuso una fórmula de compromiso: reinventar el premio para reconocer únicamente a figuras del propio ecosistema del fútbol —jugadores, entrenadores, dirigentes, proyectos comunitarios— que trabajen por la armonía social y la responsabilidad, con una cláusula estricta que excluya a cualquier político.
La investigación interna
Debbie Hewitt, vicepresidenta de FIFA y presidenta de la English Football Association, fue la encargada de explicar los siguientes pasos. Habló sin rodeos: el premio entra ahora en fase de revisión formal.
“Se ha tomado la decisión de analizar el Peace Prize y llevarlo al comité social”, explicó ante los medios tras la reunión. Ese comité deberá responder a las preguntas que resuenan en el consejo: si el premio debía existir, cómo se tomó la decisión de concedérselo a Trump y si tiene sentido que vuelva a otorgarse.
Nada de esto garantiza un veredicto rápido. Pero el simple hecho de que el tema haya sido elevado al comité social refleja el nivel de incomodidad que rodea al galardón.
Si el consejo termina por enterrarlo, Trump quedará como el primer y último nombre grabado en la historia de un premio que nació para celebrar la paz y ha acabado abriendo una de las mayores grietas políticas dentro de FIFA en los últimos años. La cuestión ya no es quién será el próximo ganador, sino si el fútbol necesita realmente un premio así.





