Kyra Cooney-Cross regresa al Emirates para honrar a su madre
El Emirates rugirá el domingo cuando Kyra Cooney-Cross salte al césped con la camiseta del Arsenal para enfrentarse al Crystal Palace. Será un día grande, un escenario soñado. Pero en la grada faltará la voz que más desea escuchar.
La de su madre, Jess.
La centrocampista australiana jugará por primera vez en el estadio desde que perdió a su madre por un cáncer hace apenas dos meses. Desde entonces, vive, como ella misma admite, “un día a la vez”. Sin manual, sin atajos.
“Sé que mamá querría que estuviera aquí jugando y entrenando”, contó a BBC Sport. “Y también quiero jugar por los aficionados, para darles las gracias. Pero son sentimientos encontrados. Los días de partido son muy emocionales para mí ahora. Significan mucho más. Diría que estoy emocionada, pero también va a ser un día emotivo. Quiero jugar por ella y por los aficionados”.
La historia detrás de ese regreso golpea fuerte. A Jess le diagnosticaron en enero un colangiocarcinoma en estadio cuatro, un cáncer de las vías biliares tan raro como agresivo. Siete meses después, en julio, falleció con solo 45 años.
“Era un ser humano hermoso y quiero llevarla conmigo dentro y fuera del campo”, dice Cooney-Cross. No es una frase hecha. Es el eje de todo lo que hace.
Su madre fue el motor silencioso de su carrera. Una madre soltera con cuatro hijas, un coche, poco dinero y una determinación feroz.
“Crecí viendo cómo me llevaba cuatro veces por semana a entrenar a Melbourne, una hora y media de ida y otra de vuelta”, recuerda. “Apenas teníamos dinero para la gasolina. Ni siquiera sé la mitad de los sacrificios que hizo. Quiero llevarla en todo lo que hago, en cómo soy y en cómo juego. Porque, sinceramente, era increíble”.
La mayor de cuatro hermanas, Kyra sitúa el momento en que todo se quebró: justo después de Navidad, cuando su padrastro la llamó por teléfono para decirle que el cáncer era terminal. Ella estaba en Inglaterra. Había decidido no volver a casa por las fiestas.
Ese detalle ya no se borra.
Al conocer el diagnóstico, con 24 años, hizo lo único que tenía sentido para ella: coger “el siguiente vuelo a casa” y pedir un permiso indefinido por motivos personales para pasar los últimos meses de vida de su madre a su lado.
“Ese tiempo en casa era algo que necesitaba”, admite. “Poder estar en casa, bajar el ritmo, estar presente y con mi madre era lo más importante. Estar con ella durante los últimos seis meses y luego esa última semana… es triste, pero creo que también tenemos que verlo como algo hermoso. Mi madre era realmente alguien especial”.
Mientras el mundo la miraba como una de las grandes promesas del fútbol australiano, su universo se redujo a una casa, una familia y un reloj que corría demasiado rápido. Cooney-Cross irrumpió en la selección absoluta con 19 años y ya suma 63 internacionalidades. Fue titular en los siete partidos del Mundial de 2023 disputado en casa. Pero en ese paréntesis, la pelota fue refugio, no escaparate.
En Australia siguió entrenando. No por obligación, sino por necesidad.
“Entrenaba de lunes a viernes en el campo con un entrenador personal y también tenía un gimnasio”, explica. “Lo hacía porque también era una vía de escape. Me sentía más libre, como si pudiera escapar de todo lo que estaba pasando fuera del campo. Y también lo hacía porque sabía que era lo que mamá querría y porque quería volver esta temporada lo más en forma posible”.
Volver tras seis meses alejada de la competición asusta a cualquiera. Ella regresó a un Arsenal que no la dejó sola. Habla de ese apoyo con una gratitud que se nota en cada pausa.
Define el trato del club durante su ausencia como “increíble”. La entrenadora, Renee Slegers, y la directora de fútbol femenino, Claire Wheatley, estuvieron pendientes de ella de forma constante. También dos compañeras clave en lo emocional: Alessia Russo y Taylor Hinds.
“Es en esos momentos cuando necesitas a la gente, y quienes te quieren y se preocupan por ti están ahí”, afirma. “Me dio pena dejar a mi familia, pero al mismo tiempo sentí que estaba lista para volver. Tenía que dar el paso. Y me alegro muchísimo de haberlo hecho porque, sinceramente, todo el mundo ha sido increíble. He estado distraída, he estado arropada y la transición ha sido muy fluida. Tengo buena gente a mi alrededor”.
En el estreno liguero ante el Brighton se quedó en el banquillo, sin minutos. Un detalle que convierte al domingo en algo más que un simple segundo partido de temporada. La última vez que su madre la vio jugar fue precisamente en el Emirates. El mismo césped. Las mismas gradas. Otra vida.
Ahora, Cooney-Cross quiere honrar ese último recuerdo.
“Ella siempre fue la mejor enviando mensajes, y leo ese mensaje antes de cada partido”, cuenta. “La forma en que escribe es tan hermosa. Pienso mucho en cómo afronto la vida. Pienso en lo que ella diría o haría. Mucho de mi propósito es por ella y de mi impulso también, pero ahora incluso más. Solo quiero jugar, hacerlo muy bien por ella y traer algo de alegría a la tristeza de mi familia”.
El domingo, cuando el árbitro pite el inicio, el Emirates verá a una futbolista distinta. Más madura, más golpeada, más decidida. No solo juega por un club o una selección. Juega por la mujer que llenó el depósito cuando no había dinero, que condujo horas por una promesa, que ya no estará en la grada, pero a la que Kyra se ha propuesto llevar en cada balón que toque esta temporada.






